lunes, 25 de noviembre de 2019

EL ÁNGEL GAITERO

El Otero

El ángel gaitero

Decoración singular en el monasterio de San Pelayo

25.11.2019





"Alabad al Señor en su templo, (..) Alabadlo tocando trompetas, / alabadlo con arpas y cítaras; / alabadlo con tambores y danzas, / alabadlo con trompas y flautas: / alabadlo con platillos sonoros, / alabadlo con platillos vibrantes./ Todo ser que alienta alabe al Señor". El salmo 150 es un canto hermoso que exhorta a alabar a Dios con instrumentos musicales varios. Asimismo, a lo largo de la historia, son miles las figuras de ángeles representados, tanto en pintura como en escultura, tocando algún instrumento musical. Este concepto musical del ángel está basado en la división de las Huestes Celestiales en coros de ángeles, quienes cantan continuamente las alabanzas al Creador tañendo citarás, arpas o haciendo sonar trompetas. Pero, por más que lo he buscado no he encontrado ningún ángel tocando la gaita. 
Hace un tiempo traíamos a esta ventana la figura del conejo que desde las seculares páginas del libro de la "regla colorada", custodiado en el archivo de nuestra Catedral, ufano, tocaba la gaita. Hoy vamos a asomarnos a uno de los puntos neurálgicos de la ciudad: al monasterio de San Pelayo. Para otro día dejaremos la historia de este niño de trece años, ejemplo de coherencia y dignidad y cuyos restos son recibidos por la comunidad benedictina ovetense en el año 994. Desde entonces son custodiados en Oviedo. Este hecho llegó incluso a mudar el nombre del monasterio: de San Juan Bautista al de San Pelayo. Las reliquias del joven mártir reposan en una hermosa urna depositada bajo el altar de la iglesia del monasterio. Esta arqueta se debe a Félix Granda Buylla, eclesiástico formado en Oviedo y decorador sacro nacido en Pola de Lena en 1868 y fallecido en Madrid el 21 de febrero de 1954. Dedicado también a la orfebrería, consiguió la medalla de oro en la exposición de arte decorativo celebrada en Madrid en 1911. Animado por ese éxito abre un taller en Madrid que pronto alcanzó gran prestigio. En un escrito firmado por el propio Granda dirigido a la abadesa de la Pelayas en julio de 1926, se refiere a la arqueta en estos términos: "he puesto madera de cedro en el interior, me parece que así tiene más semejanza con la caja mortuoria y con la tradición. (..) En la parte superior la estatua yacente del mártir con la palma en la mano, símbolo de su martirio, niños músicos en las hornacinas y en los dos frentes, en uno David niño vence a Goliat símbolo de la victoria que consiguió con su muerte sobre las tentaciones y seducciones del mundo. En el otro el Santo Niño y el Obispo delante del tesoro. En la parte superior, cuatro grupos también de niños, sostienen los escudos de la orden y en los otros, tres cartelas en donde se consigna una oración, fechas y datos. La ornamentación esmaltes sobre plata, flores que indican que es glorioso el sepulcro de los que mueren por Cristo". Y por último, cuatro tortugas que sirven de pie a la caja y que representan la tierra. 
Pues bien, rodeado de toda esta historia, queda para la posteridad ese ángel niño tocando su gaita; quien sabe, quizá en Oviedo tengamos, entre tantos ángeles representados a lo largo de la historia tocando diversos instrumentos, la fortuna de tener el único ángel gaitero. 
Un motivo más -y no son pocos- para acercarnos al monasterio benedictino de San Pelayo, enclave primigenio que me atrevería a decir ejerce, quizá compartido con ese otro lugar sacro que es la Cámara Santa, como alma de nuestra ciudad.

https://www.lne.es/noticias-suscriptor/suscriptor/oviedo-opinion/2019/11/25/angel-gaitero/2562882.html

lunes, 18 de noviembre de 2019

OVIEDO EN UNAS LÍNEAS

El Otero

Oviedo en unas líneas

Un resumen del espíritu de la ciudad

Carlos Fernández Llaneza 18.11.2019
Acudí a ver hace unos días "Mientras dure la guerra", la última película de Amenábar. No pretendo hacer crítica alguna de la película. Pero sí incentivó mi curiosidad y me dio pie a conocer algo más sobre la vida de Miguel de Unamuno y, releyendo alguno de sus textos encontré una mención de Unamuno sobre lo que, a fin de cuentas, nos concita cada semana: Oviedo que, como decía Canella "¡es mucho Oviedo este Oviedo!". Pues bien, escribe don Miguel: "¡Qué casonas reumáticas / con casacas de piedra / trencilladas de hierro, / en obrado embozadas, / y un cielo de plata / donde expira, ahusándose, / la torre de la Catedral!". Y no hizo falta más para encender la mecha de la curiosidad y preguntarme qué habrían dicho sobre Oviedo otros escritores. Y empiezo esa labor inquisitiva y me sorprende lo mucho que se ha dicho de esta ciudad desde sus albores hasta la actualidad. No son pocos los viajeros que a lo largo de los siglos dejaron por escrito sus impresiones. Numerosos los escritores que se refirieron a ella, incluso poniendo la urbe como escenario de sus novelas. 
Recopilar tantas referencias me temo que convertirían estas líneas en algo demasiado prolijo. Así que vamos a obviarlas; a fin de cuentas, somos muchos los que en las diarias conversaciones, en algún momento, tenemos a Oviedo como telón de fondo. Y cada uno -estoy seguro- tendrá, al igual que los numerosos viajeros que testimoniaron su paso por la ciudad, su propia impresión. Su propia definición. Su propia opinión. ¿Se atrevería, amigo lector que lee desde el otro lado de esta ventana, a dar ahora mismo su propia descripción de Oviedo? 
"Oviedo, como cualquier ciudad, es una suma de entes, un caleidoscopio, una galaxia urbana, un enjambre social, un conglomerado: un todo, cuya definición será siempre incompleta, partidista, parcial, subjetiva, intencionada, informal, controvertida, cismática?, mercenaria, restrictiva, particular, nebulosa, insumisa, divergente?, ingrávida? Oviedo, la bien, la mal, la muy novelada, la ciudad, se dice, que atrajo sobre sí una más copiosa y valiosa atención literaria, la población española, dicen, que disfruta de una más abundante bibliografía, la muy no-ble, la muy leal, benemérita, invicta, heroica y buena ciudad de Oviedo es, por todo ello, un endiablado asunto al que la rectitud de conciencia y el cabal conocimiento del mundo circundante -es decir, la humildad y el realismo- aconsejan enfrentarse con docilidad, neutralidad, magnanimidad, laboriosidad? y sindéresis." Quien esto tan bien escribe, que me sirve en cierta forma de epílogo a estas líneas dispersas, es Evaristo Arce, autor de uno de los libros esenciales de esa caudalosa bibliografía local: "Oviedo y los ovetenses". Poco más se podría añadir. Cada semana acudo a esta cita -al menos lo intento- con un único interés: hablar del Oviedo que fue y del que pudo ser. Del Oviedo que es. Del Oviedo soñado. Del Oviedo de todos. Ese Oviedo cercano. De andar por casa. Una ciudad en blanco y negro y, a la vez, en multicolor. Un Oviedo que nos duele y nos hace felices. Una ciudad contradictoria, pero maravillosa. Ya lo decía Arce: "El caso es hablar de Oviedo, escribir de Oviedo. Esa es la cuestión". 
Y todo esto, ya ven, gracias a Unamuno.
https://www.lne.es/noticias-suscriptor/suscriptor/oviedo-opinion/2019/11/18/oviedo-lineas/2559592.html

lunes, 11 de noviembre de 2019

EN SANTA MARÍA DE LA VEGA HAY GATO ENCERRADO

El Otero

En Santa María de la Vega hay gato encerrado

Los derechos de la comunidad de San Pelayo sobre los terrenos de la fábrica de armas de la ciudad

11.11.2019 


Se habla mucho de la Vega. O, para ser estrictos, de los solares huérfanos tras el abandono fabril de las instalaciones de la fábrica de armas. Pero hoy quiero mirar hacia sus inicios: al monasterio de Santa María de la Vega, fundado por doña Gontrodo Petri, amante de Alfonso VII y madre de doña Urraca la Asturiana. Hacia 1125 se estableció en el monasterio la Orden de Fonterrault. Una historia fecunda pareja al devenir de la ciudad. Sobre sus días finales cuenta Aurelio de Llano: "La iglesia de este convento -el cual vino a parar en fábrica de fusiles- fue derribada por mí en 1917. Era grande. Los arcos torales y bóvedas, al caer sobre el pavimento, metían un ruido semejante al trueno. ¡Qué pena al ver caer tan hermosa obra! Del lado del Evangelio, a la altura del arranque del arco triunfal, encontramos la momia de un gato que había sido emparedado vivo; se mandó al Museo de Historia Natural de la Universidad de Oviedo". Parece ser, en opinión de Llano, que en tiempos lejanos, cuando se construía un convento era costumbre emparedar un gato vivo. Afortunadamente, esas costumbres han desaparecido. Lo dejamos ahí de momento. Volvamos a la historia del monasterio: 31 de julio de 1854. Seis de la mañana. Las religiosas de La Vega abandonaban su monasterio con destino al de San Pelayo. La razón es que la Junta de Gobierno de Asturias y el Ayuntamiento las habían conminado a abandonarlo con el fin, supuestamente, de crear en sus dependencias un hospital ante la posibilidad de un brote de cólera que despertaba gran preocupación en Asturias desde el inicio de 1854. 
La atemorizada comunidad de La Vega no atisba ninguna posibilidad de impedir "tan arbitraria e ilegal decisión". Esa misma noche, "la comunidad por evitar algún atropellamiento que se susurraba y lanzando gritos al cielo se resolvió a dejar su inolvidable morada". Un día después de ese injustificado traslado, la Junta Provincial de Gobierno, ya desocupado el monasterio, se pone de acuerdo con el director de la fábrica de armas "para que se haga la distribución de la parte que ocupar". Así se consumó el traslado de esta comunidad hacia el monasterio de San Pelayo. Allí estuvieron hasta que sólo quedaba con vida Manuela Mier Castañón, única heredera, por tanto, de todos los bienes de la comunidad de La Vega. Había ingresado canónicamente en San Pelayo el 24 de octubre de 1891, falleciendo el 2 de junio de 1898. Así pues, la comunidad de San Pelayo pasa a ser la beneficiaria de los bienes de la comunidad extinta. Atrás quedaban 860 años de vida conventual en la ciudad. Bien, pues ahora que se habla de las negociaciones con Defensa sobre la futura propiedad de la Vega, surgen, ante los contundentes datos de la historia, unas preguntas tan simples como pertinentes: ¿Hay algún documento que demuestre la venta, cesión o expropiación del monasterio por parte de alguna administración pública? Me temo que la respuesta es no. No lo hay. Por tanto, ¿no será la actual comunidad de San Pelayo la legítima propietaria de una buena parte de la parcela? Todo parece indicar que así es. Las monjas nunca han reclamado, como recuerda Andrés Martínez Vega -autor del libro "El Monasterio de la Vega de Oviedo" y de la publicación "El ocaso del Monasterio de la Vega de Oviedo a través de la actividad epistolar de su última abadesa"- títulos de propiedad, "sólo pretenden difundir su identidad benedictina, protestar contra el injusto trato del que fueron objeto y dejar manifiesta su clara decisión de que su patrimonio debería ponerse al servicio de toda la sociedad asturiana y ovetense en particular". Pues bien, a la vista de todo lo anterior, bien podría decirse, que en La Vega, sí hay gato encerrado.
https://www.lne.es/noticias-suscriptor/suscriptor/oviedo-opinion/2019/11/11/santa-maria-vega-hay-gato/2556413.html

lunes, 4 de noviembre de 2019

TIEMPO DE OTOÑO

El Otero

Tiempo de otoño

Las sensaciones que despierta la estación en curso

Carlos Fernández Llaneza 04.11.2019



Me gusta el otoño. Pertenezco a él. Es la estación para mirar al cielo y no a la tierra. Para entender qué es el color. Para comprender que la naturaleza, en su juiciosa sabiduría, ahorra para dar después con dadivosidad. Quizá, para algunos, resulte algo melancólico. No para mí. No. Es espera; antesala de un porvenir de luz. Sé que añorar el pasado es como correr tras una nube y que, como decía San Agustín, el pasado ya no es y el futuro no es todavía, así que mejor vivir el presente que es lo único que realmente atesoramos. Pero algunos días de otoño me hacen evocar momentos que se han quedado en calendarios vencidos; no sé, tal vez la luz del atardecer, el aroma acuoso de la hojarasca en su mansa metamorfosis, los días de viento... Quién sabe por qué y cómo se activa ese enigmático resorte que despierta memorias dormidas. Y bastó un día de viento recio y testarudo. Cuando canta el viento y gimen los troncos. Cuando lloran las hojas vapuleadas, arremolinadas en un bullicioso caos para alfombrar nuestros pasos con incontables tonos ocres. Los recuerdos saltan y brincan a tardes de estruendoso viento que retorcía los enormes negrillos de San Pedro; añosos olmos altivos: una sinfonía que me mecía y alborotaba a la que me abandonaba dócil e inerte. En ocasiones, buscaba las alturas cercanas para escuchar al viento. De cerca. Cara a cara. Y desvanecer el instante. 
Otoño. Momento que dicta el calendario para recordar, aún más si cabe, a los que ya no están. En mis otoños, desdibujados por la perezosa memoria, estaba la cita obligada al pequeño cementerio de Santa Marina de Piedramuelle. Allí aguardaba el olor a lamparillas de aceite. A la humedad silenciosa de la tierra que acoge tantas añoranzas. Velas que aguantaban su calmo tiritar frente al frío de noviembre. Humildes llamas trémulas cumpliendo su misión, discretas y respetuosas, ante el dolor de la ausencia. Y acabado el recuerdo, regreso por caminos arcaicos entre espesas alfombras de hojas de castaño. Senderos que vieron al padre que me acompañaba transitar, calzado de madreñas, día a día de casa al colegio y de la escuela a casa en un tiempo tan distinto y distante que bien pareciera irreal. Cómo echo de menos esos caminos y esas historias contadas y vividas en un presente ya imposible. 
El otoño trae la luz menguante. Salir del colegio a las seis de la tarde con la anochecida, en un colegio que compartía patio de juegos con el cementerio de San Pedro de los Arcos, era para valientes que no se arredrasen ante los infantiles miedos compartidos, tan irracionales como inocentes. Tiempos sin disfraces ni caretas impostadas e importadas. Ni falta que hacían; nuestra desbocada imaginación conseguía acelerar pulsos y pasos. 
En fin, imágenes guardadas en mi propio álbum carentes, posiblemente, de valor alguno para ustedes. O tal vez sí. Porque con ellas quizá consiga despertar sus propias otoñadas. Días que vivieron quién sabe cuándo y dónde. Que a nada que rasquen un poco en su propia memoria aparecerán vivos e intensos. Sus colores. Sus olores. Sus momentos. Dense una oportunidad de desandar todos esos almanaques ya gastados. 
De revivir su propio tiempo de otoño.
https://www.lne.es/noticias-suscriptor/suscriptor/oviedo-opinion/2019/11/04/tiempo-otono/2553039.html