miércoles, 13 de marzo de 2013

Paisaje, política y un adiós...


http://www.lne.es/oviedo/2013/03/13/paisaje-politica-adios/1381502.html

El Otero

Paisaje, política y un adiós

Hay representantes públicos, como Juan Álvarez, íntegros y honestos, dedicados a trabajar por sus semejantes

13.03.2013 
Paisaje, política y un adiós
Paisaje, política y un adiós
Un domingo de marzo. Cae la tarde. Sopla, inmisericorde, un viento frío y tenaz sobre este Picu el Paisano. A mi espalda, el monumento al Sagrado Corazón; enfrente, el Monsacro y el Aramo. Siempre ahí, esperando... Y a mis pies, Oviedo, estirándose por los costados. Ha crecido mucho desde los días en los que de niños, como aventureros salidos de los cómics, lecturas de cabecera por entonces, subíamos hasta aquí a saltar entre piezas de manos, pies o cabeza del futuro monumento, desparramadas por el suelo años antes de concluirlo, en 1981.

Cada vez que me asomo desde aquí a la ciudad, imagino toda la vida que bulle ahí abajo. Cuántos problemas, dudas, miedos, incertidumbres... Cuántos proyectos, esperanzas, anhelos... Cuántas alegrías, ilusiones... Qué de vidas felices. Cuánto entusiasmo, coraje para afrontar lo que toque cada amanecer.

Y cuánto dolor...

Hoy, en un lugar de ese Oviedo que miro y me contempla, hay un pequeño hueco de dolor que comparto por la muerte de una persona querida: Juan Álvarez.

Juan era una de esas personas que concilian unanimidad: un buen tipo. Un hombre cabal, honrado. Además de muchas otras cosas; por ejemplo, gran conversador. Encontrarme con él suponía -era inevitable- que llegaría tarde dondequiera que fuera. Casi sin mediar palabra planteaba algún tema de actualidad sobre la política municipal -pasión compartida- o me hablaba de filosofía, o de la situación de la Iglesia diocesana o universal; de lo humano y lo divino... Y yo escuchaba, porque hablar, poco podía... Pero escuchaba encantado, porque además era un hombre sabio. Desde este altozano privilegiado de Oviedo, miro hacia Monte Alto, a La Florida, o al antaño campo de tiro, aquí al lado, y el recuerdo se agranda.

No corren buenos tiempos para la política ni para los políticos. No es justo. Ni todos son iguales ni todos -ni mucho menos- unos sinvergüenzas. Ha habido, hay y habrá una gran mayoría de políticos honestos, íntegros, dedicados a trabajar por la «polis», por su país, por sus semejantes. Y el que no sea así sobra. Es una basura que hay que expulsar.

Se va el sol... Las nubes, multicolores hoy, pareciera que tuvieran prisa. La torre de la Catedral se eleva, orgullosa, sobre las primeras luces. El viento sigue a lo suyo, revolviendo por igual papeles e ideas. Trae y lleva recuerdos. Rememoro a mi padre, responsable en buena medida de mi querencia por la política y con quien compartía el cariño hacia Juan. Evoca a muchos compañeros que nos precedieron, ejemplo de entrega y pasión sincera. Hace apenas unos días enterramos a Lito Mier, con un corazón tan grande que se le paró. No hace mucho, se fue un compañero, muy joven aún, dejando huecos difíciles de llenar... Y, cómo no, imposible olvidar hoy al bueno de Juan, que supo ejercer la política desde el justo convencimiento de que sólo por y para los demás es como se debe profesar.

Cae la noche. Rodeado de este cautivador paisaje, mientras surgen por doquier procesiones de miles de luces serpenteantes que cubren los horizontes, me atrevo a decir a su mujer, Emilia, y a sus hijos, Juan y Quique, que tranquilos, que desde esa fe compartida nos queda una certeza: «El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá».
Publicado en La Nueva España el 13 de marzo de 2013

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