martes, 29 de noviembre de 2022

AÚN EN HONROSA DEUDA CON CLARÍN

Aún en honrosa deuda con Clarín La huella en la ciudad del autor de "La Regenta"
28·11·22 "Oviedo ha liquidado honrosamente la deuda que tenía contraída con aquel asturiano que se llamó Leopoldo Alas y que universalizó su pseudónimo de Clarín con el que firmaba sus inolvidables artículos periodísticos y sus ácidas críticas literarias". Así encabezaba el diario "El Carbayón" la noticia sobre la inauguración del monumento a Clarín el martes 5 de mayo de 1931. Como quiera que el pasado mes de mayo, al escribir sobre este monumento, habíamos dejado pendiente una continuación, retomamos la mirada sobre aquel día histórico que la prensa definía como "un acto glorioso de cultura al que se sumaron todas las clases sociales unidas por el mismo fervor contenido". El acto, que había sufrido algunos retrasos, se llevó por fin a cabo "para rendir pública y solemnemente a Clarín la pleitesía espiritual que le debía su amada Vetusta". El gobierno había enviado como representante a Álvaro de Albornoz, "discípulo predilecto del maestro". Tras la llegada de los asistentes, a mediodía, tuvo lugar un acto en el teatro Campoamor. "En la mesa presidencial se sentaron junto al señor Albornoz y otras autoridades los hijos de ‘Clarín’, don Leopoldo y don Adolfo Alas Argüelles". Finalizada la intervención del rector, el presidente de la comisión pro monumento manifestó que para él "significaba un alto honor el que se le había concedido de ofrecer al pueblo de Oviedo el monumento del insigne catedrático". Después de sus palabras intervino el alcalde, quien expresó que "a los treinta años próximamente de la muerte del simpar crítico y admirado cuentista, el pueblo de Oviedo le hace justicia ofrendándole este monumento". Continuó el alcalde Laredo: "Pudiéramos decir que ha sido tardíamente pagada la deuda, pero lo que es posible es que sea el día más adecuado, ya que para Leopoldo Alas esta época hubiera sido la por él preferida: época de democracia, de justicia, de libertad y república". Posteriormente intervino el ministro con un discurso lleno de emoción y vivencias personales como alumno de Clarín. Y finalmente llegó el turno al catedrático e hijo de Clarín, Leopoldo Alas, a quien el público recibió "con una salva de aplausos". Alas, emocionado, comenzó su discurso diciendo que "en esta ocasión le era imposible pronunciar una oración florida, porque lo que él quisiera decir es tan hondo que no puede llegar a los labios". Tras el acto, la comitiva se desplazó hasta el Campo de San Francisco para la inauguración del monumento, obra del escultor Manuel Álvarez Laviada, al que asistió "tal gentío que sobrepasaba todo cálculo, no pudiendo los guardias contener a la multitud que invadió los jardinillos cercanos al monumento". La banda del Regimiento Príncipe interpretó el himno de Riego y las hijas de don Leopoldo descubrieron la bandera tricolor que cubría el busto. Una jornada de alegría y multitudinaria participación ciudadana que se vería ennegrecida cinco años después. El monumento a Clarín fue ultrajado poniéndole primero una cabeza de burro y dinamitándolo posteriormente como si con esta atrocidad quisieran cobrarse una venganza tardía. Juan Antonio Cabezas, bajo el seudónimo de "Boy", escribía el 6 de mayo de 1937 en el diario "Avance": "Hicieron pedazos aquellas piedras, símbolos ya, en lo que representaba su cabeza ungida de noble serenidad, y lo que perdura de su vida de luchador como emblema de su pensamiento, la verdad. Destrozaron a golpes de maza las piedras de la fuente, seca ya de rumores, y vejaron, zafios, en efigie, al que sus padres desearon vejar en vida. Y esto después de saciar su odio ancestral, su crueldad de castidad, con la vejación más trágica, con el fusilamiento de su hijo". Hubo que esperar hasta el 25 de abril de 1968 cuando el alcalde, Manuel Álvarez Buylla, ordenó colocar de nuevo el busto de Clarín encargado en 1956 al escultor Víctor Hevia. Pero esos últimos avatares son ya otra historia que posponemos para no alargarnos en demasía. ¿Ha saldado la ciudad la deuda con Clarín? Aún no. Al monumento le falta un bajorrelieve: "La verdad libre de toda hipocresía", que nunca se restituyó. El edificio número 34 de la calle Uría, donde Clarín escribió "La Regenta", debe enorgullecerse colocando una placa que lo recuerde. Al igual que su última residencia, al final de la calle Campomanes. La Biblioteca de Asturias ha de destacar una referencia al Archivo Clarín, legado por sus descendientes. E, inexcusablemente, Clarín debe recibir el reconocimiento institucional que contempla el reglamento para la concesión de honores y distinciones del Ayuntamiento. Quizá así Oviedo "liquide honrosamente la deuda contraída con aquel asturiano que se llamó Leopoldo Alas". https://www.lne.es/oviedo/opinion/2022/11/28/honrosa-deuda-clarin-79213289.html

lunes, 14 de noviembre de 2022

De relojes y del tiempo La evolución de un objeto que un día fue imprescindible 14·11·22
Que vivimos atados al paso del tiempo es innegable. E inexorable. Desde la mañana, cuando el despertador nos arranca del sueño, hasta la hora en la que, rendidos, apagamos la luz, estamos pendientes del reloj. Supongo que nuestros antepasados, ya superado el guiarse por los ciclos naturales, estarían atentos al reloj de la Catedral que marcaba el curso de la cotidianidad. Clarín, en La Regenta, se refiere al reloj catedralicio en un diálogo entre Víctor Quintanar y su mujer, Ana Ozores, cuando le preguntaba si oía el reloj: "Pues sí, se oye, en estas noches tranquilas ya lo creo que se oye. ¿Nunca lo habías notado? Espera cinco minutos y oirás las campanadas... tristes y apagadas por la distancia". También el reloj del Ayuntamiento marcó los pasos de los ovetenses. Y quién no mira el gran reloj de la Estación del Norte cuando pasa por la calle Uría. Pero antes de que los móviles nos hicieran la función de reloj, despertador y lo que se tercie, era frecuente, con uno de los primeros salarios, comprarse un reloj de pulsera. Algunos tenían la fortuna de heredar el reloj paterno. En Oviedo, ciudad de indiscutible calidad comercial, no faltaron buenas relojerías, aún hoy muchas en exitosa actividad. Vamos a rescatar del olvido un par de ellas que sólo perduran en viejos anuncios vencidos. Así, en el almanaque de El Carbayón de 1883, encontramos un anuncio de la Relojería Suiza de Ramón Valdés, sita en la Plazuela de Riego, 3. Establecimiento "montado a la altura de los mejores de las grandes capitales". Aseguraba al público que siempre encontraría en su comercio "un surtido abundante y variadísimo en relojes garantizados de todas clases: cronómetros, repeticiones de horas, cuartos de hora y minutos, calendarios perpetuos, cronógrafos, segundos independientes, fases de luna, etcétera, de los más reputados fabricantes del mundo, como Patek Philipe y Compañía, de Ginebra; Alamand, de Londres; Lange y Asman, de Alemania...". Por si fuera poco, el Sr. Valdés ofrecía "infinidad de clases de relojes de todos precios, de oro, plata y níquel, que pueden adquirir, por su extremada baratura, aun los más humildes trabajadores". Ofertaba la Suiza, además, "magníficos relojes para habitaciones, montados en mármol, bronce, alabastro y madera tallada; reguladores para despacho, despertadores, candelabros, barómetros y otros objetos para decoración y adorno; leontinas de oro para señoras y caballeros; leontinas de plata, doublé, níquel y acero desde el ínfimo precio de 2 reales en adelante". Por último, en un anuncio que, seguramente no cobraban por palabras, llamaba la atención "sobre lo reducido de sus precios y la superior calidad de los artículos que no admiten competencia, como lo prueba el que vendo para señora relojes de oro de 18 quilates por 45 pesetas". Ahí queda eso. En 1888 se anunciaba la "Relojería Bravo", Altamirano, 9. Acreditada relojería con más de 70 años de existencia "montada a la altura de las mejores donde sus constantes favorecedores y público en general encontrarán un escogido y reciente surtido en relojes de todas clases". No faltaba la publicidad de sus talleres, "montados con los aparatos más modernos donde se hacen toda clase de composturas y precios reducidos, garantizándolas, así como las ventas". Cada vez que hablo de relojes no puedo evitar pensar en ese proverbio africano: "Vosotros, los europeos, tenéis los relojes, pero nosotros tenemos el tiempo". Tal vez tengan razón. https://www.lne.es/oviedo/opinion/2022/11/14/relojes-tiempo-78526998.html

lunes, 7 de noviembre de 2022

LA FERIA DE NOVIEMBRE

La feria de noviembre Sobre la historia del certamen ganadero de Todos los Santos
07·11·22 No cabe duda de que a los ovetenses nos gusta la fiesta. El calendario festivo local siempre estuvo bien nutrido. Comenzaba el 2 de febrero con la romería de las Naranjas en el entorno de San Pelayo, la fiesta de las Candelas, y concluía en diciembre con los festejos en honor a nuestra patrona, Santa Eulalia de Mérida. No es de extrañar el dicho que nos define como "xente d’Ovieo, tambor y gaita". Entre las fiestas más concurridas se encontraban las ferias de ganado. En Oviedo había tres: La Ascensión, San Mateo y la de Todos los Santos. La de la Ascensión, cerezas en Oviedo y trigo en León, aún perdura, aunque ya no sea en uno de aquellos jueves que brillaban más que el sol. La de San Mateo, polvo en el olvido. Misma suerte corrió la de Todos los Santos a la que hoy vamos a dirigir nuestra mirada. Para ello nos ayudaremos de Fermín Canella que tanto y tan bien contribuyó al conocimiento de Oviedo; historia inabarcable. Pues bien, la Feria de Todos los Santos fue concedida por Fernando IV en 1302 y tenía una duración de 15 días comenzando con la celebración de San Lucas, el 18 de octubre. Tenía carácter de franca o privilegiada "con exención de alcabala, portazgos y otros derechos para los cristianos, moros y judíos que concurrieran; a su celebración se pusieron inconvenientes a fines del siglo XV, pero fue la continuación de la feria amparada por los Reyes Católicos". Como recoge Canella, debió ser por esas fechas cuando se retrasó al 1 de noviembre, hasta 1775 en que por Real Decreto de Fernando VI se dispuso fuese en los días 20 a 28 de octubre "por conveniencia de los ferieros y en relación con otras ferias de Castilla". El lugar donde se celebraba fue cambiando a lo largo del tiempo. Durante muchos años se celebró en las antiguas calles de Mercaderes, lugar de residencia de la comunidad judía, luego llamada la Picota, de la Universidad y finalmente Ramón y Cajal. Otro lugar era el Campo de la Lana, limitado por las tapias de la huerta del antiguo convento de Santa Clara derribadas en 1845 y desde 1869 calle Argüelles. También el Campo San Francisco fue lugar de mercado. Posteriormente se celebró en la Puerta Nueva baja, en la zona actual de Arzobispo Guisasola, conocida durante los siglos XVII y XVIII como calle de los Ángeles y que, en todo ese tiempo, según recoge otro ovetense esencial, José Ramón Tolivar Faes, con el nombre de Puerta Nueva se designaba a la actual calle de la Magdalena. En Arzobispo Guisasola se encontraba también el lugar conocido con el nombre de San Roque. Como cuenta Tolivar, el 23 de junio de 1831 se señaló el Campo de San Roque para trasladar, los jueves de cada semana, el mercado de vacuno que hasta entonces venía celebrándose en el Campo de los Patos, y cuando en 1878 se inauguró en San Roque un matadero municipal, adquirió la calle la característica vitalidad que habría de durar poco más de cien años pues el lugar fue totalmente arrasado en la guerra española. También el mercado de Todos los Santos encontró cobijo en San Lázaro y Pumarín. En fin. Ecos de una época en la que el comercio de ganado cobraba una relevancia especial, algo lógico en una sociedad en la que la ganadería tenía un peso importante en un concejo como el nuestro que contaba con una importantísima parte rural que, por fortuna, aunque en menor medida, aún conservamos. https://www.lne.es/oviedo/opinion/2022/11/07/feria-noviembre-78227789.html

miércoles, 2 de noviembre de 2022

NOCHE DE ÁNIMAS

Noche de ánimas Los encantos y misterios de las visitas a los cementerios
02·11·22 Las modas mandan. Se impone el Halloween importado por más que su origen tenga raíz, probablemente, en tradiciones celtas arraigadas desde antiguo en Asturias. Las visitas a los cementerios van a menos, aunque, en contraste al ocre dominante del otoño, todavía floristerías y bazares se llenan de los multicolores crisantemos propios de estas fechas. A pesar de todo, aún son miles los ovetenses que acuden a los cementerios a recordar a quienes nos precedieron. Preservarlos en nuestra memoria es la mejor forma de que no se vayan del todo. Seguro que muchos conservan en sus recuerdos las obligadas citas a los camposantos. Mi memoria se retrotrae a la visita en compañía de mis padres al cementerio de Santa Marina de Piedramuelle, donde yace mi abuela paterna a la que no tuve la fortuna de conocer. Un sencillo cementerio rural del que perdura en mí el recuerdo del olor de las lamparillas de aceite mezclado con el de las flores frescas y la tierra húmeda. Y, cómo no, el cementerio de San Pedro de los Arcos en el que muchos ovetenses dijeron adiós a sus seres queridos, protagonista de tantos sucesos trágicos en el turbulento siglo XX y que, durante unos años, fue para los escolares del colegio morbosa continuación del patio de juegos. Junto con el de Santullano, los dos cementerios parroquiales que sobrevivieron hasta no hace tanto. Pero dejemos estas remembranzas para otra ocasión y centrémonos en la noche de ánimas. Antes del «truco o trato», a lo largo de toda Asturias se contaban leyendas e historias que, cuando los pequeños las escuchábamos, sabíamos que el miedo nos invadiría, sí, pero la atracción fatal se imponía. Mi madre juraba que, viviendo en Los Casones del Vallobín, vio pasar por delante de casa a una vecina fallecida hacía días. Se me erizaba el vello cuando oía contar que vecinas habían sentido la presencia de difuntos con total claridad. Y una de las leyendas más apropiada a estas fechas, en la que la frontera entre los vivos y los muertos se desdibuja, es la de la Güestia, una «hueste» o procesión de almas en pena. Como recoge, entre otros, Aurelio de Llano en su libro «Del folclore asturiano, mitos, supersticiones y creencias», eran muchos los que creían verla de noche por los caminos, vestida de blanco, con velas encendidas, tocando una campanilla y mascullando rezos y cantos fúnebres; golpeaba a las personas que encontraba a su paso y les decía al mismo tiempo que les daba un palo o una bofetada: “¡Andar de día que la noche es mía! Otras veces al cruzar campos decía: “¡Cuando nos éramos vivos andábamos a estos figos y ahora que somos muertos andamos por estos huertos! / ¡Andar, andar hasta el tueru de la figar! Los campesinos, cuando se cruzaban con la Güestia, si les daba tiempo, trazaban en el suelo un “cercu” y se metían dentro. Ese círculo era respetado por la Güestia. El clérigo Antón de Marirreguera, primer poeta en bable, escribió: «Será acaso, en estornín tornado / l’alma d’un aforcado / o la Güestia que bien del otro mundo, / y sal de los llamales del profundo». Era costumbre, asimismo, en esta noche, cenar en las tumbas de los familiares, dejar agua y pan a la entrada de los cementerios y velas o nabos ahuecados y rellenos de carbón con el fin de iluminar los caminos para guiar a las ánimas en su camino hacia la luz. En cualquier caso, mejor cruzarse con unos inocentes niños que vayan pidiendo caramelos que con esta procesión de ánimas que, vaya usted a saber, igual pasa como con las meigas: haberlas, haylas. https://www.lne.es/oviedo/opinion/2022/11/02/noche-animas-78016324.html

lunes, 24 de octubre de 2022

¡MARCHANDO UNA DE CALLOS!

¡Marchando una de callos! Sobre los templos ovetenses del tradicional guiso 24·10·22
Acabamos de dejar atrás una de las tradiciones gastronómicas más arraigadas de Oviedo: el Desarme. Seguro que muchos de ustedes disfrutaron de los garbanzos con bacalao y espinacas, callos y arroz con leche. Un manjar. Pero vamos a centrarnos en uno de los platos del menú: los callos. Cuando mis padres se iban de viaje una temporada y no me quedaba más remedio que ser autosuficiente, nunca faltaba en la despensa una lata de callos de "La Tila". En nuestras salidas montañeras de varios días, y cuando aún soportaba una mochila bien cargada, tampoco faltaba una lata de callos. Siendo niño, recuerdo las alabanzas que recibían los callos que preparaba mi tía Julia en el Pisón, en la Lloral. Me consta, asimismo, el reconocimiento del que gozaban los preparados en el Bar Tuña, en la Avenida de Colón. Y, cómo no, en una ciudad con tan dilatada y afamada tradición hostelera, no fueron pocos los establecimientos que se especializaron en este suculento plato. Acudo a "Hostelería del viejo Oviedo" de Luis Arrones, un texto esencial, y así descubrimos alguno de estos lugares. Entre 1906 y 1943, en la calle Pelayo, estuvo Casa del Rey, casa de comidas, bar y sidrería donde paraban los autobuses con servicio a Noreña y Llanera. Su especialidad, junto con los callos, era la fabada y la tortilla de setas. En un edificio de la calle Independencia, derribado para la apertura de la nueva vía Ingeniero Marquina, estuvo, desde 1911 a 1961, Casa Patas, un local bastante "desastre" pero con numerosa clientela no sólo de Oviedo. Se llegó a decir, "los mejores callos de España eran los que preparaba Casimira". Según explicaba la propia Casimira y recoge Arrones, "el secreto consistía en buscar los callos de buena calidad. Si no los encontraba en Oviedo, iba hasta El Berrón, Noreña, Pola de Siero… o bien iba encontrando unos de aquí, otros más allá". Para el Desarme llegaba a preparar hasta cien kilos. "¿Se hace usted siquiera una vaga idea de lo es nada más limpiar ochenta o cien kilos de callos? Había que rascarlos previamente para quitarles toda suciedad. Y luego, uno y otro y otro lavado hasta que quedasen blancos como la manteca. Era agotador", narra Casimira. Pero el "secretillo" estaba, además de la buena selección de ingredientes, "en que deben de llevar patas frescas de ternera, manos de cerdo y un refrito con bastante jamón. Y todo ello dejarlo cocer a fuego lento para que no se peguen. Eso es todo". Otro de los lugares en los que, junto con la merluza a la cazuela, destacaba entre sus especialidades los callos era El Cantábrico. Nació en 1875 como tienda mixta y cantina. Se ubicaba en la esquina de Nicolás Soria y la Avenida de Santander. Fue uno de los principales lugares para comer el Desarme. Curiosamente fue con el Desarme con el que se puso punto final a este local. "Hubiéramos querido cerrar primero o de mantener el negocio hasta estas fechas, haber dejado de preparar el Desarme, pero era tal la cantidad de compromisos que teníamos…". Trasladado al otro lado de la calle permaneció abierto hasta 2009. Cualquiera de estos establecimientos daría para contar mucho más. Sólo resta para completar estas líneas incorporar aquellos bares, chigres, tascas o restaurantes cuyos aromas, cantares, imágenes y sabores permanecen en sus propios recuerdos. Seguro que en alguno de ellos dieron buena cuenta de unos deliciosos callos que, ahora mismo, estarán regustando. https://www.lne.es/oviedo/opinion/2022/10/24/marchando-callos-77628751.html Foto: Bar "El Cantábrico". Cortesía de Santiago López García.

EL PILAR EN PILARES

El Pilar en Pilares Sobre las fiestas del barrio ovetense y su edición de 1934 11·10·22
Seguro que recuerda su fiesta favorita, esa que retiene en lugar privilegiado en los anaqueles de su memoria. Tal vez la del pueblo de sus padres o abuelos. Quizá la de su barrio. O la semana grande de su ciudad. Pero sea la que fuere, seguro que hay una que, al evocarla, le dibuja una sonrisa. La fiesta que a mí me marcó fue la de Vallobín, Nuestra Señora de los Ángeles, en la primera semana de agosto. Fechas en las que los banderines, los arcos de luces, los pasacalles, los caballitos y las verbenas me hacían vivir una auténtica semana mágica. Casi todos los barrios celebraban sus propias fiestas. Hoy vamos a recuperar las fiestas de Nuestra Señora del Pilar, cuya cofradía había sido fundada en 1916, muy posiblemente como contestación al derribo del acueducto el año anterior. Su presidente fundador fue Aurelio Suárez. Comenzó con veinticinco socios llegando, en sus mejores momentos, a los dos mil. Durante años, se celebraban en el entorno de los Pilares, que, como dice el álbum de las fiestas de 1934, es un barrio "amurallado por grandes terraplenes adornado por el antiguo acueducto que le dio el nombre, y cercado por el camino de ferrocarril, como reptil sudoroso y anillado, que jadea la locomotora, llenando el espacio con el negro aliento de su nariz disforme, mientras los muñecos humanos (muchos, vecinos del barrio), cual chamuscados diablejos, la alimentan y atienden con laboriosidad y esmero". El programa de festejos, de tres días, incluía concurso de bolos, conciertos de las bandas de música de la Residencia Provincial y la Musical Ovetense que "a los acordes de airoso pasodoble se situarán en distinto lugar para amenizar la gran iluminación eléctrica que se celebrará en el barrio con asistencia de gaitero, tamborilero y otros atractivos". La primera jornada concluía con la "elevación de un hermoso globo". Por supuesto, imprescindible en toda fiesta que se precie, el reparto del "sabroso bollo con chorizo y litro de exquisito vino tierra de León o una botella de vino blanco terciado de la Nava". Otro clásico en las fiestas: el partido de fútbol. En este caso "en un campo próximo a la carretera de los Monumentos". Tampoco podía faltar la romería en los campos de San Pedro con las mismas bandas de música, gaitero y tamborilero. Completaban el programa concursos de llave y rana, sorteos de "infinidad de regalos" entre los socios, sorteo de "veinte cartillas de ahorro del Banco Central de esta localidad con la imposición de una peseta entre los socios menores de siete años" y para acabar la tercera jornada, "última iluminación eléctrica en la cual se organizará alguna sorpresa para animación de los asistentes". Para el antropólogo Honorio Velasco "en la fiesta la comunidad cobra relieve. Las gentes ocupan los espacios comunes y allí, al amparo de sus símbolos materializan su identidad social. Las fiestas movilizan a todos, la participación es general y en ellas se expresa y ejerce la condición de miembro de una comunidad. Posiblemente no haya mecanismo social con tan especial magia de convocatoria y participación. La fiesta hace sociedad o, al menos, crea la ilusión de comunidad". Así lo viví yo. Y, supongo, así lo habrán vivido ustedes. https://www.lne.es/oviedo/opinion/2022/10/11/pilar-pilares-77100940.html

miércoles, 5 de octubre de 2022

UN BAR CON SOLERA

Un bar con solera La Belmontina, un establecimiento histórico en la ciudad 03·10·22
Piensen en el nombre de un bar que les resulte significativo. ¿Ya...? Seguro que no les hizo falta más de un segundo para evocar el nombre de un establecimiento que haya formado parte de sus vidas. Por no escurrir el bulto les diré alguno. La Herradura en Vallobín. Vasos de agua para mitigar la sed en medio de las diarias correrías. De casera de naranja o sifón cuando había alguna peseta en el bolsillo. Primeras partidas a la máquina del pinball. Primera televisión en color en el barrio donde los sábados veíamos los dibujos animados gracias a la infinita paciencia del bueno de Luciano... El Abuelo. Iniciación a la cerveza. ¡Y qué pinchos de tortilla! El Marvi, también en el barrio. Horas y horas de tertulia y reuniones para cambiar el mundo con un vino y, si alguien se estiraba, unas patatas bravas. Ninguno existe. El tiempo, ya se sabe, va cobrando su factura. Pero hay bares que aguantan y han visto pasar ante su barra a multitud de ovetenses. Es el caso de La Belmontina. Uno de los más antiguos de Oviedo, sino el que más. Nació en los años veinte como bar y pensión en la plaza de la Catedral de la mano de Plácido Hevia y Pilar Menéndez, apodada La Belmontina por ser originaria de Belmonte de Miranda. Tras los daños sufridos en la Guerra Civil, se instala en el rincón de la calle del Águila, donde se ubica actualmente, en un lugar que antes había sido la sacristía de la vecina iglesia de San Juan. Hace cuarenta y nueve años tomaron las riendas del negocio los tinetenses Paz Muñiz, Pacita, y Manolo, quien, ya jubilado, y como me cuenta su hija Belén, no falta a su diaria partida de chinchón. Tuve la suerte de compartir un café con Belén y sentir su cariño y pasión por un negocio que regenta desde hace trece años aunque ya desde niña colaboraba con sus padres. Hablar con Belén es sentir que estamos ante algo más que un bar. Ante algo más que un negocio. Entre esas paredes está su vida. Creo no equivocarme si digo que su mayor orgullo es constatar cada día que sus clientes se sienten como en casa. Una clientela fiel que, a su vez, atraen nuevos clientes al contagiar sus propias sensaciones. A ver quién se resiste a la calidad que ofrece en platos tan exitosos como la carne guisada, los callos, los rollos de bonito o los huevos fritos con chorizo. No en vano, como ella mismo reconoce, "La Belmontina es La Belmontina por nuestros clientes. Son nuestros amigos". Tantos años de historia hostelera en Oviedo dan para multitud de anécdotas y sucesos. Uno de los más renombrados fue el conocido como "crimen de La Belmontina". Sucedió en 1956. Unos clientes jugaban su partida de cartas. En medio de la partida surge una fuerte discusión. Uno de los jugadores, limpiabotas de profesión, sale del local corriendo. Su rival lo persigue y le da alcance en una calle próxima. De un navajazo lo mata. Un episodio que pasó a los anales de la crónica negra local. En una de sus mesas se reunían habitualmente una de esas tertulias tan frecuentes en años pasados; hubiera dado algo por asistir como discreto oyente y escuchar a Macrino Suárez, Plácido Menéndez Arango, Lorenzo Cordero y José Manuel Nebot. Pero lo importante es que hoy sus clientes siguen disfrutando de un bar que conserva parte de ese espíritu pasado pero que sigue formando parte de la rica tradición hostelera ovetense. Y por muchos años. https://www.lne.es/oviedo/opinion/2022/10/03/bar-solera-76686622.html