domingo, 23 de septiembre de 2018

TODOS MATEÍNOS

El Otero

Todos mateínos

Reflexiones sobre las fiestas de la ciudad

23.09.2018 


Se van apagando los rescoldos del último San Mateo. Un año más, los festejos de la ciudad han llenado las calles de luz, música y convivencia callejera. San Mateo 2018 pasará a engrosar esa lista de fiestas que forman parte de la historia colectiva sí, pero también de nuestra propia existencia. Todos, en mayor o menor medida, atesoramos alguna vivencia mateína en el recuerdo. Estos días de septiembre, tan estrechamente vinculados al fin de las vacaciones, eran una especie de bálsamo que dulcificaba la temida vuelta al cole que, por cierto, tan bien se encargaba Galerías Preciados de recordar. Una especie de periodo de gracia antes de que el otoño nos metiera de nuevo en la temida rutina otoñal. 
En mí perduran firmemente enraizados recuerdos vinculados a estos días. Recuerdos del diario trabajo de colocación de manteles en la Herradura; cinco duros por jornada que eran invertidos, de inmediato, en la Chucha. Recuerdos unidos a tardes de pavonear por el Campo como lelos nuestra bullente adolescencia. A las barracas en San Pedro de los Arcos a las que no fallábamos a pesar del temor a que te dieran el "palo"en aquellos días de demasiado "caballo" y no sólo en el hípico. Al indudable bollo en el verde del Campo. A asistir puntualmente a las carrozas en deslumbrantes tardes de ilusión y serpentinas multicolores entre las que desfilaban audaces abanderados italianos y donde admirábamos, con los ojos como platos, a las radiantes "majorettes" francesas. Recuerdos firmes de otro tiempo que no han sido sustituidos, vaya usted a saber por qué. El año del estreno de los chiringuitos me pilló en Melilla cumpliendo con la patria y luego, creo que no podría definirme como un gran mateín. No me gustan las aglomeraciones ni el ruido, qué le vamos a hacer. Supongo que de todo tiene que haber en la viña del Señor. 
¿Y ustedes? ¿Se definirían como grandes mateínos? ¿Andan ojerosos, perezosos e irascibles por las mañana o son de los que prefieren huir del bullicio festivo? Claro, tal vez, habría que definir qué es un mateín pata negra. En 1889, Ramón Prieto Pazos y José Mª López Doriga, andaban ocupados en la materia. Decían: "No son pocos los que ven con disgusto que se les aplique el nombre de mateínos, porque creen que este nombre sólo lo merecen los que quedan encandilados mirando a la torre, con la cabeza echada hacia atrás y la nuez pronunciada y que apenas aciertan a balbucear un elogio. Creen que son propiamente mateínos los que se admiran al ver las candilejas de colores o las estrellas de pólvora y bengalas. Creen que sólo son mateínos los que compran las cintas que se venden en las inmediaciones de la Catedral que llevan impreso el lema de haber sido tocadas en las reliquias de la cámara santa. Creen que sólo son mateínos los que vienen exclusivamente al jubileo con sus mejores prendas y sólo disfrutan de los festejos que haya en las breves horas que pasan en la ciudad. Creen que son mateínos en una palabra los aldeanos, o la gente cursi, como la llaman, y que no merecen tal apelativo los que residen en las villas, donde se come, bebe, viste y calza como en Oviedo". Testimonio de una época y de un Oviedo muy diferente. Así que se sienta mateín quien le plazca. Que en Oviedo nadie ha de sentirse extraño y todos son bienvenidos a la hora de la fiesta, de la contemplación o del relajo. 
López y Doriga lo decían a su manera: "Natural es que Oviedo reciba, pues, a sus hijos descarriados en el estío y abra cariñoso los brazos a los mateínos que vienen a cumplir gustosamente el compromiso de visitarnos anualmente".

https://www.lne.es/noticias-suscriptor/suscriptor/oviedo-opinion/2018/09/23/mateinos/2352651.html

lunes, 17 de septiembre de 2018

PREGUNTAS EN EL ADIÓS

El Otero

Preguntas en el adiós

Ante la marcha del párroco de San Pedro de los Arcos

17.09.2018

Desconozco los motivos por los que mi madre declinó ir a la Residencia Sanitaria; nací en casa. En un cuarto piso sin ascensor en aquel Vallobín que quería ser urbano pero no se quitaba de encima su espíritu rural. En la misma habitación en la que crecí, soñé, jugué e imaginaba, despreocupado, un futuro que parecía inalcanzable. Supongo que, en algún momento, aquellos ojos recién abiertos, no exentos de curiosidad, mirarían a través de la ventana asomándose a aquel entorno novedoso. Sobre los tejados de hogar despuntaba a un lado el Naranco. Siempre presente. Y al frente, coronando un aún desconocido horizonte, la cúpula bermeja de San Pedro de los Arcos. Orgullosa en su Otero. Entre praderías ancestrales. Presidiendo una extensa y centenaria parroquia que parecía resistirse a ser engullida por una ciudad que crecía en rededor sin remedio. La imagen de la torre que veía cada día al levantar la persiana, en palabras de mi amigo Alberto Reigada, me fascinó. Al poco tiempo casi estrené el colegio que se había inaugurado a sus pies. Y, cada día, desde clase, durante años, recorría sus rosáceas y rugosas paredes. Fantaseaba con trepar a su torre y, sentado en su campanario, oteando la ciudad, me dejaba sorprender por cientos de preguntas. Los años pasaron y esa curiosidad me llevó a rebuscar por donde pudiera hallar algún dato que diera respuesta a tal o cual pregunta. Y en "San Pedro de los Arcos: una historia milenaria" vi saciada una buena parte de aquella curiosidad. Una historia más rica de lo que podría siquiera imaginar en aquellas tardes de colegio en los que me evadía de la clase y me quedaba, alelado, mirando cualquier detalle. También la vida me llevó, allá por 1979, a acercarme a una una Iglesia renovada y renacida. A una parroquia en la que entré a formar parte de una comunidad juvenil que intentaba implicarse, desde la fe, en la compleja realidad de un barrio que sufría muchos problemas y soportaba muchas carencias. Han pasado casi cuatro décadas y ahí seguimos. Intentando conseguir una sociedad un poco mejor. Y en ese camino me he encontrado con muchos nombres que, desde la responsabilidad de párrocos o coadjutores, trabajaron por encarnar esa Iglesia en la sociedad en la que vivían: Rafael, Alberto, Adolfo, José Antonio y, desde hace casi dos décadas, Jorge. Una extensa nómina desde el primer nombre que fui capaz de identificar: Diego de León y Solares en el año 1740. 
Pero a inicios de julio una noticia nos sorprendió: Jorge se iba: noticia, sin duda, desconcertante; más aún, teniendo en cuenta que no se le asigna un nuevo destino. Todos sabemos que en materia de cambios la última palabra la tiene el obispo. Cierto. Pero, ¿la penúltima palabra no la deberían tener los propios curas afectados y la antepenúltima los laicos de cada comunidad? La sorpresa dio paso a la incomprensión. A la pena. Y, finalmente, a cierto sentimiento de rebeldía. Casi como un acto reflejo pensé de inmediato en releer el documento del Plan Pastoral Diocesano; de alguna manera, la brújula que ha de guiar a la diócesis. Sus conclusiones se derivan, en buena medida, del sínodo diocesano. Este plan pastoral consta de cuatro objetivos fundamentales; en todos figura como centro de la acción el pueblo de Dios; o sea, los miembros de la comunidad parroquial de San Pedro, por ejemplo. En el primer objetivo se lee: "Contando con todos los miembros del Pueblo de Dios, de manera corresponsable y participativa (..) para que todas las instancias caminemos y construyamos la comunidad eclesial". En el segundo se incide: "En comunión de misión: sacerdotes, religiosos y laicos" Pues bien, me pregunto, ¿dónde está la opinión de los laicos en todos estos cambios? ¿Tienen las comunidades parroquiales algo que decir en los nombramientos de nuestros párrocos? Ante estos cambios, ¿se ha consultado la opinión de los consejos pastorales o de algún grupo de las comunidades? ¿Se ha preguntado o consensuado, de alguna manera, la opinión de los propios interesados? ¿Hacemos planes pastorales porque el papel lo aguanta todo? ¿Creemos en ellos? Quiero pensar que sí; no en vano es fruto de la opinión y votación de los laicos de toda Asturias. Lo contrario implicaría seguir anclados a una iglesia piramidal y jerarquizada donde a golpe de báculo se rigen destinos y futuros sin empatía alguna con los laicos ni preocupación por el dolor de alguien que se ve obligado a dejar su comunidad -que funciona de forma muy notable- sin saber muy bien por qué ni cuál será su futuro. Preguntas para las que no estoy seguro de tener las respuestas adecuadas. 
En cualquier caso, la decisión está tomada. Y querido Jorge, te irás. Y como dice la canción: "algo se muere en el alma cuando un amigo se va". Te has ganado a la gente muy a tu manera. No eres un gran "activista". Pero sabes hacer equipos. Posees la gran inteligencia de dejar hacer. Apoyas. No excluyes a nadie. A quienes, por distintos motivos, se acercan a la parroquia los acoges respetando singularidades. Sabes hablar con cercanía. Con humor. En tus homilías llegas a la gente por que crees lo que predicas. Y lo dices con un lenguaje que todos entienden. Tienes la humildad de saber reconocer errores propios y comprender los ajenos. Los niños y los jóvenes te quieren. Tu experiencia misionera te dio, sin duda, una sensibilidad especial hacia los inmigrantes; bien lo saben... Podría poner muchos más méritos (los defectos, que haberlos los hay, se minimizan) así que, claro que te vamos a echar de menos. Mucho. Pero creo que te puedes ir contento. Formas parte ya de esta larga historia que a lo largo de los siglos ha ido conformando la parroquia de San Pedro de los Arcos. Y puedes sentirte orgulloso. Por supuesto que tu sustituto puede estar seguro de que tendrá toda la colaboración y cariño desde el primer día. Pero en este momento de la despedida creo que lo único que te podemos decir es recordar esas palabras de Pablo a Timoteo: "He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día". 
Nos seguiremos viendo por las esquinas de la vida.
https://www.lne.es/noticias-suscriptor/suscriptor/oviedo-opinion/2018/09/17/preguntas-adios/2349357.html

domingo, 9 de septiembre de 2018

LA IMAGEN QUE OVIEDO DONÓ

La imagen que Oviedo donó

09.09.2018
Covadonga. Un nombre que sale del alma como ningún otro. Difícil de adjetivar. Covadonga es historia con mayúsculas. Leyenda. Fe. Naturaleza desbordante. Covadonga siempre acoge, sobrecoge y nunca defrauda. 
Y allí, en su cueva, nuestra Santina. Al abrigo de la roca, con el arrullo del agua que se filtra desde Orandi y de los sinceros y hondos susurros de cientos de oraciones sencillas y confiadas. Y de las miradas de los miles de turistas que se acercan cada año al Real Sitio. 
Covadonga es historia, sí. Historia decisiva. Tal vez amoldada con el tiempo, pero hoy vamos a fijar nuestra atención en un capítulo concreto. El incendio que asoló la cueva en la madrugada del 17 de octubre de 1777. 
Hasta ese día la situación de la cueva, según un inventario de ese año, bajo el pontificado del obispo D. Alfonso Antonio de San Martín, era así: "El templo de Santa María tiene altar y retablo de cuatro columnas, entorchados a los lados en que está la imagen de Nuestra Señora en su caja sobre un trono de bulto de madera, estofado de plata con su media luna del mismo género y pintura con lámparas de plata siempre ardiendo, estrechado coro de trece sillas y en la cajonería ricas alhajas y primorosos ornamentos. Entre las alhajas se cuentan cuatro lámparas de plata, una de ellas regalo de Carlos II; dos cálices donados por Felipe II; un viril guarnecido de rubíes, diamantes y esmeraldas, por Felipe IV; un magnífico terno de tisú de oro, de la casa de los Duques de Gandía, que había servido en el oratorio de San Francisco de Borja". 
El incendio acabó con todo, incluida, lógicamente, la imagen de Covadonga. 
Con el fin de que el culto a la Virgen de Covadonga continuase, el Cabildo Catedralicio de Oviedo dona una nueva imagen, como pude leer en el acta correspondiente al 17 de julio de 1778: "En la sala capitular de la santa iglesia Catedral de la ciudad de Oviedo, a 17 días del mes de julio de mil y setecientos setenta y ocho años, juntos los señores capitulares de ella en número pleno llamados a son de campana tañida según costumbre y loables estatutos , en uno con el Sr. D. Manuel Jerónimo Carra, deán, y ante mí el infraescrito secretario capitular, se trataron y acordaron las cosas siguientes de que fueron testigos los señores maestrescuela Cañedo y Doctoral: 
Imagen de Covadonga. En vista del informe de los señores comisionados en razón de la imagen de Covadonga que pide el Sr. Abad y Colegiata, se acordó que se les dé la imagen escribiendo primero al Sr. Obispo para que su Ilma. dé su permiso". 
Cabe recordar, subrayando la vinculación de Covadonga y Oviedo, que según concesión de Felipe III se concede al Sr. Abad de Covadonga la facultad de ocupar la sexta silla en el Cabildo catedralicio de Oviedo, privilegio vigente en la actualidad. 
Y aquí surge otra curiosidad, ¿sabemos cómo era la imagen que se quemó en 1777? Para intuirlo tendremos que ir hasta un pueblo de la comarca de las Merindades, en Burgos: Cillaperlata. Allí, en la parroquia de Nuestra Señora de Covadonga, encontramos una imagen que, probablemente, sea similar a la desaparecida en el incendio. Hay teorías que afirman que en el siglo XII se tallaron dos imágenes idénticas; una acabaría en el monasterio de San Juan de la Hoz de Cillaperlata y la otra en Covadonga. La imagen que actualmente se encuentra en la la parroquia de Nuestra Señora de Covadonga en Cillapertlata es románica, policromada, sedente y con el Niño sentado en su rodilla izquierda tal como se representa en los siglos XII-XIII. Si es idéntica o no a la desaparecida en el fatal incendio o una replica posterior nunca lo sabremos con certeza, pero puede orientarnos de cómo era la talla que el fuego devoró. 
En cualquier caso, curioso episodio que subraya la histórica vinculación entre Oviedo, su catedral y cabildo y Covadonga, corazón de todos los asturianos. 
Y, por supuesto, espero que hahan pasado un feliz día de Covadonga y de Asturias.
https://www.lne.es/noticias-suscriptor/opinion/2018/09/09/imagen-oviedo-dono/2345608.html


lunes, 3 de septiembre de 2018

LE LECCIÓN DE MINGMA

El Otero

La lección de Mingma

El ejemplo de superación constante de un sherpa del Himalaya

03.09.2018 | 00:57
Carlos Fernández Llaneza y Mingma Dogri, en Torrecerredo.
Tal vez se pregunten qué tiene que ver un sherpa con Oviedo. Pues nada. Pero en ocasiones no está mal trascender la mirada de lo estrictamente local. Les cuento. El pasado 15 de agosto tuve la fortuna y el honor de compartir una maravillosa jornada de montaña con Jorge Egocheaga, gran montañero y mejor persona, y con Mingma Dogri, un sherpa del Himalaya; no todos los días se tiene la suerte de conocer a uno. LA NUEVA ESPAÑA publicó ese día un reportaje en el que nos contaba detalles de su vida, un ejemplo de superación continua y de constante lucha por huir de un mísero e incierto destino. 
A pesar de subir recientemente al Everest con mucho menos Tiempo de preparación de lo que suele ser habitual y de ser capaz de portear pesos cercanos a los cincuenta kilos, el aspecto de Mingma puede parecer frágil. No es muy alto. Delgado. Primer error de juicio. Su atavío para el reto que teníamos por delante también podría parecer engañoso; tal vez más propio para un paseo por el Campo San Francisco que para una jornada de nueve horas por el corazón de los Picos de Europa. Segundo error: el hábito no hace al monje. Otra cosa que me llamó poderosamente la atención desde el primer momento fue su gran sencillez. Su humildad sin impostura alguna. Sin duda es una de esas personas con las que basta intercambiar un saludo para ser consciente de que estás ante alguien que tiene mucho más de lo que muestra, su gran riqueza. Humanidad en esencia. 
No es hombre de muchas palabras. No hace falta. Pronto me di cuenta de que en los tramos más complejos no me quitaba ojo. Incluso, alguien llegado del otro extremo del mundo, se preocupaba de quitar piedras del camino potencialmente peligrosas para otros montañeros; un gesto a agradecer. 
La mayoría de expediciones en el Himalaya no podrían llevarse a cabo sin la anónima y discreta contribución y ayuda de personas como Mingma. Son imprescindibles. 
Hoy, afortunadamente, Mingma dirige "Himalayan Wanderer Treks and Expedition", una empresa radicada en Katmandú dedicada a la organización de viajes por el Himalaya. Su vida, en un afortunado giro, burló ese destino incierto al que muchos de sus vecinos se ven abocados. 
Pero ese inolvidable y maravilloso día de agosto el aporte que hizo Mingma fue en forma de hermosas moralejas: no juzgues nunca a nadie por la apariencias. Y no hace falta derrochar un irrefrenable torrente de palabras para dar una lección. Una gran lección.
https://www.lne.es/suscriptor/oviedo-opinion/2018/09/03/leccion-mingma/2342544.html