martes, 27 de marzo de 2012

PREGÓN DE LA SEMANA SANTA OVETENSE. 27 de Marzo de 2012



“Ser pregonero de la Semana Santa es un honor difícil de alcanzar. Ser portavoz de la pieza más sentimental del corazón colectivo de la ciudad para ofrecerla abierta de par en par a todo el mundo, es como el cargo simbólico de ser tesorero de los sentimientos de la ciudad”.


Federico Acosta, magistrado y poeta zamorano, iniciaba con estas sentidas palabras el pregón de la Semana Santa de su ciudad en 1960, y hoy, cincuenta y dos años después, no podría imaginar otras más hermosas, más concisas y más sinceras para intentar acercaros, aunque torpemente, mis sentimientos ante este reto y honor de ser yo quien ponga un pórtico verbal a nuestra Semana Santa ovetense, plenamente consciente, en este día en el que marzo languidece y el calendario ya huele a días de abril, de que soy yo el que tendría que bajarme de aquí y sentarme entre muchos de vosotros a aprender de vuestras múltiples experiencias y vivencias en torno a la Semana Santa, pero como quiera que la realidad es la que es, intentaré compartir estos próximos minutos desde la intimidad de mi ser, desde la humildad, y desde -aun sintiéndome ciudadano del mundo- el más profundo orgullo de ser ovetense; parafraseando a Publio Terencio cuando decía aquello de “hombre soy; nada de lo humano me es ajeno” diría yo: Carbayón soy; nada de lo ovetense me es ajeno, pues la Semana Santa es ya pieza única e imprescindible del calendario local; pues eso, que voy a intentar jugar y conjugar de la forma más decente posible palabras y sentimientos para ofrecer un resultado que, espero, sea tan digno como la ocasión exige y merece.


Gracias Carmen por tus palabras, por tu apoyo de siempre, por tu aliento constante y por compartir conmigo este importante momento. Honras con tu presencia a este pregonero, como honras con tu valía la noble función de ser testigo privilegiada del acontecer cotidiano ovetense.


“Un pueblo sin tradición es un pueblo sin porvenir” decía el diplomático colombiano, Alberto Lleras, y a fe que es cierto. Creo que entre las muchas virtudes que definen a los ovetenses, una de ellas es que somos gentes que nos sentimos orgullosos de nuestro pasado, de nuestras tradiciones; en definitiva, de nuestra historia; esa historia que para Cicerón era “testigo de los tiempos, luz de la verdad, vida de la memoria, maestra de la vida y testigo de la antigüedad”. Y es que la historia de Oviedo es un grueso árbol de múltiples y hondas raíces que lo nutren y sustenta; un tronco del que a su vez, brotan un buen número de ramas que apuntan esperanzadas al cielo del futuro.


Y sin duda, una de esas ramas es la Semana Santa ovetense, que a fin de cuentas es la que hoy nos reúne, me preocupa y nos ocupa. Lejos queda ya aquel primer pregón del que encontré constancia pronunciado en san Tirso en un lejano año de 1721, y lejos los años en los que la Semana Santa ovetense pasó a celebrarse exclusivamente en el interior de los templos, y de la que nada recuerdo porque apenas tenía cinco años la última vez que salió una procesión por la ciudad antes de la recuperación de los años 90.

Os confieso que cuando me enfrenté al papel en blanco por primera vez, sentí una especie de vértigo ante un abismo; ignoraba por dónde debían ir las trazas de este pregón. No soy un experto en la Semana Santa ovetense, soy de una generación muy diferente a la de todos los que me precedieron en esta honrosa tarea; nunca he pertenecido a una Cofradía y en mi infancia, la Semana Santa en Oviedo eran vacaciones escolares y la única procesión que transitaba nuestra ciudad era la de sufridos automovilistas en busca o regresando de unos días de asueto. Mis vacaciones de Semana Santa, por tanto, nada tenían que ver con una semana de pasión, con tríduos, oficios, procesiones o con vigilias pascuales, y más se orientaban a pasar el tiempo jugando por las recién estrenadas escaleras automáticas de Simago o de Galerías Preciados, por el Campo san Francisco o correteando por las calles del Vallobín que nos ofrecían cuanto un niño de aquella época podía necesitar; sé que es muy poco glamuroso, y espero que no se me interprete como frívolo, pero es la realidad.


Pero al inicio de mi juventud hubo un cambio importante. Un encuentro. El azar o la Providencia se sirvió de una persona, de un cura joven, para que encontrara en mi parroquia de san Pedro de los Arcos una Comunidad floreciente, que sí que vivía su fe de manera distinta y digámoslo, distante de la imagen que me había hecho de la Iglesia. Y por esas casualidades del destino, o no tan casualidades, entré a formar parte de una incipiente Comunidad Juvenil, con la que, unida al resto de la Comunidad parroquial, vivíamos una sencilla pero emotiva Semana Santa. Recuerdo con especial cariño una oración sentida que celebrábamos los sábados en hora temprana: acompañando a María en su soledad; no iba casi nadie, pero los pocos que estábamos, sentíamos hondamente aquel momento. Y las pascuas juveniles, que eran una forma tan diferente de vivir ese momento tan especial e importante que es la Resurrección y que hasta ese instante, no había entendido ni de lejos la trascendencia tan grande que tiene. Aquel mensaje tan nuevo, tan vivo, tan fuerte de la Resurrección, emergió de la oscuridad del sepulcro y de mi ignorancia para invadir mi corazón y quedarse desde entonces a vivir conmigo para siempre. Y ya nada fue igual. En la película de Franco Zeffirreli, Jesús de Nazaret, en una de sus últimas escenas, se ve la llegada al sepulcro vacío de miembros del Sanedrín acompañados de los guardias romanos; uno de ellos entra y mientras mira fijamente al lienzo sobre la losa del sepulcro dice: “ahora, ahora empieza todo...” Y así es.




Juan Pablo II en su visita al Santo Sepulcro en marzo del año 2000 decía:


“La tumba está vacía. Es el silencioso testigo del acontecimiento central de la historia humana: la resurrección de Cristo. Durante casi dos mil años esta tumba vacía ha atestiguado la victoria de la vida sobre la muerte. Con los apóstoles y los evangelistas, con la Iglesia de todo tiempo y lugar, también nosotros proclamamos: Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más. La muerte ya no tiene dominio sobre él.”


Y es que nuestro Dios es un Dios de vivos y de vida, no de muerte. Y eso es lo que da sentido a todo lo que vamos a celebrar por las calles de Oviedo en unos días. “Si Cristo no ha resucitado, vana es entonces nuestra fe” dice Pablo en su primera carta a la Comunidad de Corinto. Y es que el hecho de que las dos mil Cofradías que hay en nuestro país, con más de dos millones de cofrades y hermanos, salgan por las calles de nuestras ciudades, no es para conmemorar sólo unos hechos históricos, ni para llevar a cabo unas acciones folclóricas que atraigan turismo, o que sean la perpetuación de una tradición más o menos arraigada. Ni siquiera es recrearse en la pasión de Jesús el Nazareno, que en palabras de Isaías: “como cordero fue llevado al matadero”; en esa pasión de, como definía Gandhi: “un hombre inocente que se ofreció a sí mismo por el bien de los otros, incluidos sus enemigos y asumió la redención del mundo. Fue un acto perfecto”. Pero como decía, nunca una muerte dio tanta vida ni un mensaje tan sencillo, como el de: “No está aquí ha resucitado” han cambiado tanto el mundo. “La Resurrección hace que mi vida cobre sentido. Me da un norte y la oportunidad de empezar de nuevo cualquiera que sean las circunstancias en las que me halle” reflexionaba Robert Flatt.


Por eso, cuando el sol tímido de primavera bañe de luz los tejados de la ciudad, las calles se desperecen, inquietas y curiosas y se quemen con gotas de cera como lágrimas emocionadas; los ecos de las cornetas y los tambores suenen como llantos esperanzados en medio del silencio, y los nazarenos, con sus corazones teñidos de morado y negro y henchidos de emoción contenida a lo largo de todo un año, sientan ya los nervios aflorar, será el momento. Y en ese momento, las “asociaciones de hermanos” pues eso quiere decir cofradías, saldrán un año más a las calles de Oviedo a anunciar que comienza la Semana por excelencia del calendario.

Y ante el inicio inminente de esta semana, me pregunto, ¿con qué ojos voy a mirarla? ¿Con qué mirada voy a vivirla? Ese es el reto. Y para ello voy a salir a las calles de la memoria, a los momentos vividos o imaginados, a realidades soñadas o sueños vividos. Voy a convertirme en testigo y cronista de ese estallido de fervor y pasión popular, y escuchar lo que vea, y ver lo que escuche.


Y os lo contaré.


Salgo a las calles en una radiante mañana de domingo. Veo a cientos de niños y adultos con palmas y ramos de laurel y romero caminando presurosos hacia las puertas de las iglesias, donde se agolparán enarbolando los ramos para recibir la bendición como los campos esperan el agua de mayo. De san Tirso a la Catedral no hay mucha distancia. Ni tanta es la distancia que recorre el Cristo de la Misericordia, subiendo la cuesta de la Vega sobre hombres y hombros jóvenes que forman la también joven cofradía de los Estudiantes.


Tampoco es mucho recorrido el que espera a mi querida borriquilla de san Pedro de los Arcos, con procesión e ilusión renovada y un futuro esperanzador que se asoma a la historia de la Semana Santa de la ciudad.


Y esa poca distancia me hace reflexionar sobre otra distancia menos mensurable; y es que ¿acaso es mucho espacio el transcurrido entre nuestros “Hosana” y los gritos de “crucifícalo”? San Bernardo reflexionaba sobre esto:


“¡Qué diferentes voces eran: «quita, quita, crucifícale» y «bendito sea el que viene en nombre del Señor, hosanna en las alturas»! ¡Qué diferentes voces son llamarle ahora «Rey de Israel», y de ahí a pocos días: «¡No tenemos más rey que el César!» ¡Qué diferentes son los ramos verdes y la cruz, las flores y las espinas! A quien antes tendían por alfombra los vestidos propios, de allí a poco le desnudan de los suyos y echan suertes sobre ellos.”


Y es que somos humanos y por tanto, capaces de las mayores de las contradicciones. Nos decimos cristianos, sí, y jaleamos con palmas y ramos a Jesús cada domingo. Participamos de la liturgia, nos decimos creyentes en Él. Le seguimos, pero también soy capaz de pasar ante el que sufre, ante la miseria, ante la necesidad del tipo que sea y mirar para otro lado... “Porque tuve hambre y no me distéis de comer” Es ahí cuando pasamos de gritar “Hosana” a gritar “Crucifícalo”. Pero ser cristiano es llegar a vencer esa contradicción, a emplear el tiempo de cuaresma que ahora termina para buscar esa conversión, ese cambio en la manera de pensar y de actuar que nos ayude a superar, que me ayude a vencer, esas eternas contradicciones y que implica que los cristianos debemos estar en primera fila en la lucha por la superación de las causas objetivas que engendran las injusticias e impiden, por tanto, el avance de una sociedad más libre, más justa y más solidaria; en definitiva, a transformar día a día nuestro presente en positivo, lo que nos llevaría a vencer el difícil reto de ser, en palabras de Monseñor Pedro Casaldáliga “no sólo creyentes, sino creíbles”.


Y bien, a estas alturas del pregón, miro hacia atrás y me pregunto si iré por buen camino, si estaré yendo por la senda narrativa adecuada. Pregonar es publicar, hacer notorio en voz alta algo para que llegue al conocimiento de todos; pero también está la acepción de publicar lo que estaba oculto o lo que debía de callarse, me pregunto por tanto, si me encuentro en condiciones de afirmar que estoy haciendo público y notorio algo que merezca la pena, o dando a conocer algo que debería callarse; seguro que yo no estaré en este último caso, pero sí aún hoy, por desgracia, en este mundo nuestro el mensaje de la Resurrección, mensaje de libertad donde lo haya, todavía sigue siendo un mensaje subversivo y peligroso. Hace pocos días leía un dato estremecedor: cada año mueren 105.000 cristianos en el mundo a causa de su fe; cerca están aún las terribles imágenes de la ola de violencia contra los cristianos en Nigeria; por tanto, sí que proclamar la Buena Noticia, puede ser peligroso y muchos preferirían sin duda, que ese Mensaje de Vida, ese mensaje de Esperanza, ese mensaje en muchos casos subversivo, debería de ser silenciado; pero en nuestro país, por supuesto, no es así y aunque pueda haber diferencias de pareceres en la sociedad, podemos manifestar públicamente nuestra fe sin temor. En privado, o en público, faltaría más, que eso es la libertad. La sagrada Libertad.


Intento coger de nuevo el hilo del relato y me permitiría añadir una nueva acepción si la Real Academia de la Lengua me lo permitiera: Pregonar es reflexionar, porque me gustaría que mi pregón de hoy fuera, al menos para mí lo es, ocasión también de reflexionar en voz alta sobre lo que es y significa para cada uno de nosotros la Semana Santa.


Continúo por tanto, con ese viaje por las calles de nuestro Oviedo, por los días de nuestra Semana Santa, en ese recorrido por la memoria, por los sentimientos, por esta reflexión que es el ojo del alma como la definía el clérigo francés Bossuet; reflexión que hago mía ante todo, pero que comparto con vosotros casi como una meditación serena susurrada al oído, como para ser escuchada con los ojos cerrados...


Despierto al martes entre inquieto y curioso. He decidido asomarme a esta semana con un espíritu abierto, sin perjuicios ni prejuicios. Quiero preguntar, buscar, encontrar... Quiero ver, oír, sentir. Mirar. El que mira, al final, descubre. El que busca, al final encuentra. Y espero encontrar momentos de esos que se convierten en referencia. Memorias que nos dan motivos para caminar. Vivencias que ya nadie nos puede quitar. Caricias que se convierten, para siempre, en roce vivo. Instantes de comunión en los que la fe, por un rato, tiene más de respuesta que de pregunta.


Hoy es el turno de la Cofradía del Silencio y la Santa Cruz. Acompaño a sus pasos de la Santa Cruz, del Cristo flagelado y de la virgen de la Amargura por el corazón de Oviedo: desde las puertas de la Corte, la procesión discurre por los nombres del Oviedo secular, Feijoo, san Vicente, Jovellanos, Arguelles, Mendizábal, Porlier, Plaza de la Catedral, santa Ana, Santa Bárbara, Corrada del Obispo... Las calles de nuestra historia. Hoy calles del silencio. El silencio... Me pregunto si no tenemos miedo hoy en día al silencio. Vivimos en medio de un estridente y continuo ruido. Ruido. Ruido... Por todas partes hay demasiados ruidos que nos impiden escuchar nada. Es hermoso transitar hoy por calles de silencio. Debería de callarme ahora mismo para que cada uno cerrara los ojos y se viera siguiendo al Cristo flagelado. En silencio... que, a veces, puede ser más elocuente que una respuesta apresurada y que permite a quien se interroga entrar en lo más recóndito de sí mismo y abrirse al camino de respuesta que Dios ha escrito en el corazón humano. En el silencio hablan la alegría, las preocupaciones, el sufrimiento, que precisamente en él encuentran una forma de expresión particularmente intensa. Y sobre todo, en el silencio nos escuchamos y nos conocemos mejor a nosotros mismos. Ya lo dice el libro de los Proverbios: “Hasta el necio cuando calla, es tomado por sabio”

Espero a que se recojan y mi mirada se posa en la Cruz, llevada por veinticuatro hermanos; una cruz sin color, sin sudario, sencilla, austera y pienso que en esa cruz fue clavado un inocente que lo dio todo. Miro a la cruz, sí, una cruz que por desintegradora que parezca, es digna, porque es consecuencia de un compromiso también digno, que consiste en vivir y luchar para que haya cada vez menos cruces injustas para los demás. Cada quién la contemplamos desde nuestras propias inquietudes. Y la descubrimos como modelo o como alivio, y sentimos que nos marca un camino vital, o que nos mira con misericordia infinita. La miramos, y de nuestros labios brota una plegaria de perdón, una acción de gracias inaudible, un grito de aliento, una sacudida de dolor o el silencio perplejo de quien se ve desbordado.


Avanza esta Semana con mayúsculas. Una semana sin duda singular. Una semana de encuentros y vivencias intensas. Es miércoles. Me encuentro ante la bella fachada de la iglesia de los dominicos en la que esperan ansiosos y nerviosos los miembros de la Cofradía de nuestro Padre Jesús Nazareno, cofradía antigua de la ciudad de la que hay constancia al menos desde el año de 1675, aunque existe la certeza de su existencia desde mucho antes.

Son las ocho de la tarde y la imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno sale de nuevo a las calles de Oviedo. Los hermanos forman en el claustro del convento a la espera de que la cruz de guía y el estandarte de la Hermandad flanquee la puerta principal. El silencio es total, sólo roto por el susurro de una fría brisa primaveral. Bajo las órdenes del Diputado Mayor de Gobierno, el trono de Nuestro Padre Jesús Nazareno sale del templo y de nuevo se encuentra, un año más, con los ovetenses.

Le miro. Me mira. Nos miramos. ¡Cuántas miradas se cruzan en medio de este total y respetuoso silencio!. ¿Qué deseos habrá detrás de tantas miradas? ¿Qué anhelos esconderán? ¿Qué gritos habrá dentro del alma de tantas miradas que se fijan en Nuestro Padre Jesús Nazareno? Y Él, solo, carga con su cruz. Carga con nuestra cruz. Su cara resignada al dolor, con la corona de espinas hiriente clavada en su cabeza, como seguro se le clava la desesperanza de este mundo que ansiaba otra cosa que un final camino de un inexplicable y absurdo Calvario.

Pero Él nos mira a cada uno y nos dice: No temas. Yo llevo también tu dolor. Yo sufro también contigo. Yo vivo contigo tus pequeñas muertes cotidianas. Y también muero en ellas. Voy a tu lado. Mi hombro soporta el peso del madero, para que tu hombro sienta la reconfortante y sutil presencia de mi mano.

Tu cruz es mi cruz...


Y recuerdo los versos de Julio Mariscal:


Así es como te quiero.

Así Dios mío: con el dogal de "Hombre" a la garganta.

Hombre que parte el pan y suda y canta y va y viene a los álamos y al río.

Hombre de carne y hueso para el frío guiñol que nos combate y nos quebranta.

Arcilla de una vez para la planta y el látigo del viento y del rocío.

Así; Señor; así es como te espero:

vendido por el fuerte, acorralado, cara al hombre y al mundo que te hiere.

Carne para los perros del tempero, piedra en que tropezar;

luz y pecado hombre que solo nace y solo muere”.


Las miradas. Siempre las miradas... Y te sigo en silencio. Y cae la noche. Y pasas por delante de la torre de nuestra amada catedral, “poema romántico de piedra, delicado himno, de dulces líneas de belleza muda y perenne”, que contrasta con tu color y con tu dolor, donde te espera la Virgen de la Esperanza, en la capilla sencilla y hermosa de la Balesquida, como metáfora acertada... Sigo tu sombra de dolor y esperanza por la noche de Oviedo hasta tu regreso al templo. Con el eco del silencio como compañero, regreso a casa con su mirada grabada en mi mirada y con unas palabras de san Ambrosio como reflexión oportuna para esta noche de miércoles:


“Intenta penetrar en el significado de la pobreza de Cristo si quieres ser rico. Intenta penetrar en el significado de su debilidad, si quieres tener salud. Intenta penetrar en el significado de su cruz, si no quieres experimentar confusión; en el significado de su herida, si quieres sanar las tuyas; en el significado de su muerte, si quieres disfrutar de la vida eterna; en el significado de su sepultura, si quieres encontrar la resurrección”.

La noche se cierra sobre mis recientes vivencias y espero el amanecer de un nuevo día. El jueves por excelencia. Uno de esos jueves que a juzgar del dicho popular, relucen más que el sol: Jueves Santo. Muchos se habrán despertado antes de tiempo. Están ansiosos por cumplir con la tradición, por encontrarse con este su jueves. Imagino que las horas hoy correrán perezosas hasta esa esperada del atardecer, en la que la Hermandad de Jesús Cautivo está lista para abrir de par en par las puertas de la iglesia de san Juan y afrontar un año más la cita con su particular historia. Un nuevo paso, la Santa Cena, precede a los de Jesús Cautivo, una imagen veterana que data del s. XVIII, y al de Ntra. Sra. de la Merced. Discretamente, contemplando una vez más, sintiendo una vez más, acompañando una vez más, llego a la ovetense plaza de Porlier, donde tendrá lugar la lectura de la Pasión, en la que recordaremos las últimas horas vividas y sufridas por Jesús. La imagen de Jesús Cautivo nos recuerda precisamente ese momento, en el que tras ser juzgado por Pilatos es entregado a los soldados que entre burlas e insultos, lo coronan de espinas y le ponen en la mano una caña simulando ser el cetro de un Rey. Y la imagen de Ntra. Sra. de la Merced, portando en sus manos unas cadenas, patrona de los que sufren cautiverio y prisión. Y mi imaginación vuela a la sinagoga de Nazaret, donde Jesús, para asombro y escándalo de los que le escuchaban, tranquilamente desenvolvió un rollo de las escrituras, del profeta Isaías, y leyó:

El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado para proclamar la liberación a los cautivos, para dar libertad a los oprimidos”.

A cuántos poderosos que se decían cristianos, les hubiera gustado arrancar esta página del Evangelio... La mirada de Jesús Cautivo, es la mirada de miles de hombres que han sufrido y sufren en sus carnes el cautiverio. Que han visto sus vidas privadas de ese preciado bien que es la libertad. Especialmente aquellos que han dado con sus huesos en fríos suelos de cárceles olvidadas del mundo, por sus ideas, por sus creencias, por su fe, por defender a los débiles, por luchar por la justicia, por combatir por la libertad... o sencillamente, por ser víctimas de una pobreza, marginación y miseria de la que ellos no son responsables. Cuando Benedicto XVI visitó el pasado mes de diciembre la cárcel de Rebbia, en Roma, dijo a los reclusos:

Querría poder escuchar la historia personal de cada uno pero no me es posible. He venido para deciros que Dios os ama, porque allí donde hay un hambriento, un extranjero, un enfermo o un preso, allí está Cristo"afirmando además, que “los presos son personas humanas que a pesar de los crímenes que hayan cometido, deben de ser tratados con respeto y dignidad”.

Miro por tanto con agrado la iniciativa de la hermandad de Jesús Cautivo e imagino la alegría por la libertad recuperada que sentirá el cautivo liberado y es que, como decía el bueno de D. Quijote “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida”.

Se agolpan las horas y a caballo entre el jueves y el viernes, me pierdo entre la multitud que espera la salida de Nuestro Padre Jesús de la Sentencia. Es medianoche. El marco, el hermoso e histórico edificio de la Universidad de Oviedo. Supongo que Valdés Salas, desde su silla mirará con la misma mezcla de curiosidad y devoción a los jóvenes cofrades de los Estudiantes que al amparo de la noche y con gran esfuerzo, llevarán a Jesús camino de este viernes. Es la “madrugá”. Es acompañar a Jesús camino de su particular Calvario. Es seguir a Jesús camino de su destino. Un destino clavado sobre un madero. Somos la gente del Viernes Santo. Pero, me pregunto, además de nosotros que seguimos a este Jesús por la noche ovetense, ¿quiénes son también hoy la gente del Viernes Santo? Temo y sé por igual la respuesta. La gente del Viernes Santo, no somos sólo nosotros, los que fotografiamos a esa hermosa y expresiva imagen, sino también y sobre todo, la gente del Viernes Santo es la gente que en el mundo llora. La gente que sufre. La gente triste. Hay muchas cruces hoy en día como la del Gólgota. Intentemos acercarnos hoy a esos sufrimientos, contemplarlos, sopesarlos, recibirlos, aun sin entenderlos. Hay quien al mirar la violencia, el hambre, la injusticia, la marginación, la guerra, la soledad, el llanto, el abandono, las burlas... siente que se le conmueven las entrañas y está dispuesto a comprometer su vida para aligerar esas cruces. Esa es la auténtica gente del viernes santo. Y por tanto, me pregunto: ¿Soy yo de esos? ¿Qué hago yo para mitigar la cruz del hambre que cada cinco segundos mata a un niño menor de diez años en este mundo? ¿Qué hago yo para aligerar esa cruz que deja morir cada día a 37.000 seres humanos de hambre, la mayor de las crueldades? ¿Qué estoy haciendo para ayudar a esos millones, demasiados, de conciudadanos que sienten cada día el gélido soplo del paro? ¿Qué hago yo ante los que no tienen trabajo, ni casa, ni padre, ni madre, ni futuro, ni patria, ni esperanza, ni siquiera un cementerio en el que descansar sus fríos y cansados huesos? ¿Camina Cristo hoy por Oviedo camino de su particular Gólgota? Esa mirada del Cristo de la Sentencia, me interroga. Me cuestiona. Me taladra... Y es que en este mundo, aquí mismo, en Oviedo, hay aún muchos Gólgotas, demasiadas cruces que esperan que nosotros seamos los Cirineos del siglo XXI y ayudemos a soportar el peso insufrible de la cruz de la pobreza de multitud de personas, que viven en la miseria o que no conocen otra cosa que sufrimiento y explotación. De la cruz de muchos seres humanos que en este mundo cada vez más pequeño, sufren la cruz de las guerras, muchas olvidadas y lejanas, generadas las más por intereses oscuros e ilegítimos, pero que siguen dejando a la muerte campar a sus anchas... De la cruz de la agresión a la vida, a la Vida con mayúsculas con todo lo que implica y supone, incluyendo la desequilibrada y miope relación con la naturaleza, a veces explotada en modo salvaje. De la cruz de los hermanos que sufren enfermedades y que esperan en vano, una curación que saben que no es para ellos. De la cruz que soportan muchas mujeres por el mero hecho de serlo, que sufren su particular calvario explotadas, humilladas, asesinadas por una estúpida sinrazón. De la cruz de la crisis económica que ha golpeado a estados enteros y a millones de personas, especialmente a quienes no han tenido ninguna responsabilidad en ella, y parece robarnos horizontes de esperanza, mientras los verdaderos responsables, auténticos mercaderes del templo de hoy, siguen especulando con nuestra dignidad. Esas son las cruces de hoy y esas son las cruces que, repito, como cirineos de hoy, debemos ayudar a soportar y que nos tiene que llevar a seguir el camino esencial y original que nos muestran los valores evangélicos; ese camino de sencillez y de solidaridad con los que sufren y un deseo de transformación radical de este mundo en el cual, quienes han recibido más sirvan y no sean servidos y en el que el respeto a la dignidad de las personas sea para todos, pero sobre todo, para los que la sociedad ha considerado menos dignos, los olvidados y excluidos.


Hoy es un día de dolor. Un día de muerte. Un día de oscuridad... Un día que sería un triste día, si no presagiáramos en el horizonte el blanco resplandor de la luz de la Pascua.

Entre saetas y empapado del fervor popular me retiro sin perder la mirada resignada y un tanto triste de este Jesús de la Sentencia, que ha sido sentenciado por nosotros mismos. Le sigo la mirada en los últimos metros de la calle san Francisco antes de retirarse de nuevo, y me queda el eco de los gritos de: ¡al cielo valientes! y oigo en esos ánimos el esfuerzo colectivo por intentar entre todos, minimizar el grandísimo peso de las múltiples cruces de hoy. Mientras me alejo, miro atrás y cruzo de nuevo la mirada con este Cristo de la Sentencia y su rostro se clava en mi corazón y me digo a mí mismo que ojalá esa mirada, sea al menos instrumento con el que llevar una Buena Noticia a los que no tienen esperanza.


La semana fluye y amanece el viernes sobre la ciudad; aún conservo frescos muchos de los momentos vividos ayer, pero no es momento de recrearse pues esperan nuevas vivencias. Mi próxima cita es a las seis de la tarde a las puertas de la hermosa iglesia de san Isidoro, donde cientos de personas esperan la salida de la procesión del Santo Entierro, responsabilidad de la Cofradía del Santo Entierro y de Nuestra Señora de los Dolores, heredera de todo el movimiento cofrade de la parroquia de san Isidoro el Real que hunde sus raíces en el s. XVII. Imagino también a los cofrades, ansiosos y nerviosos, esperando la hora soñada de las seis de la tarde de este su viernes único e irrepetible en que sacarán de nuevo, junto con el paso de los más pequeños, los Morabetinos de la Dolorosa y el del Ecce Homo, los pasos del Cristo Yacente, talla del s. XVII, portado por veinticuatro costaleras, bajo el mando de otra mujer como capataz y tras él, la imagen de Nuestra Señora de los Dolores o de la Soledad, también fechada en el s. XVII, portada por veinticuatro costaleros.

Mirar al Cristo yacente en su urna, vencido, humillado, derrotado, abatido por la muerte, sobrecoge. Todo se ha cumplido. Todo se ha acabado, seguro que pensarían en aquel momento de la historia los propios seguidores de Jesús, asustados, huidos... Sólo uno aguantó bajo la cruz, y las mujeres, claro, siempre presentes. Su madre, siempre a su lado, abrazaría a su hijo yacente contra su pecho desgarrada por el dolor, con el corazón roto, como traspasado por puñales... ¡Cuánto dolor puede sentir una madre en un momento así!. Qué difícil tuvo que ser para María ser fiel a ese lejano: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. Qué momentos más duros y confusos tuvieron que ser aquellos en los que parecía que la muerte se burlaba del propio Dios. El Mesías esperado, el hijo de Dios vivo, el Hijo del Hombre, era ahora un pálido despojo humano de blanca palidez; en palabras de Unamuno:


“Blanco tu cuerpo está como el espejo

del padre de la luz, del sol vivífico;

blanco tu cuerpo al modo de la luna

que muerta ronda en torno de su madre

nuestra cansada vagabunda tierra”.


Una madre hundida en el dolor sigue a su hijo muerto; por encima de todo, a pesar de todo lo que María pudiera conocer de la misión de su hijo, a pesar del convencimiento de que su hijo era especial, María es ante todo mujer y madre, y el dolor profundo que la invade, es difícil de mitigar. Veo la imagen de la Dolorosa y adivino en ella el rostro afligido de miles de madres que lloran hoy en día. No creo que sea difícil evocar imágenes actuales de mujeres de hoy: en África, en Latinoamérica, en India..; mujeres y madres, miles, con la mirada perdida, impotente, resignada ante la cercana muerte de esos hijos a los que se les escapa la vida entre sus propios brazos. De mujeres que ven como sus hijos son secuestrados por anacrónicas guerrillas para utilizarlos como niños soldado, dejando atrás con esa mirada llorosa una infancia sin estrenar. De mujeres que asisten totalmente vencidas al espectáculo de ver como sus hijos cambian los juegos de infancia, apenas vivida, por la esclavitud en minas, campos o fábricas oscuras donde queman su inocencia por apenas unas migajas. De esas madres que llegan tiritantes a nuestras costas, buscando desesperadamente un lugar donde poder ofrecer un futuro, por incierto que sea, a esos pequeños, mojados y asustados. De esas madres que comparten con sus pequeños el terror de vivir un infierno dentro de la propia casa, porque el marido-padre es un auténtico canalla que cree que su mujer puede ser un mueble de su propiedad y ante semejante infamia, madre e hijo buscan un rincón escondido donde rumiar su miedo en su propio hogar. De muchas madres que hoy, aquí, saben lo que es ir para la cama con las tripas rugiendo porque lo poco que hay para poner cada noche en el plato, es para sus hijos... Mujeres vulnerables, muchas más de las que deberían ser, que es ninguna. Jesús también fue revolucionario en eso. En su época, en la que las mujeres vivían en una sociedad patriarcal y que estaban destinadas a vivir en un estado de inferioridad y sumisión a los varones, Él supo acercarse a ellas y hacerlas también destinatarias, en muchas ocasiones antes que a nadie, de su Buena Nueva. María de Magdala, las hermanas Marta y María de Betania, mujeres enfermas como la hemorroísa, o paganas como la sirio fenicia; prostitutas despreciadas por todos o seguidoras fieles, como Salomé y otras muchas que lo siguieron incondicionalmente y estuvieron con él hasta el final. También son mujeres las primeras que llegan al sepulcro. Y la primera a la que –según el evangelio de Juan– Jesús se muestra resucitado es a María de Magdala, que corre a dar la noticia a los discípulos, que estaban tristes y llorosos.

Sumido en estos pensamientos, he ido acompañando a los pasos, y siento el vello de mi cuerpo erizarse cuando al recogerse la procesión de nuevo en el templo, la banda de música interpreta el “Mater Mea”. María fue un ejemplo de entrega, de apoyo, de mujer, de madre. Admiro a los cofrades que orgullosos elevan a la Dolorosa al cielo y la mecen como queriendo consolarla, compartir su pena, decirle: tranquila María, no llores, nosotros estamos contigo, aunque no lo sepas aún, o sí... la Pascua está ahí... ¡Al cielo con ella!


Tomo prestados unos versos de Gerardo Diego que reflejan bien este momento:


Dame tu mano, María,

la de las tocas moradas.

Clávame tus siete espadas

en esta carne baldía.

Quiero ir contigo en la impía

tarde negra y amarilla.

Aquí en mi torpe mejilla

quiero ver si se retrata

esa lividez de plata,

esa lágrima que brilla.


Déjame que te restañe

ese llanto cristalino,

y a la vera del camino

permite que te acompañe.

Deja que en lágrimas bañe

la orla negra de tu manto

a los pies del árbol santo

donde tu fruto se mustia.

Capitana de la angustia:

no quiero que sufras tanto.

Qué lejos, Madre, la cuna

y tus gozos de Belén:

-No, mi Niño. No, no hay quien

de mis brazos te desuna.

Y rayos tibios de luna

entre las pajas de miel

le acariciaban la piel

sin despertarle. ¡ Qué larga

es la distancia y qué amarga

de Jesús muerto a Enmanuel!


Con el eco de estas palabras y convencido de haber vivido una tarde realmente

emocionante, decido acabar este viernes en silencio y esperar pacientemente el amanecer del sábado para volver de nuevo a este lugar y acompañar a las diez de la mañana a la procesión de la Soledad; de nuevo la espera, el compartir el momento de dolor de María, acompañarla en ese instante en el que seguro le asediaban muchas preguntas sin respuesta... sin respuesta en ese momento, porque el domingo, cuando la figura del resucitado, acompañado por todas las Cofradías, anuncie a Oviedo que la muerte ha sido vencida, en ese momento, todas las preguntas encontrarán su respuesta.

La resurrección es el sentido último, es lo que justifica todo; desde entonces nos queda la certeza de que el hombre no nace para morir, sino que muere para resucitar. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? A quien cree en la resurrección ya no le está permitido vivir triste. Lo dije al principio, sin ese enfoque, todos estos días estarían huecos.


La semana va concluyendo Ha sido una semana densa e intensa. Emocionante. Acompañando a las cofradías ovetenses he hecho un particular viaje hacia mi interior. La Semana Santa Ovetense de este 2012 ha sido para mí motivo de profunda reflexión, excusa para analizar cómo me posiciono ante estos días y por qué. Y he querido compartirla con vosotros. Hay aún, ciertamente, demasiados Gólgotas de muerte y de dolor. Vivimos en un mundo que parece que quiere seguir clavando a muchos seres humanos en demasiadas cruces. Pero ante todo, quiero creer, que otro mundo sí es posible. Y para los creyentes, la fuerza de la Pascua nos tiene que llevar a luchar por ese mundo mejor, aquí en Oviedo, o donde quiera que la vida nos lleve. Y para los que no compartan nuestra fe, seguro que dirán, con Blas de Otero: “Creo en el hombre” y por eso merecerá la pena compartir la lucha por lograr ese mundo más justo, más humano, más habitable...


Animo pues, a las cofradías ovetenses a continuar con esta tarea. Para vosotros la Semana Santa seguro que es una forma de vida, un modelo de sociedad que en parte construyen a diario los millones de cofrades y que tienen en su razón de ser, no sólo el hecho de procesionar por nuestras calles, sino ser la base de cientos de instituciones culturales y cívicas que gestionan a través de su devoción muchas obras de solidaridad, en una sociedad que tan necesitada está en este momento de ella.


Hay una iniciativa, secundada por un movimiento cada vez más numeroso que viendo la Semana Santa desde la pluralidad de sus expresiones tanto religiosas como cívicas, viendo la gran riqueza de los pasos que procesionan, obras de geniales escultores de todos los tiempos, la gran cantidad de obras de arte que atesoran las cofradías, los reglamentos y constituciones de éstas, junto con su propia y dilatada historia; la música, con sus bandas solemnes y profesionales, las saetas, tan espontáneas; la gran cantidad de poesías y textos literarios, la propia gastronomía, la indiscutible repercusión turística que genera en todo el país... ven suficientes méritos como para que la Semana Santa fuera declarada Patrimonio de la Humanidad por parte de la UNESCO, petición que me parece ciertamente razonable y sobradamente justificada y a la que gustoso me sumo. A tal fin, se ha editado un primer libro, obra de José Mª Íñigo, Antonio Bonet y Antonio Aradillas.


Todos hemos escuchado el mandato de “Ir por el mundo y proclamar la Buena Noticia”, cada uno en función de su capacidad, de su sensibilidad, de su disponibilidad, en su entorno, en su presente. En este año en que conmemoramos el 50º aniversario de la convocatoria del Concilio Vaticano II, las palabras del Papa Juan XXIII siguen vigentes: “ Lo que se exige hoy de la Iglesia es que infunda en las venas de la humanidad actual, la virtud perenne, vital y divina del Evangelio. Será esta una demostración de la Iglesia, siempre viva y siempre joven, que percibe el ritmo del tiempo que en cada siglo se adorna de nuevo esplendor, irradia nuevas luces, logra nuevas conquistas”.


Todos somos parte de esa Iglesia. Y las cofradías de Oviedo, con su esfuerzo en estos días próximos, contribuirán a su modo a lograr que quizá alguien pueda ver más allá de unas simples figuras de madera y descubran a través de ellas a un Dios desde el que la vida puede cobrar más sentido, orientación y esperanza.

Que a su manera, con su carácter, los cientos de cofrades ovetenses contribuyan a la construcción del Reino de Dios, que no es otra cosa que trabajar en pro de una sociedad estructurada de manera justa y digna para todos.


A vivir, a sentir, a disfrutar de la Semana Santa de Oviedo. Ya está aquí, o casi, porque... como decía el poeta:


Parece que es la hora, y no es la hora.

Parece que está todo... y algo falta.

Parece que la alcanzo y es más alta.

Parece que se acerca, y se evapora.


Parece que amanece, y es la aurora.

Parece que es su voz, me sobresalta,

y siento que algo huye, algo salta

como una luz esquiva y brincadora.


Pero sigo esperando, que a mi modo,

en ese hueco de esperarla, todo

me sabe a la alegría del reencuentro.


Si en mi pulso ya late su latido,

¿qué será cuando, al ver que ya ha venido,

la semana de Dios me suene dentro?


Parece que ya estamos y no estamos.

Parece que es el día y no es el día.

Parece que traía y nos traía

un domingo de palmas y de ramos

y todavía el día no alcanzamos,

aunque nos parecía que venía,

aunque al mirar a lo lejos parecía...

Y por esa esperanza la esperamos.


Parece que la tengo, y no la tengo,

parece que en la mano la sostengo

pero en la mano yo no la distingo.


Parecía que nunca volvería.

Parecía que ya no se acordaba.

Parecía que el tiempo la alejaba

y que en el tiempo mismo se perdía.


Parecía que no nos conocía.

Parecía que ya nos olvidaba.

Parecía que poco le importaba

volver al mismo nido... Parecía.


Pero mirad al sol haciendo guiños

en los ojos sagrados de los niños,

donde se purifica la mañana...


Esperad, mis impacientes paisanos:

para tocar el cielo con las manos

nos falta solamente una semana.


Carlos Fernández Llaneza

lunes, 6 de febrero de 2012

PREGONERO DE LA SEMANA SANTA 2012


Carlos Fernández Llaneza será el pregonero de la próxima Semana Santa ovetense







Á. F.

El pregonero de la próxima Semana Santa ovetense será Carlos Fernández Llaneza, que lo leerá en el Club Prensa Asturiana de LA NUEVA ESPAÑA el 27 de marzo, a las 20.00 horas. En el acto será presentado por Carmen Ruiz-Tilve, cronista oficial de Oviedo y pregonera de la Semana Santa de Oviedo en el año 2004.

Fernández Llaneza, de profundas convicciones religiosas, es ovetense y fue concejal del Ayuntamiento de Oviedo por el PSOE desde el año 2003 al 2007. Es autor de los libros «San Pedro de los Arcos. Una historia milenaria» -recientemente reeditado- y «Los Pilares de Oviedo». Igualmente ha participado en el ciclo de conferencias que organiza anualmente la Sociedad Ovetense de Festejos (SOF) hablando sobre el otero de San Pedro.

Publicado en La Nueva España del 3 de febrero de 2012.

lunes, 16 de enero de 2012

Una nueva reflexión sobre el Naranco

Reflexión sobre el Naranco

La ampliación de la cantera de Brañes muestra que es necesaria una defensa urgente y decidida del parque periurbano







Reflexión sobre el Naranco
Reflexión sobre el Naranco

CARLOS FERNÁNDEZ LLANEZA EX CONCEJAL DEL PSOE

«La tierra no es el feudo de ninguna generación; es un arrendamiento a los hombres de por vida»

Cada uno tiene sus propias pasiones y querencias, y que el Naranco se encuentra entre las mías es sobradamente conocido aunque sólo sea por la cantidad de veces que me asomé a esta tribuna enarbolando la bandera de la defensa de nuestro emblemático monte; y por eso lo hago de nuevo para compartir con quien me quiera escuchar una nueva reflexión, y para alertar, tristemente, de los peligros que se ciernen de forma recurrente sobre él.

Como es sabido, en el BOPA del 31 de diciembre último, salía a información pública el estudio de impacto ambiental correspondiente al proyecto de ampliación de la cantera propiedad de Caleros de Brañes, que pretende dar un nuevo tajo al Naranco de 71.600 metros cuadrados. Éste es el dato objetivo, con la peculiaridad de que esta ampliación afecta al ámbito del plan territorial especial del parque periurbano del Naranco. No entraré obviamente, en aspectos legales, repercusiones laborales, económicas, etcétera, que esta ampliación conllevaría; la propia memoria explicativa del plan lo contempla cuando dice, entre otras cosas, al respecto: «Una vez analizado convenientemente el tema de las actividades extractivas en el ámbito del plan, se plantea un importante dilema de muy difícil solución ya que, atendiendo a los objetivos prioritarios del parque, se trata de un uso no deseable, con una enorme incidencia ambiental y paisajística, un fuerte rechazo social y difícilmente compatible con las actividades y funciones que se pretenden promover». (BOPA 23-6-08)

Sin duda, se trata de un asunto complejo, pero no por ello debemos evitar reflexionar sobre ello y sobre el Naranco que queremos legar a nuestros nietos. Es difícil equilibrar la actividad minera con un proyecto de preservación medioambiental que contempla, entre sus objetivos generales, los de «mejorar la calidad ambiental y preservar el patrimonio cultural y paisajístico» además del siguiente objetivo particular: «Los entornos periurbanos se caracterizan, entre otros aspectos, por su componente medioambiental, que abarca todos los elementos que constituyen el medio natural. Estos elementos deben ser preservados, restaurados e integrados en el conjunto de funciones del parque. Por otra parte, este espacio ha de contribuir de forma decisiva a la preservación y mejora de la precaria conectividad ecológica del área central de Asturias». Poco más hay que añadir. Obviamente, todos queremos luz en casa, y nuestra sociedad necesita materias primas para progresar; pero como en todo, hay que buscar el equilibrio y las opciones menos agresivas, y es por tanto tarea de las administraciones públicas la búsqueda de soluciones que favorezcan el desarrollo sostenible. En el caso que nos ocupa, la Administración regional debería impulsar el desarrollo del plan del parque periurbano de forma urgente y decidida; queda mucha tarea por hacer y espero que la política medioambiental de nuestro Gobierno regional sea mejor que la de, por ejemplo, permitir talar 23 hectáreas de arbolado de gran valor en el Parque Natural de Fuentes del Narcea, limítrofe con Muniellos y zona osera donde las haya y en la que se están haciendo inversiones multimillonarias en preservación del espacio osero. Con una mano doy y con otra quito... de traca.

Y a nuestra Administración municipal le pediría que no se olvide del Naranco, que es uno de los mayores activos de nuestra ciudad y en el que aún se cometen muchas tropelías urbanísticas y medioambientales que, curiosamente, pasan desapercibidas. El Ayuntamiento dispone de una herramienta que, bien utilizada, puede dar mucho juego: el Consejo Municipal de Medio Ambiente, creado un lejano 6-11-1990 siendo alcalde Antonio Masip -quien, por cierto, contempla llamar la atención de las autoridades europeas con relación a la ampliación de la cantera- y cuyo reglamento se aprueba el 2-8-1991 bajo la Alcaldía de Gabino de Lorenzo, aunque no llegó a reunirse hasta el 18-12-2006 tras numerosas y reiteradas peticiones del que suscribe; aunque con poco éxito, porque sólo llegó a reunirse en un par de ocasiones. Y es que en ese consejo municipal están representados todos los que tienen algo que decir en cuestiones medioambientales, y como es el caso, sobre el Naranco. Me parece un espacio privilegiado de escucha, de debate y reflexión demasiado interesante y capaz como para permitir que siga durmiendo el sueño de los justos. Nuestro Ayuntamiento tiene también la potestad de dirigirse a otras administraciones para pedirles que cumplan con sus obligaciones en materia medioambiental.

Hoy es una ampliación de una cantera la que levanta voces en contra y habrá que reflexionar y debatir sobre ello. No es de recibo que el municipio de Oviedo concentre la mayor cantidad de canteras de Asturias, en torno al 75% de explotación de caliza, y buena parte en el Naranco. Y no sólo se trata de conceder permisos de ampliaciones o no, sino de velar por el debido cumplimiento de las condiciones de la licencia, estado de los planes de restauración, cumplimiento de las condiciones de protección medioambiental, etcétera. No vale todo, y en nombre del desarrollo industrial no debemos ni podemos permitir continuar deteriorando el mayor patrimonio natural de la ciudad, o como ocurrió en su día en Llagú, arrasar un castro cuyo origen se remonta al s. V a.c.

En definitiva, insisto en la conveniencia de que todos miremos hacia el Naranco. Que lo protejamos y preservemos; que lo mejoremos. Que escuchemos las alertas que desde hace años vienen lanzando quienes mejor lo conocen: Amigos del Naranco, Coordinadora Ecoloxista d'Asturies, ANA, y tantos como a diario disfrutan de sus caminos, viven en él o lo sienten como algo propio y familiar. No quisiera dar la razón a ese autor anónimo que dijo: «Es increíble que la Naturaleza pida a gritos ayuda, pero más increíble es que nadie la escuche».

Publicado en "La Nueva España" el 16 de enero de 2012

http://www.lne.es/oviedo/2012/01/16/reflexion-naranco/1184470.html

viernes, 31 de diciembre de 2010

Y la historia milenaria continúa...

Y LA HISTORIA MILENARIA CONTINÚA...


Cuando ya el almanaque de este 2010 se ve despojado de sus hojas, y se han desvanecido prácticamente los ecos de todas las celebraciones del centenario del templo de san Pedro de los Arcos, me gustaría concluir mi particular homenaje con este cuarto y último artículo, antes de que 2010 baje definitivamente el telón.

Gracias a la colaboración de La Nueva España, desde estas páginas anunciamos la celebración del centenario, su porqué, su justificación. Conocimos algo más a Luis Bellido, su vida y su obra. En el artículo titulado “San Pedro del Otero” profundizamos en los anales más remotos de nuestra parroquia y por tanto, hemos hecho un breve recorrido por la biografía de san Pedro en este último siglo.

Queda mucho por contar, mucha vida albergó este viejo otero; no en vano, la crónica diaria de Oviedo, corrió a sus pies y así fue testigo privilegiado de cientos de sucesos claves en el transcurrir vital de la propia ciudad, pero eso, hoy al menos, es harina de otro costal.

Hoy quiero hablar de otra historia; la que habla de “piedras vivas”. La que cuenta lo que se vive desde dentro de esos muros centenarios, de la vida compartida en Comunidad en este último siglo de forma especial.

Un relato de esa segunda mitad del s.XX que bien podría empezar en aquellos años 60 en los que el Concilio Vaticano II inundó de aire fresco la Iglesia, del que san Pedro no se quedó al margen. Los años 70 y 80 vieron florecer una nueva Comunidad plural, más encarnada y comprometida con su entorno, más implicada en los problemas sociales del barrio y en el movimiento asociativo vecinal. De ella empezaron a surgir grupos de jóvenes que descubrieron que el compromiso social y la solidaridad son elementos imprescindibles de nuestra condición de creyentes y así, en esos años, desde dentro de la Iglesia surgieron no pocas vocaciones sociales e incluso, políticas. Esa es, efectivamente, otra historia, que no habla de lejanos sucesos, ni de estilos arquitectónicos; habla de personas, habla de compromiso. Esa es la realidad más gozosa y el presente más dichoso.

Hemos celebrado un centenario mirando hacia al camino andado, sí; pero ante todo lo festejamos mirando al futuro y desde la convicción de que la Iglesia en este s.XXI, a pesar de sus defectos, puede aportar mucho a nuestra sociedad. Y en san Pedro lo intentamos cada día. Pretendemos colaborar con los padres a educar a niños y jóvenes confiando en que valores como la justicia, la solidaridad, la libertad, sean más que bonitas palabras. Desde san Pedro de los Arcos, en este 2010, se sigue desarrollando una intensa labor de apoyo y ayuda a los más necesitados, y muchos se sorprenderían posiblemente de las cantidades que se manejan. Desde una comunidad como esta, pequeña, se sigue efectivamente viviendo la fraternidad. Y eso es lo más estimulante de cara a un futuro que encaramos con ilusión y optimismo.


Y así llegamos a nuestro presente. Una parroquia mucho más pequeña de lo que fue, pero rica en su mejor capital: su gente. Una comunidad que continúa empeñada en contribuir a ese difícil objetivo de crear una sociedad mejor, más justa, libre y solidaria.


Esta es la realidad de hoy en San Pedro de los Arcos. Una realidad humilde pero tremendamente rica. Conocedora y orgullosa de su pasado, pero sobre todo y por encima de todo, enormemente ilusionada y comprometida con su futuro.


Publicado en La Nueva España el 31 de diciembre de 2010.


jueves, 23 de septiembre de 2010

El Patrón de Oviedo

San Mateo no es el patrono de Oviedo

n El patronazgo de la ciudad corresponde a San Salvador, y Santa Eulalia es la patrona de la diócesis


San Mateo no es el patrono de Oviedo
San Mateo no es el patrono de Oviedo


" Un pueblo sin tradición es un pueblo sin porvenir."

(Alberto Lleras Camargo)

Con permiso de mi querida y admirada Carmen Ruiz-Tilve, que ya habló reiteradamente del asunto, e incluso con el de Javier Neira, que también lo mencionó en varias ocasiones, no puedo resistir la tentación de aportar una modesta contribución para aclarar el asunto del patronazgo de la ciudad, que, al parecer, no está muy claro, puesto que más de uno salió el martes de la misa de San Mateo con alguna duda que otra.

San Mateo no es el patrono de la ciudad, pese a que muchos puedan creer que lo es, qué le vamos a hacer... Nuestro patrono, que para eso somos los de Oviedo así de grandes, es el mismo Dios, qué menos..., para ser exactos, San Salvador, que celebra fiesta en el mes de agosto, día 6. Y no confundir patronazgos tampoco con Santa Eulalia de Mérida, mártir del siglo IV, con fiesta en el calendario el 10 de diciembre, que es patrona de la Archidiócesis de Oviedo desde 1639.

El pobre San Mateo, es un decir, pasaba por allí, puesto que el 21 sólo tiene la virtud de ser el séptimo día después del día 14, festividad de la exaltación de la Santa Cruz, o inicio del jubileo de la Santa Cruz o de la perdonanza. Los peregrinos que visitaban la Catedral y cumplían los requisitos precisos en los siete días posteriores gozaban de indulgencia plenaria, y como la perdonanza concluía el 21, pues ya tenemos disculpa para la fiesta..., y aunque hubieran pecado con fruición, indulgencia plenaria al canto, y ya está «armá», que nuestros paisanos de la época también sabían celebrar fiestas, dicho sea todo lo anterior con el debido respeto, por supuesto.

Oviedo puede presumir orgullosa de un brillante y rico pasado en tradiciones y de ocupar un relevante sitio en la historia de aquella incipiente Europa, que para eso nuestro Alfonso II ya se codeaba en la corte de Aquisgrán con el mismo Carlomagno, y nuestra Sancta Ovetensis fue foco de atracción durante siglos de peregrinos de toda Europa, por la gran cantidad de valiosas reliquias que acoge, y visita obligada para todos aquellos que siguiendo el peregrinar del mismo Alfonso II, descubridor, a la sazón, del supuesto sepulcro, encaminaban sus pasos a venerar la tumba del apóstol Santiago, pero eso ya es harina de otro costal...

Un día, el de San Mateo, para sentirnos orgullosos de ser ovetenses, eslabones de esa cadena formada por miles de ovetenses que durante siglos nos precedieron, dando continuidad a esa historia repleta de ricas tradiciones, a ese extenso patrimonio cultural configurado a lo largo de los siglos, que no debemos dejar que caiga en el olvido, y que espero sinceramente que -entre otros muchos- sea motivo de que Oviedo goce del privilegio de ser capital europea de la cultura en 2016.


Publicado en La Nueva España el 23 de septiembre de 2010

viernes, 4 de junio de 2010

Club de Prensa de La Nueva España. 3 junio 2010

Ruiz-Tilve: «San Pedro era una Arcadia feliz que la ciudad se tragó al crecer»

La cronista celebró la esencia rural del barrio, cuya historia, escrita por Carlos Fernández Llaneza, acaba de reeditarse en el centenario de la parroquia





Jorge Luis Fernández, Carlos Fernández Llaneza, Carmen Ruiz-Tilve y Alberto Reigada, ayer, en el acto dedicado al centenario de San Pedro de los Arcos.
Jorge Luis Fernández, Carlos Fernández Llaneza, Carmen Ruiz-Tilve y Alberto Reigada, ayer, en el acto dedicado al centenario de San Pedro de los Arcos. sergio prado

Ch. N.

Las jornadas dedicadas a celebrar el centenario de la parroquia de San Pedro de los Arcos tuvieron ayer una sesión estrella en el Club Prensa Asturiana de LA NUEVA ESPAÑA con un programa doble. En otro aniversario, Carlos Fernández Llaneza, autor hace doce años del libro «San Pedro de los Arcos, una historia milenaria», presentó la reedición de este volumen. Y a su lado, madrina reconocida de aquella obra, la cronista oficial de Oviedo, Carmen Ruiz-Tilve, tejió el hilo de sus recuerdos del barrio.

No fue, como ella rechazó, a pesar de que el programa así lo anunciaba, un pregón de las fiestas de San Pedro. «Simplemente voy a hablar, hablar de recuerdos», se presentó Ruiz-Tilve. Antes y después el párroco de San Pedro, Jorge Luis Fernández, presentó a los invitados, que incluyeron también al ex párroco Alberto Reigada, encargado de glosar la figura de Fernández Llaneza.

Ruiz-Tilve tiró, pues, de sus recuerdos e hiló un retrato de San Pedro a través de tres momentos. El primero, el milenario, fue el del «sitio privilegiado» nacido en la falda del Naranco, hasta la edificación de la primera iglesia. «En ese momento el barrio cambia», reflexionó Carmen Ruiz-Tilve, «pero sigue siendo un barrio rural».

Ahí, en la ruralidad de San Pedro, encontró la cronista la esencia del barrio. Y lo hizo ya cuando, con sólo un año, se mudó a la zona. «Las largas caminatas para llegar hasta allí quedaban compensadas con el hecho de vivir en la Arcadia, una Arcadia feliz que en los cincuenta vivió sus años de oro». Eran épocas en que los niños jugaban en ese entorno rural, ajenos a la guerra reciente, describió, y con fiestas rurales que celebraban «la hermandad, la vecindad con otras zonas, como La Argañosa».

Todo ello llegó a su fin con la tercera etapa. «La ciudad creció y se tragó todas las Arcadias», resumió Ruiz-Tilve, quien reclamó un recinto ferial donde la ciudad pueda recuperar su esencia rural.

Fernández Llaneza, por su parte, recordó la ilusionante gestación de su obra, ahora reeditada, «un libro con forma de sueño o un sueño con forma de libro», declaró.

Presentación del libro "San Pedro de los Arcos, una historia milenaria" Club de prensa de LNE

“San Pedro de los Arcos, una historia milenaria”

Oviedo, 3 de Junio de 2010


Me gustaría colocar un par de frases a modo de pórtico de uno de los grandes genios del s. XX. Albert Einsten. Dijo dos cosas, entre otras muchas, claro, que hoy me gustaría evocar:


1ª. “Lo importante es no dejar de hacerse preguntas”. Eso nos moverá a buscar respuestas”. Y eso es para mí lo que me justifica toda esta aventura.


2ª. “No tengo talentos especiales, pero sí soy profundamente curioso”.

Sin comentarios.


Y una de Marco Tulio Cicerón:


La historia… testigo de los tiempos, luz de la verdad, vida de la memoria, maestra de la vida, testigo de la antigüedad.

No saber lo que ha sucedido antes de nosotros es como ser incesantemente niños”.


Y empiezo.


El 8 de julio de 1998, encaraba por primera vez una situación tan absolutamente novedosa y agradable para mí, como era la presentación de un libro. Tal es así, que llegué a compararlo, salvando las distancias, con la emoción sentida en el nacimiento de mis hijos.


Comenzaba entonces citando un proverbio oriental que dice: “Ten cuidado con tus sueños. Pueden llegar a cumplirse”. Y es que, el que aquel libro sobre la historia de San Pedro de los Arcos, que tantas horas me exigió, viera la luz, era sin duda un sueño. Un sueño que afortunadamente se hacía realidad. Aquel libro se había convertido en el cajón donde estaban todas las respuestas a un montón de preguntas, más o menos conscientes, que me perseguían desde niño esperando ansiosas, ese momento.


Mi buen amigo Alberto Reigada, que oficiaba junto con Carmen Ruiz-Tilve, como no, de presentador, me definía como “fascinado por San Pedro” y según su hipótesis, esa fascinación era la que me provocaba todas las preguntas a las que intentaba dar respuesta en ese libro.


Alberto, que bien me conoce, no andaba descaminado. En alguna ocasión, he culpado a un calendario que había en mi casa allá por finales de los 60 con fotos antiguas de Oviedo, de ser en parte la génesis de esas preguntas. Luego, aquellas fotos se convirtieron en cuadros que desde las paredes de la salita de mi casa, reiteraban día tras día aquellas preguntas como una especie de lejano eco inconsciente. Protagonizaban aquellas viejas fotos coloreadas, la antigua iglesia de San Pedro, y los Pilares, con sus orgullosos 41 arcos, en una con el telón majestuoso del Naranco de fondo, y en otra metiéndose en el corazón mismo de la ciudad, como reclamando un futuro que el tiempo y la estupidez humana le negaron. ¿Qué había sido de aquella vieja iglesia? ¿Desde cuándo presidía el otero de San Pedro? ¿Quién había hecho aquel fantástico acueducto? ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Qué había sido de él? Preguntas que hallaron respuesta para mí satisfacción en aquel libro sobre el que por entonces decía, que para muchos sería un libro más, pero que para mí era “el libro”, porque más que una recopilación de historias, era un libro que en buena medida llevaba sus páginas impregnadas de mi propia vida.


De todas aquellas historias contadas, había tres que me llamaban poderosamente la atención y a las que dediqué una especial dedicación. La primera, hurgar en el pasado más distante del entorno de San Pedro. Encontrar datos que apuntalaban mi tesis de que desde ese otero se veneraba al pescador galileo desde época romano visigótica, era un motivo de alegría y alborozo sin igual. Cualquier referencia que lograba añadir relativa a siglos remotos, por pequeña que fuera, me hacía saltar en la silla. Y así con muchos otros datos más rescatados del polvo del olvido.


Otro capítulo especial, fue el dedicado a los duros días vividos en los difíciles años de la revolución de octubre del 34 y especialmente en los meses transcurridos desde julio a octubre de 1936, en los que la iglesia y su emplazamiento fue una especie de oscuro objeto de deseo codiciado por unos y por otros y por cuyo control se pagó un alto precio en sangre.

Algún día también lograré acabar un trabajo sobre este trágico episodio de nuestra historia que duerme desde hace años, ansioso por despertar.


Y el tercero, como no, los Pilares. ¡Qué majestuosa construcción! Las fotos del calendario que antes comentaba, quedaron grabadas en mi memoria de forma indeleble y suponía que aquella magnífica obra tendría tras de sí una fantástica historia digna de ser contada y casi cantada si fuera trovador a la antigua usanza. Y así empecé a rebuscar entre libros, archivos, periódicos… A buscar fotos por el rastro, tiendas de antigüedades y en todos aquellos lugares que sospechaba podían tener una vieja foto, o una vieja historia, que tanto da que da lo mismo, y que poco a poco iban engordando una antigua carpeta negra de plástico que pasó por azar del destino de contener las láminas de dibujo del colegio, a albergar el embrión de otra historia de Oviedo, la de “Los Arcos de los Pilares”, felizmente recogida para mi satisfacción en el que fue mi segundo libro, “Los Pilares de Oviedo”


Y así, pieza a pieza se iba componiendo el puzzle de la historia de san Pedro. Con un dato de aquí y otro de allá, ese codiciado sueño de conseguir tejer un libro con todo lo recopilado, tomaba cuerpo. Y doce años después, ese libro con forma de sueño, o ese sueño con forma de libro, nos vuelve a convocar. Y nada menos que con motivo de la celebración del centenario de nuestra iglesia parroquial. Cien años viendo discurrir la historia de Oviedo paralela a su propio devenir. Cien años que dieron para ver y sentir mucho gozo y mucho sufrimiento. Un siglo viéndose protagonista involuntaria de muchos de los momentos críticos de la historia de nuestra ciudad.

“Celebrar un centenario es mirar también adelante” decía Jorge en el tríptico que elaboramos para la conmemoración, y así es, pero eso no impide que miremos de nuevo hacia el camino andado, recuperar de nuevo, orgullosos, nuestra propia historia y rendir nuevamente, un sentido homenaje a todos los que nos precedieron con la reedición de nuestro libro, la ocasión bien lo merece...


Os confieso que hurgar en las entrañas de la historia de San Pedro ha sido fascinante, divertido y emocionante.

Decía entonces, que como afirman los teóricos de la física, viajar en el tiempo es imposible. Y yo discrepaba. Yo lo había conseguido. Había conseguido viajar al pasado. Creedme. Lo que conseguí sumergiéndome de cabeza y corazón en esta historia que hoy tenéis en vuestras manos, fue realmente mágico. Viví un viaje apasionante, y si queréis, voy a intentar transmitir, contar, parte de lo que sentí. De lo que viví.


Y aquí es donde habría que empezar con el consabido: “Érase una vez hace mucho, mucho tiempo…” porque a ver que historia que se precie no empieza con ese toque de atención, la frase mágica que nos advierte de que vamos a escuchar una historia como aquellas que antaño se contaban en torno al fuego del hogar y que hacían gozar a toda la familia, en ausencia de radios y televisores, de noches interminables, agradables y mágicas.

Pues vamos allá... Érase una vez... y estoy en un altozano rodeado de un fresco verdor, sumido en las neblinas del tiempo, con una ciudad que aún no se adivinaba. A escasos metros del altozano se halla un castro. Nos encontramos en plena edad del hierro. Gentes diferentes, ritos distintos, costumbres ancestrales... ¿sería disparatado pensar que en nuestro otero había un lugar de culto pagano...? No sería una tesis imposible, pero no se puede demostrar.

Continuamos. Y como si gozáramos de la ansiada máquina del tiempo de H.G. Wells, damos un pequeño salto y aparecemos en nuestro otero de San Pedro, unos cuantos siglos después en año incierto de época románico visigótica. Hay una pequeña capilla. A lo lejos veo lo que empieza a querer ser ciudad. Pequeñas construcciones dispersas. Es emocionante. A tantos siglos aun de que llegue la modernidad, y aquí, ya estaba una pequeña capilla para que los humildes lugareños se acercaran a rendir culto al pescador de hombres...

Y esto que os cuento, tan remoto en el tiempo que puede sorprender a más de uno, no es fruto de mi invención ni de una desbocada fantasía, no... que ya en las actas del Concilio I convocado en Oviedo por el rey Alfonso en el año 811, se cita que junto a la iglesia de San Pedro se trabó sangriento combate entre multitud de infieles, advenedizos y falsos cristianos, mandados por Mohamud y la gente del rey de Asturias Mauregato, quedando la victoria por éste. Y no en vano, en 1971, se descubrienron “tégulas” o tejas romanas, lo que llevaría a afirmar al investigador José Manuel Glez. y Fdez. Vallés: “Creemos por tanto muy probable que el emplazamiento de la iglesia de San Pedro de los Arcos en el altozano que ocupa, tenga su más remoto antecedente en un templo cristiano, de la importancia que fuese, erigido en el mismo lugar, en fecha impredecible de la época visigótica”.

Un profundo sueño me invade y casi sin darme cuenta, cambia mi escenario por completo. Estoy confuso... La pequeña capilla ha crecido por sus costuras. Ahora es una pequeña iglesia de corte rural, con su pequeño pórtico y su espadaña con la campana que convoca a la feligresía, sencillos hombres de campo que viven “extramuros” de la ciudad. Ahora ya se ven algunas caserías en las proximidades. La ciudad ha crecido y contemplo con admiración un magnifico acueducto de 41 arcos casi a los pies de la iglesia. Bajo a la ciudad y me la encuentro intentando solucionar sus problemas de abastecimiento de agua y tuve oportunidad de asistir a las acaloradas discusiones que mantenían los representantes del Rey, de la iglesia y del municipio. En una ciudad que casi no se había recuperado del incendio de 1521. Y en aquel 1537 los Regidores se pusieron de acuerdo en que era necesaria una importante obra para traer a la ciudad las aguas de Fitoria y de Boo. Se decide el proyecto definitivo, realizando el viaje de las aguas por un encañado que faldeaba la cuesta del Naranco, por lo que hoy es la pista finlandesa, reuniéndolas en una arqueta en el lugar conocido como “la Cabaña” y tras pasar por el acueducto de 41 arcos y 390 metros, llegar a la Puerta Nueva, para allí juntarlas con las de la fuente de ese nombre y distribuirlas por la ciudad. Muchísimos problemas técnicos y materiales y la suma de 15.500 ducados, que debía de ser una barbaridad, para que por fin en 1599 el agua llegara a Oviedo. Tenían que haber visto las caras de satisfacción de nuestros conciudadanos de entonces, toda una fiesta en la ciudad.


Casi tres siglos estuvieron los Arcos de los Pilares quitándonos la sed. Integrándose en la ciudad. Siendo parte indiscutible del entramado y del decorado natural de la misma. Convirtiéndose por derecho propio en una de sus señas de identidad. En la puerta de la ciudad para muchos vecinos que entraban en Oviedo procedentes de Las Regueras, de San Claudio… Aquel imponente acueducto no era algo que los viandantes encontrasen en cada recodo del camino, no… Así, los arcos, llegaban a ser objeto de la musa popular. Recuerdo oírles canturrear estas coplillas:


Soy pintor, soy albañil. Soy todo lo que se quiera.

Soy de San Pedro de los Arcos, mira si soy calavera.


Una vez fui contigo a San Pedro los Pilares,

arrimásteme la cesta. Eso sí que son pesares.


El mandil de ringo rango, ¿cuánto te costó Ramona?

A la salida de Oviedo, por lo Pilares, peseta menos perrona.


Buena gente aquella, sí… Y con buen humor, como tien que ser…


El día 21 de septiembre de 1875, en plenas fiestas de San Mateo, el séquito de autoridades provinciales y locales pudieron asistir a la bendición de las aguas que llegaban a un improvisado surtidor en el paseo del Bombé. Era la nueva traída aprobada ya en 1866. Una buena noticia sin duda para la ciudad, sí.


Pero era también el principio del fin para nuestros Arcos de los Pilares.

El siglo XX llegó a Oviedo. Y el 3 de octubre de 1903, varios concejales proponen el derribo del acueducto, expediente que se aprueba el 24 de noviembre de 1905. Comienza entonces una viva polémica en la ciudad en contra de la que se había ya calificado como “bárbara piqueta municipal”

En un día gris de aquel inicio de siglo, me encontré de repente al lado de D. Fermín Canella, gran hombre, sumido entre sus papeles y sus múltiples proyectos. Con gran respeto y admiración, permanecí a su lado haciendo mía su causa, sintiendo su rabia e impotencia por el avance inexorable de los que con una miopía sin par empujaban con fuerza por llevar a cabo el “acueducticidio”. Cuando me fui, subí con pena el camino hacia San Pedro y sentado bajo su espadaña de vieja iglesia, entre aquel montón de jóvenes negrillos, miraba con lástima la arcada condenada por la imparable especulación. Aquellos arcos que durante siglos habían dado de beber a Oviedo, tenían ya su sentencia: serían derruidos. Y en la mañana del 11 de enero de 1915 comienza el derribo. Cuanto llanto sincero en muchos ovetenses ante tal bárbara e injustificada acción....

Continuaba el siglo XX su andar. Y así llegamos a 1934. Octubre. Y San Pedro, una vez más, no pudo abstraerse a la historia que de nuevo lo engulló. Era el cinco de octubre. Se había declarado en Asturias la huelga revolucionaria y por las calles de Oviedo comienzan a verse guardias de asalto armados. Delante de la plaza de toros posicionan un cañón “Ruiz de Arellano” que bombardea la iglesia de San Pedro. Dos proyectiles se incrustan en la fachada meridional de la iglesia, y ahí los podemos ver todavía hoy. El bombardeo resulta inútil porque los soldados que ocupaban la iglesia se habían replegado a la estación del norte a las diez de la noche.



A las dos y media de la tarde suben tres cañones en camionetas por la carretera del Naranco. Uno de ellos es situado junto a la iglesia. La luz en Oviedo es cortada. El cañón situado en San Pedro bombardea la “Casa Blanca” en la calle Uría. Desde la una de la mañana del lunes 8, todos los cañones del Naranco y de San Pedro hacen fuego sin cesar. El artillero es alto y desgarbado. Lleva medias de sport, pantalón corriente, jersey blanco y cubre su cabeza con el bonete del cura de San Pedro. En dirección a la iglesia se dirigen numerosos revolucionarios llevando cascos de acero procedentes de Trubia y escopetas.

El jueves 11, a las cinco de la mañana los cañones del Naranco rompen el fuego. Pero el que está en San Pedro deja de sonar. ¿Qué pasará? Luego fue sabido que el cañón reventó por el cierre, deshizo el vientre al artillero, un tal Esteban y estropeó la boca a su ayudante.


El sábado 13 de octubre, a las ocho y media cuatro aviones bombardean las inmediaciones de la iglesia y de la estación. Desde la iglesia los revolucionarios no cesan de hacer fuego. Los Regulares contestan y las balas matan a una joven comunista llamada Aida Lafuente. Iba vestida de rojo y tenía 16 años. Los legionarios se lanzan al asalto y toman la posición de San Pedro.


Días duros y tristes que desgraciadamente poco tardaríamos en volver a vivir. Lamentablemente, Oviedo volvería a sufrir en sus propias carnes un nuevo enfrentamiento: La guerra civil. Y este viejo otero, también nos quiere contar alguna historia al respecto. Y no tardaría tiempo en darse cuenta de que algo pasaba porque en la misma tarde del domingo 19 de Julio, el mismo coronel Aranda se llega a San Pedro para supervisar la instalación de fuerzas de artillería al lado mismo de la iglesia.

Pasan los días y la situación se torna cada vez peor. Comienza a escasear en la ciudad el agua, la carne la leche… El sábado quince de agosto es detenido el maestro de la escuela de San Pedro acusado de propagar bulos.

Os puedo asegurar que en la iglesia y aledaños se vivieron días realmente duros y atroces. Sirvan como muestra el testimonio recogido el 12 de octubre de 1936, contado por el mando republicano y por uno de los soldados que se encontraban en la iglesia:


A primera hora de la tarde comenzaron las baterías que rodean Oviedo a cañonear violentísimamente la parte de la Argañosa y la iglesia de San Pedro de los Arcos, reanudándose así la ofensiva sobre el centro de la ciudad. La iglesia estaba considerada como una fortaleza y en ella había acopiado el enemigo importante material de guerra. Por su posición estratégica de incalculable valor, considerándose como la llave que abre paso a la estación del Norte. Debido a ello, el alto mando planeó el ataque a este reducto y, como preludio, fue sometido a un bombardeo endemoniado. Con intervalos escasísimos caían proyectiles sobre la torre de la iglesia. Bien pronto ardían las casas inmediatas. La torre caía a tierra desapareciendo a nuestra vista. El resto de la construcción semejaba una criba. Desde su interior era ya materialmente imposible su defensa.”



“Llueve y continúa el frío; por la mañana el enemigo nos hace cuatro bajas. El alférez Valdés Hevia recibe la noticia, acogida por nosotros con gran júbilo que las baterías enemigas del Naranco, están bajo el fuego artillero de las columnas gallegas liberadoras. Momentos después, serían las cuatro de la tarde, comenzó un bombardeo intensísimo sobre la posición. Como el enemigo está muy cerca creímos al principio que sería un bombardeo sobre él. Pronto nos dimos cuenta del error; los rojos afinan su puntería y nos echan abajo la torre de la iglesia donde teníamos emplazada una ametralladora. El bombardeo es intensísimo. La parte del cementerio de San Pedro ofrece un espectáculo espeluznante: se hallan mezclados cadáveres de hace varios días que no pudimos enterrar con cadáveres de hoy y miembros de cadáveres de hace muchos años que la metralla se encarga de sacar de las sepulturas. El número de heridos es enorme, no hay gente para evacuarlos porque todos son necesarios en los parapetos. El alférez pide refuerzos pero no llegan. La situación es apuradísima y el bombardeo continúa con igual intensidad.

Voy recorriendo puesto por puesto distribuyendo munición de fusil y bombas de mano. En la posición quedamos muy pocos hombres; en todas las caras está pintada la imagen del terror… pero todos estamos en nuestros puestos. La situación es francamente insostenible. El alférez da la orden de retirada después de evacuar todas las bajas. Ésta se efectúa hacia la estación, donde cunde un gran desaliento…

Todavía hicimos un postrer intento de rescate de la posición, pero sólo llegamos arriba siete hombres, número harto insuficiente para contener a unos cientos de rojos. Nada se sabe de las columnas gallegas. La suerte está echada, que dijo César, o llegan las columnas o moriremos matando. El Estado Mayor ordena que se gaste poca munición, que debe estar muy escasa…”

El 13 de octubre, la posición de san Pedro fue tomada, pero el 17, tras la entrada de las columnas gallegas, se abandona. Y el resto es historia... Ojalá nunca más vea nuestra ciudad enfrentamientos como los vividos.


Y continúo mi particular viaje. Llego a los años 40.

Y me encuentro en viejas y frías habitaciones, dónde veía a sacerdotes que en aquel día concreto escribían con letra tortuosa en los polvorientos libros que ahora ojeaba. Crujía el suelo. Golpeaba la lluvia en los finos cristales, tras los cuales se veían a lo lejos algunas luces de la ciudad. A duras penas, podían contener el frío, pero allí estaban aquellos curas a cualquier hora para cuando alguien precisara de su presencia, aunque ese alguien viniese de los límites de la parroquia a varios kilómetros de distancia. Compartía su soledad, sus preocupaciones, sus anhelos, sus frustraciones, sus alegrías...


Y compartí alegrías y penas de miles de vecinos que igual saludaban una nueva vida, que unían la suya a la persona amada, o despedían a sus seres más queridos. Gentes humildes y pobres las más. Personas anónimas de las que sólo queda su nombre, legible a duras penas. Cuántas historias humanas. Cuántos momentos vividos de los que nadie se acuerda ya ni remotamente. Allí están, escritos en el tiempo.


El Concilio Vaticano II trajo nuevos aires a la Iglesia y san Pedro no fue ajenos a ellos. Fue progresando con la sociedad de cada época. Fue avanzando a medida que la iglesia universal avanzaba. Fue adaptándose a los cambios que el tiempo impone. Con amor de madre dio a luz a otras parroquias de Oviedo, y así vi desmembrarse de ella a San José de Pumarín en 1957; a San Francisco de Asís y su filial del Cristo de las Cadenas, y a San Pablo de la Argañosa y su filial de San Antonio de Padua en 1959. A Nuestra Señora de la Merced en 1972 y por último a San Melchor de Vallobín en 1990.


En las últimas décadas, se escribieron páginas brillantes en nuestra particular historia, y San Pedro, seguía luciendo orgullosa en su altura, viendo crecer una comunidad dinámica. En 1972, una remozada iglesia parroquial, acogía como párroco a D. Rafael Ortea, que disfrutará allá arriba a buen seguro de este centenario, quien durante 21 años, supo hacer, y dejar hacer, para que en esta parroquia, se intentara vivir la fe desde el compromiso y la fidelidad al evangelio.


Vi muchas cosas más que no os cuento ahora por no extenderme en demasía... Un pequeño tren que achacoso pasaba cada día por delante de la iglesia para dejar el mineral de hierro en la estación y al que un día, se subió un joven Alfonso XIII para subir a visitar los monumentos. O como el párroco de san Pedro, era el que recibía a la procesión de la Balesquida en la capilla de santa Susana, para continuar hasta san Ana de Mexide, cuando la ciudad celebraba esa entrañable fiesta cada martes después del domingo de Pentecostes.

Pude ver la emoción en muchas caras cuando nos visitó la Santina de Covadonga en junio del 51. O como la gente celebraba con alegría las fiestas de san Pedro, primero en una sencilla romería delante de la iglesia, con los años, fueron las fiestas de Vallobín, celebrándose por la sociedad de festejos Ntra. Sra. de los Ángeles y luego, de nuevo con un grupo de jóvenes entusiastas liderados por un veterano en esto de las fiestas, mi padre, recuperamos las fiestas de san Pedro con un éxito de participación espectacular.

Vi también, como muchos jóvenes del barrio, se fueron forjando como personas a la sombra de san Pedro, asumiendo en su vida valores que les ayudarían sin duda a ser mejores, e incluso a despertar en muchos una gran sensibilidad social o también, política...


Sin duda ese viaje daría para hablar mucho más...


Y así llegamos a la parroquia que tenemos hoy. Una parroquia mucho más pequeña de lo que fue, pero rica en su mejor capital: su gente. Una comunidad que continúa empeñada en contribuir a ese difícil objetivo de crear una sociedad más justa, libre y solidaria.


Esta es la realidad de hoy en San Pedro de los Arcos. Una realidad humilde pero tremendamente rica. Conocedora y orgullosa de su pasado, pero sobre todo y por encima de todo, enormemente ilusionada y comprometida con su futuro.

Cuando dentro de otros cien años no quede ni rastro de ninguno de nosotros, seguramente encima de su otero, la vieja torre de san Pedro seguirá mirando a los cuatro puntos cardinales, y pasado y futuro estarán unidos por esa sutil correa de transmisión que somos todos los que en uno u otro momento hemos pasado por san Pedro de los Arcos. Y si alguno de los futuros ovetenses, de los feligreses del mañana, se sorprende mirando alguna de las viejas fotos que se encierran aquí, seré feliz dónde quiera que esté.