lunes, 27 de mayo de 2019

AQUEL DÍA DE ABRIL

Aquel día de abril

27.05.2019

¿Qué hacía usted en abril de 1979? ¿Qué recuerda de aquellos días, tan lejanos y tan cercanos a la vez. Por no escaquearme de responder les diré que, como adolescente quinceañero que era, bastante tenía con lidiar con mi engorroso acné, con tener bien engrasadas mis botas camperas y convencer a mi madre para que me comprara una chupa negra para emular a Travolta; en fin, qué cosas, menos mal que la adolescencia es de las pocas enfermedades que se cura con los años. 
Bueno, a lo que vamos. Si usted peina alguna cana que otra, quizá recuerde que, hace cuarenta años (no sume que se deprime) fue llamado, después de décadas de urnas secuestradas por la dictadura, para elegir a la que sería la primera corporación municipal ovetense de la joven democracia. El martes 3 de abril de 1979, por tanto, no fue un día más. Para muchos fue un día de ilusión, de emoción. De compromiso con el futuro común que nos aguardaba. Horas para saborear las libertades recobradas. Un día de esperanza. Por fin, España miraba al futuro con una sonrisa. 
Oviedo votó, aunque de forma un poco rácana; la falta de costumbre, supongo: 56,39% de participación. Votaron 76362 ovetenses: 31030 a UCD, cuya lista encabezaba Luis Riera Posada. 29.324 se decantaron por la papeleta del PSOE, con Wenceslao López a la cabeza (no, no es un lapsus ni un dèjá vu), 7678 votos fueron para el PCE, Coalición Democrática obtuvo 5542 votos y 1329 el MC. 
Luis Riera fue elegido Alcalde. Para él había sido una noche de nervios en el Gobierno Civil por la "apretada lucha con el PSOE" según sus propias palabras. En su opinión fue "una victoria de gran mérito porque hemos luchado contra el PSOE y la abstención pero ha sido una noche terrible de nervios porque la duda se ha mantenido hasta el último momento". 
Pero al margen de la crónica del día, me pregunto, les pregunto: ¿creen que, más allá de los inevitables cambios sociales, hay diferencias significativas entre aquellas primeras corporaciones y las actuales? En varias ocasiones tuve oportunidad de hablar sobre esto con algunos de los ediles de entonces. Y sí. Creo que sí hay algunas desemejanzas. Y no sobre las legítimas discrepancias políticas. Más bien en el ámbito de las relaciones personales. Algunos de los que ocuparon plaza en el salón del plenos municipal creen que el ambiente era más cordial. Prevalecía el afecto y el respeto por encima de otras cuestiones. Había un espíritu más generoso. Incluso finalizados los mandatos se reunían alguna vez para compartir una comida. No sé si es algo relevante o fruto de opiniones subjetivas distorsionadas por el paso del tiempo pero, de ser así, no sería un detalle baladí. Siempre creí que por encima de las siglas han de estar las personas. Que es mucho más lo que nos une que lo que nos separa. Y que los intereses de Oviedo, de los ovetenses, han de prevalecer, por supuesto, sobre intereses personales o partidistas. En mis años de edil, confieso, no tuve problema con ninguno de mis compañeros de corporación más allá de algún rifirrafe sin mayor importancia y creo que puedo decir que con todos me ha unido cierto aprecio, al menos así lo siento. 
Pues que ese espíritu de concordia que inundó la política de este país en aquellos años no quede orillado. Por el bien común. 
Manolo Avello escribía en aquellos días de abril en estas páginas de LA NUEVA ESPAÑA: "Sería bueno para todos, me parece a mí, que a la hora de las decisiones, cualesquiera que sea la ideología política, se imponga el amor que, como considera Antonio Gala, es indispensable. Son cuatro años los que se avecinan de mucha brega política, dialéctica, económica y social y lo que no sepamos nosotros fraternamente hacer bien, nadie más lo va a remediar. Ha llegado la hora de la verdad. Son cuatro años, un soplo?". Y tranquilos, que cuarenta años no son nada.
https://www.lne.es/noticias-suscriptor/suscriptor/oviedo-opinion/2019/05/27/dia-abril/2478672.html

UTOPÍA


Utopía

Las promesas electorales y el mundo ideal

22.05.2019 
Fue Tomás Moro quien, en su obra homónima, bautizó con este nombre -Utopía- a una isla idílica en la que sus habitantes habían conseguido una vida en armonía total, en pacífica convivencia, compartiendo bienes y disfrutando de un total bienestar físico y moral: la sociedad perfecta. El lugar en el que todo ser humano desearía y merecería nacer y vivir. Obviamente, no hay más que ojear cada mañana el periódico para constatar que la realidad camina por otro sendero pero, ¿de quién es la responsabilidad de que no logremos esa vida ideal? ¿Es posible? Frecuentemente culpamos a los políticos de lo que no va bien en el país, en la sociedad global. En buena medida así es. Pero no exclusivamente. La responsabilidad de construir una sociedad es de todos los miembros y colectivos que la forman. Los políticos, con sus aciertos y errores, son fruto de la sociedad en la que crecieron y se formaron. De los valores que de ella emanen. Al menos en parte. Pero algo va mal cuando, según el último barómetro del CIS, los políticos y los partidos políticos son la segunda preocupación de los españoles por detrás del paro. Asimismo, los asturianos, según informaba LA NUEVA ESPAÑA hace unas semanas, somos los más desencantados de todo el país con la política. Obviamente, algo habría que hacer mejor. 
Estamos en vísperas de unas nuevas elecciones. Nos esperan las urnas para que los ovetenses elijamos a los encargados de gestionar nuestro ayuntamiento durante los próximos cuatro años. Los asturianos decidiremos en qué manos pondremos el gobierno del Principado y todos los españoles a qué diputados sentaremos en el parlamento de Estrasburgo, donde tanto se juega. Vemos a los candidatos acudir a muchos lugares en los que nunca han estado y a los que, posiblemente, no volverán. Y no digo que esté mal: son las servidumbres de la campaña. Las promesas llegan de todos lados; vuelan las ideas. Surgen proyectos prometedores. Todos tratan de convencernos de que son la mejor opción para dirigir eso que llamamos "la cosa pública" y buscan nuestro apoyo. 
Pues bien -y huyendo de cualquier ingenuidad- personalmente creo firmemente que el fin último de la política es lograr la felicidad de las personas. Sí, la felicidad. Esa debería ser la ambición de cualquier político, ¿o no? Y, desde luego, recuperar la ilusión y la confianza de los ciudadanos en la política. Mal iremos si no es así. 
Por tanto, claro que quiero saber qué van a hacer con los terrenos del viejo HUCA, con la parcela de La Vega (sin olvidar que las Pelayas siguen siendo las legítimas propietarias de una buena parte de ella), con Santullano, con la economía local, con la zona rural, con los servicios sociales, con el Campo San Francisco, con el tráfico, con el Naranco y con tantas otras cosas que nos incumben y preocupan a todos, pero también me gustaría escuchar cómo podrían conseguir, alejados de ocurrencias y de propuestas cortoplacistas, que todos seamos un poco más felices. Me agradaría constatar que, con sus decisiones y, por qué no, sueños, recuperamos esa confianza e ilusión que nos hemos ido dejando por la cuneta del desencanto y, ¡caramba!, cómo lograr esa sociedad ideal que Tomás Moro soñó en un lejano siglo XVI. 
A fin de cuentas, como canta Serrat, "sin utopía la vida sería un ensayo para la muerte".
https://www.lne.es/noticias-suscriptor/suscriptor/oviedo-opinion/2019/05/22/utopia/2475998.html?fbclid=IwAR0CUVo1MJXkPwf0AU6rT1Ityqg9-ZWtXCNjDoyJWv2YKXABcSSL0K61PJ8

lunes, 13 de mayo de 2019

HORAS AÑEJAS

El Otero

Horas añejas

13.05.2019 
Einstein afirmaba que el tiempo es relativo. Tal vez. Hay segundos eternos y horas en las que nos querríamos quedar a vivir eternamente. Lo que está claro es que vivimos cautivos del tiempo. Esclavos del reloj. Nos hace ir de aquí para allá en ese frenesí de, en ocasiones, alocada actividad que convierte los más de los días en humo efímero. Alarma para despertar, notificaciones en la agenda? tantos avisos que, quizá, nos hagan añorar los días en los que nos preocupaba un comino el ritmo de las horas. Una vida sin más sometimientos horarios que el cumplimiento de las necesidades básicas. Probablemente, en algún momento, nos demos cuenta de que la mayor riqueza es disponer de tiempo. Bien lo dice un proverbio africano: "Vosotros, los europeos, tenéis los relojes, pero nosotros tenemos el tiempo". Tienen razón. Pero como esto de estar pendiente del reloj viene de lejos, vamos a fijar hoy la mirada en los relojes, a mi juicio, más emblemáticos de la ciudad: los relojes de la Catedral. Hay dos: uno de sol en la cara sur de la torre románica y otro en la torre gótica. El de sol, en una placa de mármol orientada hacia el mediodía, tiene un doble sistema de numeración: números romanos y guarismos arábigos alternos, empezando por el uno en arábigo. Se estima que fue construido en 1415. En el año 1795, dado su deterioro, se realizó una réplica encontrándose el original en el Museo de la Iglesia. 
El de la torre gótica, según la guía de la Catedral de José Cuesta Fernández, se colocó desde un principio en el segundo piso de la torre, como está en la actualidad, en el año 1787 siendo obispo don Agustín González Pisador. Fue obra del madrileño Ramón Durán. Consta de dos campanas, una para las hora y otra para los cuartos. Ambas campanas fueron destruidas durante la guerra civil. En 1957, se instaló de nuevo el reloj, ya reparado, bajo la supervisión de Menéndez Pidal. En 1927 se llevó a cabo una importante reparación en el reloj por parte de los obreros de la Fábrica de la Vega que Cuesta recoge con detalle: "Repasar los ejes, rellenar a la autógena los cojinetes de bronce y ajustarlos cada uno a su eje. Hacer engrasadores de bronce para los cojinetes. Dos aparatos para reducir a una tercera parte la fuerza empleada para dar cuerda. Una esfera pequeña para la parte inferior del reloj. Un aparato para dar movimiento a dicha esfera con su correspondiente cuadratura. Cuadratura para el movimiento de la esfera de la fachada, manillas para la esfera y sus contrapesos". Detalla asimismo los responsables de la reparación: "Maestro, don Saturnino Artamendi. Ajustador, Mario Nava. Fresador, Enrique Alavera. Torneros, Emilio Aguilar y Julio Rodríguez. Cepillado, Sebastían Suárez Sagada y Aquilino Fernández. Maestro relojero, Julio Galbán". Conste el reconocimiento a su labor. 
Sin duda el reloj de la Catedral marcaba los tiempos de un buen número de ovetenses pues bien habría de oírse en toda la ciudad. Clarín, en "La Regenta", ya lo describe en un dialogo entre Víctor Quintanar y su mujer, Ana Ozores: 
"- ¿Se oye el reloj de la torre desde aquí? Mira que es media legua larga? 
- Pues sí, se oye, en estas noches tranquilas ya lo creo que se oye. ¿Nunca lo habías notado? Espera cinco minutos y oirás las campanadas... tristes y apagadas por la distancia". 
Hoy ya todos tenemos reloj de pulsera. El móvil asume la función de reloj, agenda y mil cosas más. Pero en Oviedo, con permiso del reloj de la Escandalera, mi reloj favorito sigue siendo el de la Catedral. 
En fin, no sé si Einstein tenía razón o no. Pero a quien no se la quito es a Benedetti: "Cinco minutos bastan para soñar toda una vida, así de relativo es el tiempo".
https://www.lne.es/noticias-suscriptor/suscriptor/oviedo-opinion/2019/05/13/horas-anejas/2471244.html


lunes, 6 de mayo de 2019

SALSIPUEDES

El Otero

Salsipuedes

Las curiosidades de una calle peculiar de la ciudad de Oviedo

06.05.2019 
En el Campo de mi infancia, en la zona de los columpios, había un laberinto hecho con postes de madera en el que, cuando llegaba algún pardillo novato -víctima propicia- le introducíamos con los ojos vendados en el medio y le decíamos: ¡sal si puedes! Mira tú. Seguro que recuerdan los pañuelos y pegatinas con el eslogan: "Ven a Oviedo y? sal si puedes" tan utilizado en las fiestas mateínas de los ochenta; genial idea del entonces concejal Ramón Corral en conversación con Covadonga Bertrand mientras se debatía en un pleno una polémica propuesta sobre la reordenación del tráfico en el entorno del Campo San Francisco. Un conocido pub de la zona antigua también adoptó el nombre de Salsipuedes. Bien, pues viene esto a cuento por un titular que leí en LA NUEVA ESPAÑA el pasado domingo 28: "Luz verde a reparar la escalera de la peor calle de Oviedo". La desafortunada calle a la que se refiere la noticia es Ildefonso Martínez. El caso es que, una vez más, una noticia aviva la curiosidad e, inmediatamente, me vino a la mente la imagen de esta calle que todos pateamos y que conocemos, precisamente, como Salsipuedes aunque, desde el 28 de diciembre de 1895, previa petición de los vecinos (¡cuánto le debemos a José Ramón Tolivar!) recibe el nombre de Ildefonso Martínez. El nombre de Salsipuedes se debería a la estrechez e inclinación de su recorrido, cosa que, al parecer, es frecuente en España en calles con características similares; así, encontramos este nombre en el callejero de Santiago de Compostela, Madrid, Jaén o Pamplona. 
Consta que los españoles pusieron este nombre a diferentes lugares en Argentina, Colombia, Uruguay o Panamá y, entre ellos, cuenta Tolivar "a unas islas y un estrecho en el golfo de California, donde la navegación es peligrosa a causa de la impetuosidad de las corrientes. Impetuosa es también la pendiente de esta calle, de modo especial a su salida o terminación en la calle de San José, donde aún debió ser mucho más marcada y dificultosa antes de existir los actuales escalones". 
El nombre de Salsipuedes no lo encontramos hasta los padrones de vecinos de 1722. Anteriormente, continúa Tolivar "quizá pudo corresponderle el de Canóniga Baja -que más adelante atribuimos a la calle San José- pues, llamándose de los Cuatro Cantones el tramo comprendido entre San Antonio y San Isidoro, e iniciándose la Canóniga Alta precisamente en el mismo punto que la de Salsipuedes, bien pudo ser ésta -que desciende mucho más- la llamada Canóniga Baja". 
En cuanto al nombre actual se debe al médico nacido en Benia de Onís el 28 de abril de 1851 cuya vida fue tan rica y abnegada que bien necesita un capítulo aparte a su memoria; queda pendiente. 
Se cuenta una curiosa anécdota sobre esta calle. Allá por la década de los 70 encargó el Ayuntamiento un estudio sobre el tráfico en la ciudad; pues bien, una de las calles por las que proponían la salida de coches era por Salsipuedes, lo que lleva a pensar que los redactores, lejos aún la era del Google Maps y de los drones, ni se dignaron a visitar la ciudad pues de llevarse a cabo su plan, más de un coche dejaría los bajos en el tramo final de escalera mentando a los progenitores de los ínclitos redactores. 
Pues ya saben, si transitan por esa calle, especialmente si gustan de la noche, anden con cuidado no vayan a tener un indeseado traspié aunque la salida, realmente, sea sencilla, como simple era la de aquel laberinto del Campo que, desde nuestra ingenuidad infantil, debíamos temer como si se tratase del mitológico laberinto creado por Dédalo para esconder al mismísimo Minotauro.
https://www.lne.es/noticias-suscriptor/suscriptor/oviedo-opinion/2019/05/06/salsipuedes/2467590.html

lunes, 29 de abril de 2019

UN PARÉNTESIS DE PAZ

El Otero

Un paréntesis de paz

Un paraíso natural a la puerta de casa

29.04.2019 
Lo que les voy a contar sucedió el pasado Domingo de Pascua. Un soleado día primaveral. Absolutamente idóneo para caminar. En un momento de la caminata decidí parar y tumbarme un rato sobre la yerba, cosa no habitual. Y escuchar. Abrir un paréntesis. Un momento de pausa que no obedecía a ningún porqué. Sin más, el tiempo se detuvo. Y allí estaba, embelesado, rodeado de un entorno arrebatador, de una naturaleza empeñada en sorprender. De paz. Un raitán se posó a escasos metros y, me atrevería a decir, algo jactancioso, me regala su música. Vivaces jilgueros le acompañan desde unas ramas cercanas. Los grillos -cada vez menos- suman sus acordes. Un cuco, en la distancia, que pareciera celoso del espectáculo, también se incorpora. Y por el medio se entrecruzan decenas de cansinos zumbidos. En ese preciso momento me gustaría fundirme en la escena. Como si esa imposible simbiosis fuera factible. Desearía que nada ni nadie pudiera advertir mi presencia. Porque siento que soy el que sobra. Formo parte de la especie que, desde hace años, está empeñada en hacer saltar por los aires esta perfecta armonía. Y nada más. Y nadie más. Los sonidos se sobreponen, se entrecruzan. Todos son música. Ninguno chirría; al contrario, te acunan, te sosiegan, te vencen. Y te enseñan a ser más humilde. Silencio, sólo el que pudiera traer dentro de mí, si es que existe. Pero es lo más parecido porque nada estorba. Nada sobra. Ni el vago rumor de la cercana ciudad se atreve a incordiar, a romper el suave lazo de magia que envuelve el instante. Toda la lastimosa realidad que rodea esta virtual burbuja se ha desvanecido. Por un instante, sencillamente, desaparece. Me resisto a irme. No deseo romper este instante que tan bien conjuga quietud, bienestar, calma y despreocupación. El después espera. Pero esos minutos ya son míos para siempre. Se han quedado grabados para rumiarlos cuando el camino, nuestro particular camino, ese que nos aguarda tras el próximo recodo, quizá no sea tan agradable. Quién sabe, quizá la felicidad, tan huidiza y esquiva como caprichosa, sea una pequeña colección de momentos efímeros como éste. Así que, contento, sigo mi ruta. 
Al poco me encuentro un curioso banco. Unos maderos cobijados en el abandono. A juzgar por su aspecto hace mucho que nadie reposa en él. Cubierto de líquenes, musgo y olvido, sólo el sol parece querer descansar en su asiento. Las plantas ya hace tiempo que le han perdido el respeto y trepan, sin miramiento alguno, por sus húmedas patas. Un banco ignorado. Infrautilizado. Despreciado. Al que los caminantes le han dado la espalda. Del que nadie disfruta. Al que todos parecen desechar. Prescindible. Aunque en medio del desuso, insiste en resistir. Intenta no vencerse y dejarse pudrir. Le imagino esperanzado en que algún caminante decida recomponer su fatiga fijándose en él. Me parece metáfora acertada: igual que el Naranco que lo acoge. ¡Ah! ¿no se lo había dicho? Ese pequeño paraíso temporal que un domingo reciente me aceptó está a la puerta de su casa. Esa burbuja de naturaleza esencial que me cobijó por unos instantes es parte de su propia biografía. De su propia ciudad. Sepan que, como ese banco achacoso y doliente, les espera. 
Si se dejan un poco, quizá también les sorprenda regalándoles un fugaz, aunque intenso, paréntesis de felicidad. En su mano está.
https://www.lne.es/noticias-suscriptor/suscriptor/oviedo-opinion/2019/04/29/parentesis-paz/2464118.html

lunes, 22 de abril de 2019

DE CALLEJAS Y NOMBRES

El Otero

De callejas y nombres

El anecdotario de la calle de los Huevos

Carlos Fernández Llaneza 22.04.2019 

En una ciudad cualquiera: ¡Dónde (...) está la calle de los güevos! (Colóquese en los puntos la socorrida y castiza interjección para enfatizar la frase, pues sabido es que, incluso en la época de los GPS, hay ocasiones en las que encontrar el destino es una misión compleja que, sin duda, pone a prueba nuestra paciencia). 
En Oviedo: ¿Dónde está la calle de los Huevos? A lo que cualquiera, manteniendo la más exquisita educación tanto en la pregunta como en la respuesta, diría: Es la travesía que une la calle Cimadevilla con Trascorrales. 
Bien, bromas aparte, en Oviedo contamos con una calle, más bien calleja, que se denomina así. Efectivamente une Cimadevilla y Trascorrales aunque su nombre oficial era el de Travesía de Cimadevilla. Según Tolivar Faes, esencial una vez más, la Calleja de los Huevos fue conocida así al menos desde el siglo XIII. El nombre definitivo quedó fijado por el ayuntamiento en sesión de 11 de febrero de 1937. 
Parece que el nombre se debe a que en este lugar era frecuente la venta de estos alimentos porque, queridos niños, no siempre en Oviedo hubo un supermercado a la vuelta de la esquina y ni los huevos ni, por ejemplo, la leche, venían en cartones y bricks. Servidor, que no es todavía un fósil jurásico, aún recuerda las mujeres que venían a Oviedo a vender leche. Mi tía Julia venía casi a diario desde San Claudio con las relucientes lecheras de aluminio a lomos de su dócil burra; por cierto, a la que un día me subí por un lado cayendo de bruces por el otro. Hasta ahí llegó toda mi experiencia equina. Hoy para verlas hay que ir a Trascorrales. Y están en bronce. También solía acompañar a mi hermano con frecuencia a buscar la leche a casa de mi tía Rosario a los Casones del Vallobín. Allá íbamos con una botella de "La Casera" debajo del brazo, en un desplazamiento por calles de barro y oscuridad en las que, cuando nos sorprendía la anochecida, el canguelo lograba que, más que correr, casi voláramos. Tampoco era raro ir a comprar los huevos a granel con una especie de rústicas hueveras de alambre con yerba o paja para amortiguar golpes y evitar tortillas prematuras. 
Fermín Canella también se refiere a la Calleja de los Huevos cuando narra un épico suceso acaecido en la medianoche del 24 de mayo de 1808: "Don Gregorio Piquero Argüelles, uno de los principales jefes de la agitación, disfrazado con un vestido de Juan Álvarez Santullano, se dirigió con don Juan Cimadevilla, don Francisco de Paula Pintado y otros dieciocho animosos hijos de la capital a la Casa Regencia donde acababan de tomar posesión las autoridades recién llegadas a Oviedo. Antes habían permanecido ocultos desde el oscurecer del 24 en una casa de los Trascorrales y, al sonar los tres cuartos para las doce de la noche, salieron cautelosamente de dos en dos, pasando la llamada calleja de los Huevos, que da frente a dicha casa, donde con valor temerario sorprendieron al centinela y se apoderaron del resto de la guardia". 
El sorprendido centinela bien podría haber exclamado eso de "¡manda güevos!" y, quién sabe, quizá podríamos tener ahí otro origen para el nombre de la calle pero como creo que no va a colar, vamos a dejarlo en honor de ese alimento esencial de nuestras sencillas y valiosas "Gallus gallus domesticus"; por estos lares, sean de caleya o vivan en una jaula, pites. De toda la vida.
https://www.lne.es/noticias-suscriptor/suscriptor/oviedo-opinion/2019/04/22/callejas-nombres/2460664.html

domingo, 14 de abril de 2019

LA BORRIQUILLA DE SAN PEDRO DE LOS ARCOS

El Otero

La Borriquilla de San Pedro de los Arcos

14.04.2019 .
    Que la Semana Santa ha cambiado en Oviedo en los últimos años es algo incuestionable. La Semana Santa de los setenta y ochenta era sinónimo de éxodo, de una calma y quietud desconocida el resto del año. Hoy, afortunadamente, Oviedo no se vacía en esas fechas. La palabra procesión procede del latín "processus" que significa, según el diccionario, progresión, acción de avanzar; pues bien, no cabe duda de que en Oviedo, en lo referente a la celebración de la Semana Santa, hemos "procesionado". Y mucho. Todo, gracias al esfuerzo sentido y comprometido de las cofradías de la ciudad, algunas veteranas e históricas, otras más nuevas, que han sacado a las calles de nuevo una vivencia popular y diferente de la pasión, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret. Sin duda, uno puede acercarse a la Semana Santa desde distintos ángulos: desde una perspectiva de fe; tal vez como mero atractivo turístico o, simplemente, como unos días de descanso y ocio. Todos respetables. Pero hay que valorar, agradecer y apoyar el esfuerzo de las cofradías para que Oviedo ocupe un espacio en el calendario de la Semana Santa. 
    Pero no voy a hablar de cofradías ni de la Semana Santa ovetense en su conjunto, sino de una pequeña historia, casi familiar, que tiene como protagonista el Domingo de Ramos en la milenaria parroquia de San Pedro de los Arcos y a un paso muy querido por muchos ovetenses: La Borriquilla, que es la que abre los actos de esta intensa semana. Pertenecía este paso a don Argimiro Llamas Rubio, quien ya lo tenía en la parroquia de la Corte de la que fue ecónomo de febrero de 1947 a noviembre de 1951. Tras ostentar la capellanía del colegio Covadonga de huérfanos, de noviembre de 1951 a febrero de 1955, fue nombrado regente de la parroquia de San Pedro de los Arcos, cargo que ejerció hasta agosto de 1971. Fallecido en 1983. El paso de La Borriquilla había permanecido en San Pedro por expreso deseo suyo. 
    A mediados del siglo XX tuvo ocasión de salir en procesión esta imagen por los alrededores de la iglesia, como atestiguan algunas fotos fechadas en 1958 y 1960, subida incluso en un camión que a modo de curiosas andas portaba la imagen. 
    No hay referencias de que hubiese visto el sol ningún otro Domingo de Ramos, hasta que en 1992 se decidió que podría ser oportuno volver a procesionar con La Borriquilla y no se encontraron mejores andas para la ocasión que un "dúmper" aún lleno de restos de cemento. Obviamente aquello no era lo más idóneo por lo que en 1993 se tomó la decisión de preparar unas andas más dignas y así, el Domingo de Ramos de ese año, La Borriquilla salió en sus nuevas andas de madera de castaño sobre una plataforma con ruedas. Todo cambió en 2010. Miembros de la parroquia de San Pedro animados y acompañados por la Cofradía del Santo Entierro y por la entonces banda de cornetas y tambores del Silencio de la Santa Cruz, deciden dar un paso más y sacar la imagen a hombros escribiendo, de esa forma, una página más en el extenso libro de la Semana Santa ovetense. 
    Hoy, la procesión de La Borriquilla se ha consolidado en la ciudad creciendo y mejorando de año en año. Una cofradía joven pero entusiasta, especialmente abierta a los niños. Dinámica y con un claro espíritu de superación. 
    Pero cada Domingo de Ramos, cuando veo la imagen salir del templo, no puedo evitar una sonrisa recordando cuando, de niños, algún día que otro, al salir del catecismo subíamos, bien a escondidas, a lomos de la burrina. Si don Argimiro nos hubiera pillado, muy probablemente, el recuerdo no sería como para sonreír.
    https://www.lne.es/noticias-suscriptor/suscriptor/oviedo-opinion/2019/04/14/borriquilla-san-pedro-arcos/2457420.html