miércoles, 22 de enero de 2014

EL CAMPO. SIMPLEMENTE, EL CAMPO.

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El Otero

El Campo, simplemente el Campo

La necesidad de rescatar la esencia de bosque del corazón de la ciudad

22.01.2014 
El Campo, simplemente el Campo
El Campo, simplemente el Campo
Llueve. La pronta anochecida de este frío domingo invernal me encuentra atravesando el Campo San Francisco. Nuestro Campo. Las calles mojadas reflejan las luces, tenues y mortecinas, que, a duras penas, intentan alumbrar mi, raramente hoy, calmo caminar. Y, tal vez, imagine en los irisados reflejos de los charcos recuerdos del niño que fue y que hoy ve, en la propia memoria, el Campo que también fue. Generaciones de ovetenses atesoran, a buen seguro, montones hilvanados de remembranzas de ese gran patio de juegos, marco de encuentros, de paseos, de amoríos tempranos, de oscuridades inconfesables... Recuerdos que se acumulan, cuidados y acariciados, por décadas en la historia local desde los tiempos lejanos en los que en el siglo XIII, en 1212, según la tradición, fray Francesco, "Il Poverello" de Asís, acompañado de fray Pedro Compadre, pasara por Oviedo camino de Santiago y levantara en las afueras de la ciudad una pequeña ermita. Fue fray Pedro el encargado de la fundación de un convento de frailes menores que con el tiempo derivó en el convento de San Francisco, y el Campo pasó a ser Campo de San Francisco como huerta de los frailes. Desde entonces, la historia de Oviedo fue la historia del Campo.
Mis recuerdos llegan hoy, frescos y vivaces, hasta los barquilleros, ruleta incluida, alquimistas artesanos de aquellas exquisitas galletas de miel que tanto gustaban a la osa "Petra", tan golosa ella; y de los barquillos, que los patos, insaciables, picoteaban sin fin. A los exquisitos caramelos de limón y los cucuruchos de arroz de los que nos surtíamos en el quiosco de la Chucha, hoy tristemente olvidado y por nadie querido, arroz que dábamos en el palomar a una legión de palomas revoltosas y ansiosas. A las bolsas de patatas Felisa del Aguaducho. A los absurdos paseos mateínos sin rumbo a la espera de un fortuito encuentro adolescente. Al agua fresca de la fuente del Caracol. A La Herradura, escenario oculto y prohibido. A bollos sobre el frescor festivo de la yerba en el ocaso de septiembre. A la cita ineludible con la Balesquida y la tradición secular del Martes de Campo. Al miedo de cruzarlo de noche para atajar y no llegar más tarde, asaltado por imaginarias sombras acechantes que nunca faltaban. A un oasis en el que, si en verano te situabas en el centro, ni oías el ruido del tráfico ni veías los edificios que lo circundan. Sí. A buen seguro el Campo es el punto geocéntrico en el que convergen miles de recuerdos carbayones.
Hoy me temo que la fronda franciscana, como suele definirlo mi querido Antonio Masip, cada vez es menos fronda. Ahora sí se ven los edificios y sí se oye el ruido del tráfico. Ha ido dejando, poco a poco, como pelos en la gatera, su esencia de bosque. La semana pasada, contaba en estas líneas que en la carta que Avello escribía en nombre de Manolín en 1996, éste pedía un "planín de choque" para recuperar el Campo San Francisco. Hoy, esa petición sigue vigente. El deterioro del hormigón impreso que en su día se puso es notable. Sobran agresiones y falta mayor cuidado, y no me refiero al que día a día dan los eficaces trabajadores del servicio de Parques y Jardines. Me refiero a que quizá sea llegada la hora de buscar alternativas a tantas casetas, carpas y demás. A buscar la figura idónea para protegerlo. A rescatar su espíritu nemoroso; recuperar el bosque que fue. Noventa mil metros cuadrados de esencia ovetense, centro neurálgico de la ciudad que, sin duda, concentran realmente un sentimiento, casi sagrado, para todos los que, en mayor o menor medida, hemos sido parte de sus días y savia en su recuerdo.

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