martes, 6 de diciembre de 2022

LAS SILLAS DEL CORO

Las sillas del coro Sobre la recuperación de la sillería gótica de la Catedral
05·12·22 Finales de los 60. Un grupo de seminaristas, en compañía del que fuera arqueólogo, profesor de Ciencias Bíblicas y canónigo magistral de la Catedral, Emilio Olábarri, visitan la parte superior del claustro de la Catedral. Espacio, como ya hemos comentado en su día, dedicado a desván con un suelo de tableros debajo de los cuales aún se podían ver panoyas, castañas y avellanas. Allí, cubierta de polvo y olvido, pasto de las termitas, se amontonaba parte de la que fuera sillería del coro de la nave central de la catedral ovetense. El obispo Vigil, en 1902, había mandado desmantelarla. En un principio fue trasladada a la capilla de Santa Bárbara hasta que en 1950 pasaron al claustro alto a la espera de su recuperación y restauración por los ovetenses Manuel Mariño y Luis Espino, bajo la supervisión y patrocinio del matrimonio estadounidense Dorothy y Henry Kraus quienes, en un magnífico libro titulado "Las sillerías góticas españolas" narran todo el devenir desde su primera vista a la Catedral hasta su restauración. Lo contado por el entonces joven seminarista y la lectura del libro de los Kraus, avivó, una vez más, mi curiosidad. Es especialmente llamativo cómo cuentan su llegada a Oviedo, un frío y lluvioso día de 1976. Entraron en la Catedral y se dirigieron hacia un sacerdote llevando en sus manos la carta que explicaba su misión proporcionada por el agregado cultural español en París. Tras leer la carta el sacerdote les dijo: "Pero queridos amigos, esa sillería ya no existe, fue destruida durante la revolución de 1934". El matrimonio Kraus le replicó que, efectivamente, la que se encontraba en la Sala Capitular había sido destruída, pero ¿qué había pasado con la otra mitad que estaba en la capilla de Santa Bárbara? La narración del momento merece la pena ser reproducida literalmente: "Quedose rígido, como abrumado por nuestra seguridad, y sus negrísimos ojos, coronados por sus cejas, igualmente negras, escudriñaban nuestros rostros alternativamente. Nos quedamos un poco asustados de nuestra osadía. Pero el sacerdote parecía más sorprendido que ofendido. Nos hizo un ademán con la empuñadura de su paraguas, como con resignación, y comenzó a desandar el camino en dirección al lugar de donde había salido (…) Proseguimos en silencio: pasamos una puerta sólidamente cerrada, subimos unas escaleras con un tejado lleno de goteras, atravesamos más puertas, utilizamos más llaves, caminamos por intrincados pasadizos y finalmente accedimos a un gran laberinto de almacenes intercomunicados, oscuros y fríos, con los sucios suelos cubiertos de un gran revoltijo de trozos de madera desmembrados, a menudo apilados en caóticos montones. Miramos al sacerdote con sorpresa. ¡Allí estaba la ‘perdida’, la extrañamente inmaterializada sillería baja procedente de la Capilla de Santa Bárbara!". Ojalá pudiese reproducir el resto del relato porque irradia por igual sorpresa, pena por el lamentable estado y un aprecio y consciencia del incalculable valor de aquellos trozos de madera dañada por las termitas y la putrefacción y que, prácticamente, se deshacían en sus manos. Pero allí estaban aún un ángel apoyado en un arpa, un bufón con gorro y cetro; un árbol lleno de pájaros gorgojeantes o un león de espesa melena. Junto con los restos de la sillería se encontraban cientos de libros antiguos esparcidos por el suelo. Restos del más valioso patrimonio que la historia de la ciudad, que la historia de la Catedral, tanto monta, nos había legado. Continúa el relato: "Cuando ya abajo nos quitábamos la mugre de manos y cara y nos cepillábamos el polvo de la ropa, nos sentimos incapaces de reprimir lo que pudo haberse considerado un reto insolente. El clérigo mismo reconocía la calidad única de la vieja sillería. Entonces, ¿cómo él y sus colegas podían permitir que ese arte maravilloso se desmoronase? ¿Por qué no se había restaurado y devuelto a la Catedral?". La respuesta, como podrán imaginar, tiene que ver con la disponibilidad de presupuesto. A lo que los visitantes norteamericanos respondieron: "Vamos a intentar establecer contacto con ciertas personas de nuestro país que quizá puedan ayudarnos". En la despedida, el clérigo escribió su nombre en la agenda de los visitantes: Demetrio Cabo. Deán. "Al leerlo, confusos, nos sonrojamos. ¿Era el deán de la Catedral a quien habíamos estado tratando tan arrogantemente?". Este fue el primer capítulo de una larga historia que concluyó con la restauración de una parte de la sillería de madera de nogal negro que inicialmente constaba de sesenta y nueve sillas, cuarenta y cuatro del coro alto y el resto del bajo, encargada por el obispo Juan Arias del Villar a un autor desconocido y concluida en 1498. Desde marzo de 1983 veintiocho sillas permanecen en la Sala Capitular. Para los Kraus, sillerías góticas esculpidas completamente, como la de Oviedo, son muy poco comunes en España. La sillería ovetense es de las mejores: sus baldaquinos son los más bellos de España; los respaldos, que constan de bustos de apóstoles y profetas, son también de la más alta calidad. Un motivo más para sentirnos orgullosos de nuestro rico patrimonio. Y un devenir que nos invita e incita a estar alerta para que ningún elemento artístico, histórico o arquitectónico sea motivo de olvido, maltrato o abandono. https://www.lne.es/oviedo/opinion/2022/12/05/sillas-coro-79566600.html

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