Contar lo que ves, lo que a veces piensas, lo que en determinadas ocasiones sientes... compartir una parte de tu vida en definitiva. Un blog es como abrir una pequeña ventana a tu entorno. Como dice Luis Rojas Marcos: "Internet es positivo porque nos une, nos conecta. El estar conectado nos prolonga la vida y no solamente añade años a la vida, sino vida a los años". Y Oviedo, siempre.
lunes, 27 de diciembre de 2021
TEATRO CELSO
Teatro Celso
El ocio en la ciudad a comienzos del siglo XX
27·12·21
Si pensamos en teatros de Oviedo, a buen seguro que pensamos en el Campoamor y en el Filarmónica. Pero hubo más. Y más reciente que el teatro del Fontán, construido como corral de comedias en el siglo XVII y derruido, a excepción de su fachada, en 1901. Hoy, el solar que ocupaba es la biblioteca Pérez de Ayala. En la calle Quintana tuvimos otro, el Teatro-Circo Abruñedo, construido en 1883 según diseño de Juan Miguel de la Guardia. Fue destruido por un incendio el 12 de julio de 1893. En la calle Cimadevilla se ubicaba el teatro Ovies, en el lugar que había ocupado la capilla de San Nicolás, con 400 localidades. Queda pendiente una mirada a sus interesantes historias. Y a lo que vamos: el 17 de mayo de 1906 se inauguraba en la calle Jovellanos, donde se ubica actualmente el Hotel España, el Teatro Celso, un magnífico edificio fruto, una vez más, de la creatividad del gran De la Guardia (¿para cuándo su reconocimiento como hijo adoptivo?). Tenía dos espacios diferenciados, uno dedicado al teatro y otro como café restaurante. Su impulsor fue Celso Granda Álvarez-Buylla, comerciante local con raíces en Pola de Lena y hermano del pintor y orfebre Félix Granda. La prensa de la época se hacía eco de la noticia de la inauguración: “El acaudalado comerciante don Celso Granda acaba de construir un teatro que según noticias es elegantísimo y responde perfectamente a todas las exigencias modernas”. Para su inauguración se contrató a una compañía cómica que puso en escena dos comedias, “El amor que no pasa” y “El Nido”. El teatro, en su temporada inaugural, representaba “funciones de abono los jueves, sábados y domingos, dividiendo el espectáculo en secciones durante los restantes días de la semana. El empresario del nuevo coliseo es muy felicitado por la brillantez con que ha realizado su propósito. Pocos días después de la inauguración, tuvo lugar el primer concierto organizado por la Sociedad Filarmónica de Oviedo, promovido por un grupo de mecenas, entre quienes estaba Plácido Álvarez-Buylla González Alegre, primo de Celso”. Además de la música clásica el teatro ofrecía cinematógrafo, teatro por horas, varietés o zarzuelas. La apertura del teatro fue un revulsivo para la vida social de Oviedo, pero no todos lo veían con buenos ojos. Como narra Carlos del Cano en su magnífico trabajo “Historias del ocio de Oviedo”, donde detalla la historia de este y otros teatros locales, “con la iglesia topó el Sr. Granda, que no veía con buenos ojos los espectáculos paganos que ofrecía y, desde las páginas de los periódicos afines emprendió una campaña de desprestigio y acoso contra el nuevo teatro al que acusaban de programar espectáculos eróticos y subidos de tono en sugerencias sexuales” Quizá debido a este acoso contra su persona o que su rentabilidad no era la esperada, Granda desistió de continuar y se orientó a otros negocios.
En 2013, con motivo de la vigésima edición de LibrOviedo, la asociación de libreros editó un facsímil del álbum impreso en 1906 con motivo de la inauguración. En ese álbum, Celso Granda escribió: “Este flamante edificio, que tu protección espera, te lo brindo, pueblo amado, para que en él te diviertas y goces las sensaciones que en la vida te despiertan, basadas en la moral, en la cultura y la ciencia, como exige el buen vivir, como exige la grandeza de la culta sociedad en la clásica tierra. Sí, pueblo, lo que te ofrezco con mi voluntad sincera has de apreciarlo tan pronto que el ‘Celso’ abra sus puertas”.
Los daños sufridos tras la revolución de 1934 y la guerra civil acabaron con otro magnífico edificio del que, lamentablemente, ya no disfrutamos los ovetenses.
https://www.lne.es/oviedo/opinion/2021/12/27/teatro-celso-61047963.html
martes, 21 de diciembre de 2021
ARDE OVIEDO
Arde Oviedo
20·12·21
No siempre la Nochebuena fue una noche de paz en Oviedo. Hace 500 años, en 1521, la Nochebuena ovetense no tuvo nada de buena. Un devastador incendio arrasó buena parte de la ciudad. Como Carballo escribió: “toda la ciudad se abrasó dentro de los muros, si no fue la Santa Iglesia que quedó libre en medio del incendio, aunque el maderage y andamios de una torre, que se iba haciendo, se quemó también”.
Aunque lo más probable es que se produjera en casa del armero Alonso de Trexo, suele atribuirse el origen del fuego a un horno de pan que, desde entonces, fueron desterrados extramuros, a la zona del Campillín. Por la zona de la Puerta Nueva llegaban a la ciudad los que venían de jácara de la zona de San Esteban y aledaños, por donde había varios lugares de “dudosa reputación” y, claro, mal se hospeda el que llega tarde a la venta; se encontraban cerradas las puertas así que no había otra que quedarse al calorcillo de los hornos, lo que les valió el felino apelativo de “gatos del forno”, gentilicio que se hizo extensivo a los ovetenses aunque nunca superó al de carbayones. A estos Fermín Canella definía como “gente ruidosa y desocupada que se recogía y descansaba de sus correrías en los hornos de extramuros, donde recibieron el apelativo de gatos, tal vez porque arañaban hogazas de boroña y pan de bregadera”.
Sobre el incendio da detallada información Tirso de Avilés, canónigo de la Catedral: “Encendiose en la calle de Cima, en las casas de Alonso López, que a la sazón eran las de Juan González de Oviedo, su yerno. Vivía en ellas Alonso de Trexo, armero yerno de Diego de la Rosa. Quemó toda la calle de Cima y el Hospital de San Juan, e iglesia de San Juan, e todo el barrio de la Chantria e Lonja fasta la puerta de la Gascoña. Y encendiose parte de San Pelayo. Y matóse con la mucha gente que acudió. Y ansí la calle del Portal, que es la calle detrás de San Tirso, e ansí mesmo quemó la calle que se dice de Solazogue fasta casa del Doctor de León, e del Cantón de la Barbería, fasta el Hospital de San Julián, e de la otra parte fasta las casas de Pedro Juárez de Poago, que es en la Ferrería. Y ansí mesmo se encendió la iglesia de San Salvador, que es la iglesia mayor, y quemose todo el maderage de la torre principal, que se hacía entonces de nuevo, e púsose el fuego en el maderage de las capillas de lo alto de dicha iglesia. Y matóse, aunque no fizo mucho daño. Ansí que quemó todo lo demás de la dicha ciudad, según dicho es”.
No solo los hornos fueron expulsados extramuros. Diversos oficios tuvieron que desplazarse fuera de las murallas. Tal fue el caso de zapateros, correeros, vaineros, cerrajeros, armeros o herreros que trasladaron sus fraguas de la calle Ferrería a los Corrales. El incendio trajo más consecuencias. Por una parte, en febrero de 1522 se aprobaron nuevas directrices que imponían el uso de materiales que impidiesen el rápido avance del fuego, distancia mínima entre edificaciones y la prohibición de balcones y colgadizos así como mantener una alineación advirtiendo que ninguna persona fuera “osada de facer lo contrario so pena de çincuenta mil maravedises para la cámara e fisco de sus magestadaes”. Por otra parte, para ayudar a la ciudad a sobreponerse, el Emperador Carlos V concedió el privilegio de un mercado franco los jueves de cada semana “porque la dicha cibdad se quemo el año pasado de quinientos et veinte et un años”.
Quinientos años de una efeméride que conviene recordar. Oviedo, nunca mejor dicho, resurgió de sus cenizas. En estos tiempos de tribulaciones e incertidumbres no vienen mal ejemplos de superación, esfuerzo común y esperanza.
https://www.lne.es/oviedo/opinion/2021/12/20/arde-oviedo-60858426.html
lunes, 13 de diciembre de 2021
OLALLA, COMO UN CUENTO
Olalla, como un cuento
La historia de la patrona de Oviedo
13·12·21
Voy a contarles una historia que casi podría pertenecer al género de los cuentos si no fuera porque, aunque milenaria, es tan real como trágica. En una lejana ciudad llamada Emérita Augusta, nació una niña a la que llamaron Eulalia. Corría el año 292. Era hija de un senador romano, Liberio. Como toda su familia practicaba una joven religión que se extendía por el imperio: el cristianismo.
Esa nueva creencia no era del agrado del todopoderoso emperador Diocleciano, por lo que prohibió el culto a Jesús ordenando adorar a ídolos paganos. Los padres de Eulalia temían por su vida, por lo que optaron por llevarla a vivir al campo. De nada sirvió. La joven Eulalia decidió regresar a Mérida. Cuenta la tradición que después de un viaje pleno de sucesos milagrosos arribó a la ciudad el 10 de diciembre del año 304. La joven, temeraria, tenaz y valiente, se presentó ante el gobernador Daciano para protestar por una orden que consideraba injusta y que, como tal, no podría ser acatada por los cristianos. El gobernador intentó persuadir a Eulalia con regalos y promesas; vano intento. Eulalia se mantenía firme. Así que el gobernador le enseñó todos los instrumentos de tortura: “De todos estos sufrimientos te vas a librar si le ofreces este pan a los dioses, y les quemas este poquito de incienso en los altares de ellos”. Eulalia tiró el pan, echó por el suelo el incienso y le dijo: “Al solo Dios del Cielo adoro; a Él únicamente le ofreceré sacrificios y le quemaré incienso. Y a nadie más”. Eulalia había sellado su suerte. El juez ordenó que la golpearan con varillas de hierro y que sobre sus heridas colocaran antorchas encendidas. Consecuente y coherente con su fe. Así murió.
Cuenta el poeta Prudencio que, al morir, la gente vio una blanquísima paloma que volaba hacia el cielo, y que los verdugos huyeron llenos de pavor y de remordimiento por haber matado a una criatura inocente. La nieve cubrió el cadáver y el suelo de los alrededores, hasta que varios días después llegaron unos cristianos y le dieron honrosa sepultura al cuerpo de la joven mártir. Poco después, en el sitio de su sepultura, se levantó un templo en su honor. ¿Y cómo acabó en Oviedo? Según el Obispo Pelayo: “Tras la muerte de Aurelio le sucedió Silo en el reino (..) Llegó a la ciudad que llaman Mérida y sacó a la Santísima virgen Eulalia, que había sido allí muerta y sepultada por los cristianos, del sepulcro en el que yacía y la metió en una caja que él mismo había mandado hacer. Y halló también la cuarta parte de la cuna de esta Virgen la cual, con la virgen santa Eulalia, trajo consigo a Asturias, al territorio de Pravia (..) Después de unos años, el Rey Alfonso el Casto trasladó la ya nombrada virgen Eulalia y la antedicha parte de su cuna a la iglesia de San Salvador de la sede de Oviedo, que él mismo había establecido, y la colocó en el tesoro de San Miguel Arcángel, colgando la caja con Santa Eulalia de la cadena de hierro que pendía sobre el Arca, en la que se esconden las varias y numerosas prendas de los santos. La parte de la cuna era costumbre llevarla al coro, para veneración de los fieles en el día de su festividad”. Esa tradición de venerar la cuna, habitual ya en el siglo XII, cambió, con el paso del tiempo, por la costumbre de llevar ante el altar la arqueta que contiene las reliquias de la santa, en una celebración en la que solía participar la Corporación Municipal. Ese arraigo de Santa Eulalia en Oviedo se tradujo, desde el 16 de febrero de 1639 por concesión del Papa Urbano VIII, en el nombramiento de santa Eulalia como patrona de Oviedo además de la provincia y de la diócesis. Olvídense de San Mateo y del Salvador. Unos cardan la lana y otros llevan la fama podría pensar de San Mateo nuestra Olalla; qué le vamos a hacer. En tiempos pasados, con motivo de la concesión del patronazgo, se celebraban en la ciudad festejos religiosos y profanos. En el acta capitular conservada en el Archivo de la Catedral. y recogido en el libro “Las reliquias de San Salvador” de Enrique López Fernández, leemos: “Que salgan los trece capitulares de a caballo y con la mayor modestia y compostura acompañen el Guión donde vaya el Breve del Patronazgo. Que el Magistral busque libros en la biblioteca para escribir la historia de la Santa. Que se corran toros, que se cante misa solemne y que predique el Sr. Obispo, que los prelados de las religiones asistan a Vísperas, Misa y Comedias. Y como parecen pocos los Capitulares de a caballo, que salgan también el maestro de la Capilla y el organista y los que tengan caballo. Que nadie suba a la torre para evitar desgracias en los fuegos de artificio. Que se pongan las ropas más ricas en la sacristía”.
Al respecto de la posesión de las cenizas de Santa Eulalia también hubo sus tiranteces entre Mérida y Oviedo. Ese debate llevó a Antón de Marirreguera a componer “Cuando examen les abeyes”. Texto que se consideran entre los primeros escritos en asturiano: “Dirán ellos: morrió acá; /diremos nos: non morrió, / que está viva pa Asturies, /si está muerta pa vos (..) /Ella está mui bien acá. /L’otro vaya per ú fo, /porque están del nuestru llau /l’obispu y gobernador. /Nosotros los del capote, /cual con un ral, cual con dos, /seguiremos esti pleitu /fasta llevalu ante Dios”.
Quizá la ciudad debería hacer algo más por mantener vivo el recuerdo de nuestra patrona protagonista de esta historia con tintes casi de cuento pero que encierra un testimonio de firmeza, valentía y coherencia que reconforta en estos días. La joven Olalla no pasó desapercibida para Federico García Lorca que le dedicó estos versos: “Nieve ondulada reposa / Olalla pende del árbol/ Su desnudo de carbón/ tizna los aires helados / Noche tirante reluce/ Olalla muerta en el árbol”.
https://www.lne.es/oviedo/opinion/2021/12/13/olalla-cuento-60602937.html
jueves, 9 de diciembre de 2021
LOS CLARISOS
Los clarisos
La oposición de un grupo de intelectuales contra la intervención de 1962 en el convento de Santa Clara
06·12·21
Si Oviedo tuvo la desgracia de ver cómo una gran parte de su rica herencia arquitectónica, artística o natural se perdía por diversas causas, no es menos cierto que tampoco faltaron voces que clamaron contra estos dislates. Tal es el caso de un grupo de ovetenses que, merecidamente, recordamos hoy. Merecidamente porque, con el fin de preservar una parte de la historia ovetense como era el convento / cuartel de Santa Clara, confrontaron con unas autoridades que, en 1962, no eran muy proclives a admitir discrepancias. Lo definía bien Javier Neira hace una década en las páginas de este diario: “De un lado, las todopoderosas autoridades franquistas: del otro un puñado de ilustrados que fueron motejados como ‘los clarisos’. Aceptaron el nombre supuestamente ridículo y lo convirtieron, con orgullo, en una divisa de la insumisión ante la prepotencia y la ignorancia de los jerarcas de la época. Un hito de sensibilidad hacia nuestro patrimonio cultural”. El 13 de septiembre de 1962 publicaron un manifiesto que, obviamente, no pasó desapercibido. Decía así: “Celebrándose ya como inminente la total o parcial destrucción de Santa Clara, con casi general aplauso de autoridades, prensa y público ovetenses, los que suscriben, sin dejar de rehuir toda polémica sobre un asunto en el que creen solo debieran entender los organismos competentes, desearían hacer notorio su inútil sentimiento ante esta nueva pérdida, a la que como adhesión al vituperado monumento, se declaran públicamente ‘clarisos’, sin olvidar que por ello tendrán que compartir los pocos deseables remoquetes prodigados actualmente al edificio, pero deseosos ante todo de que conozcan su sentir las demás personas que hoy o en el futuro puedan deplorar el derribo. Seguros de que tendrá usted la atención de ordenar que el periódico publique estas líneas, le quedan muy reconocidos, Manuel Álvarez Buylla, Manuel Cueto Guisasola, J. María Estrada, José Mª Fernández Pajares, A. del Fresno, José Manuel González, Paulino González Sandonis, Joaquín Manzanares, Emilio Marcos Vallaure, Bernardino Maside, J. Meana Feito, A. Rodríguez, Antón G. Rubín, Juan Ignacio Ruiz de la Peña, Eugenio Tamayo, José Ramón Tolivar Faes, Juan Uría Riu”.
nullLos clarisos
Unos días más tarde, el 22 de septiembre, LA NUEVA ESPAÑA, tras la recepción del manifiesto, publicaba: “Hemos recibido la extraña carta que más abajo reproducimos. Después de un silencio de años, por lo que asomarse a los órganos de información y opinión se refiere, los “abajo firmantes” se deciden a “salir en los papeles” cuando ya no caben más soluciones para Santa Clara que la que ya está a punto de realizarse. Entendemos, por ello, que ‘los abajo firmantes’ desean algo parecido a ‘anunciarse como clarisos’. En este supuesto, el camino más indicado es el de nuestra Administración, sección de publicidad, o bien el envío de tarjetas de visita. De todas formas, consultadas las normas pertinentes, teniendo en cuenta las facultades discrecionales de la Dirección y sin que sirva de precedente, accedemos gustosos a insertar la carta en la que diecisiete vecinos de Oviedo hacen profesión de fe ‘claricista’. Con respecto a algunos aspectos de la carta, que pueden ser objeto de comentario del lector, estimamos interesante concretar tan solo estos dos puntos:
a) La historia de Santa Clara en los últimos años ha quedado certeramente recopilada, en toda su versión, por el alcalde de Oviedo, a través de las declaraciones que uno de estos días publicamos.
b) En cuanto a que del asunto de Santa Clara sólo ‘debieran entender los organismos competentes’, el caso está diáfano: los ‘organismos competentes’ han dictaminado a tiempo y ni Santa Clara ha sido declarado monumento nacional ni ha merecido la atención del Ministerio de Educación Nacional –al que pertenece la Dirección General de Bellas Artes–, hasta el extremo de que el entonces titular manifestó rotundamente al alcalde de la ciudad que su Departamento no invertiría un solo céntimo en el edificio. Entre el cúmulo de anécdotas que en torno a Santa Clara se tejieron y que el público no conoce, no está de más airear una en estos momentos. Cierta personalidad de relieve, incluso internacional en el campo arqueológico e histórico, miembro de la Academia de Historia, cuando ahora hace un año, poco más o menos, conoció Santa Clara, se expresó en estos términos: ‘¿Y por esta porquería (ponga el lector otra palabra menos limpia) nos han traído de cabeza a los académicos?’””.
Pues bien, una vez más un edificio histórico en peligro con una parte de la administración interesada en dejarlo caer. Y por otra, ovetenses preocupados por su historia, por su cultura por su ciudad. Que nunca nos falten. Sirvan estas líneas como homenaje, reconocimiento y gratitud a los clarisos de 1962 y a todos aquellos “clarisos” que siguen sintiendo y queriendo el patrimonio ovetense como algo propio.
Lo que es de todos entre todos debemos cuidarlo.
https://www.lne.es/oviedo/opinion/2021/12/06/clarisos-60362381.html
lunes, 29 de noviembre de 2021
LO NUESTRO (III)
Lo nuestro (III)
La demolición de la antigua estación del Ferrocarril Vasco Asturiano
29·11·21
Continuamos hoy con esa mirada retrospectiva sobre el patrimonio perdido, no exenta de rabia y pena. Damos otro pequeño salto en el tiempo; esta vez algo más cerca. Al 3 de noviembre de 1989. Ese día Feve, al amparo de la licencia concedida a finales de julio, inició el derribo de la Estación ovetense del Ferrocarril Vasco Asturiano. La compañía negaba que el rápido inicio de las obras tuviera que ver con la reciente creación de la plataforma pro Vasco que perseguía la declaración de Bien Cultural del edificio. Para la joven plataforma cívica, la empresa “precipitó arteramente” el derribo. Obviamente Feve lo negaba, pero esto de las prisas no supone una novedad. Al mediodía, la demolición se consumó. La plataforma manifestaba que “su premeditación, alevosía, prepotencia, chulería y desprecio por la opinión pública, sólo es comparable a su rapacidad. Feve está expoliando a todos los asturianos al destruir su patrimonio cultural, pero también está haciendo un fabuloso negocio al traficar con el patrimonio público”. Consideraban al Ayuntamiento “cómplice de este crimen, al llegar a un acuerdo con la empresa en el que lo único que se obtuvo para la ciudad es daño, burla y vergüenza”. De nada sirvieron las gestiones ante el gobierno autonómico; el derribo era un hecho. El alcalde, Antonio Masip, quien posteriormente manifestaría en varias ocasiones que lamentaba “no haber hecho más por evitar el derribo”, declaraba entonces que “se trataba de modernizar un espacio sin valor extraordinario”. El alcalde se justificaba con el argumento de que “era un reto acabar, no con la estación, sino con la suciedad, y resolver el importante problema que plantea la medianera de la calle García Conde”. Entre las voces críticas se encontraba la de Juan Benito Argüelles, presidente de Tribuna Ciudadana y miembro de la plataforma, quien aseguraba que se trataba de “una pérdida grande para la ciudad”. Recordaba Juan Benito la conversión en museo de la estación parisina de Orsay y lamentaba el cambio de actitud de algunas autoridades que “cuando no lo eran, se manifestaron en contra del derribo de la casa de Concha Heres”. Para el arquitecto Nicolás Arganza, miembro de la Comisión de Patrimonio, la estación “debería haberse recuperado para el Museo del Ferrocarril porque tiene elementos bastante valiosos y habría significado el reconocimiento histórico de un monumento que ha influido bastante en la formación de la ciudad”. De lo que no cabe duda es que bien por decisiones erróneas, por conflictos bélicos o por cómplices intereses especulativos, Oviedo dejó por el camino en el último siglo construcciones de incalculable valor histórico y arquitectónico. Mirar al pasado debería servir, al menos, para aprender de los errores y, actualmente, para que prevalezca el sentido común y la voluntad de preservar aquellos elementos de interés para nuestro futuro. Hoy se sigue menospreciando patrimonio, sea en forma de una “simple” farola centenaria que para nada estorbaba, o, como en el caso del mosaico del Paseo de los Álamos, sin duda, una obra de arte de las de mayor relevancia de la ciudad. O el Naranco, amenazado por una innecesaria y anacrónica autovía. Nos habrán arrebatado el Carbayón, los Pilares, el chalet de Concha Heres, el de Olivares y tantos otros; El Fontán, El Vasco o amenazado elNaranco, pero de todos ellos queda un grito silencioso y rebelde en el espíritu de muchos ovetenses; ese, nadie nos lo arrebatará.
https://www.lne.es/oviedo/opinion/2021/11/29/iii-60090139.html
lunes, 22 de noviembre de 2021
LO NUESTRO (II)
Lo nuestro (II)
La demolición del chalé de Concha Heres
22·11·21
Hace unas semanas dirigíamos la mirada a capítulos perdidos de nuestro patrimonio histórico y cultura. Páginas deshilachadas de ese Oviedo perdido que hoy seguimos recordando. En 1930, a raíz del derribo de las casa que conformaban la plazuela de la Catedral, catorce ovetenses firmaron una carta escrita por Ramón Pérez de Ayala y que se conocería como “Manifiesto de la piqueta incivil”. En ella lamentaban: “De nuevo la piqueta incivil amenaza la fisonomía histórica de una urbe milenaria y pulcra”. Y es que “Doña Piqueta”, como acertadamente la bautizó Carmen Ruiz-Tilve, siempre estuvo atareada en Oviedo. Seguimos hoy con el triste repaso de una nómina que, lamentablemente, no es pequeña. En ella, entre otros, encontramos hoy, el perdido Convento de San Francisco, al que dedicamos hace unas semanas estas líneas. O la antigua iglesia de San Isidoro, ubicada en la plaza del Paraguas y cuyo pórtico, salvado en 1952 gracias a la iniciativa de Aurelio de Llano, permanece en el Campo San Francisco a la espera de un mínimo y necesario lavado de cara. Es imposible no lamentar hondamente, al contemplar fotos antiguas de Oviedo, la pérdida de chalés como los de Tartiere, Vereterra, Villa Ubalda, Marqués de Aledo o el de Hermógenes Olivares en la esquina de Uría y Toreno. Joyas que, junto con otros muchos edificios perdidos por distintas causas, configurarían una ciudad de incomparable valor arquitectónico. Y ya que andamos por Toreno, vamos a dar un pequeño salto en el tiempo.
Concretamente, al 26 de junio de 1978. A primera hora de esa mañana, tal como narraba LA NUEVA ESPAÑA, “entraron las máquinas en la finca de Concha Heres para iniciar una operación que se ha llevado con gran sigilo, sin ningún preparativo, en evitación claramente de una reacción de las fuerzas populares locales, lo que acabó por producirse”. Pese al inicio del derribo, se paralizó la demolición por decisión del recién nombrado gobernador civil, Fernando Jiménez López. Esa misma tarde se había reunido con la activa Plataforma para la Defensa del Patrimonio Artístico y Cultural de Asturias y varios políticos. Tras el encuentro, el gobernador contactó con el segundo teniente de alcalde, en funciones de alcalde, para que ordenase la paralización del derribo y dar tiempo a los abogados del Estado para estudiar la demolición. Intereses del Banco de España, de los propietarios, la familia Masaveu, quienes pese a obtener licencia prometieron que no demolerían, y tras un rocambolesco proceso urbanístico, por arte de birlibirloque el edificio pasó, en menos de tres meses, de estar en el catálogo de edificios a conservar a estar descatalogado y a ser demolido. La Plataforma albergaba esperanzas de reconstruir lo derribado; vanas esperanzas. Vean: 15 de junio. La Comisión Municipal Permanente atendía el recurso presentado por los propietarios del edificio, contra el acuerdo denegatorio de licencia. El 30 de marzo la Comisión Municipal Permanente había denegado la licencia y al día siguiente, 31 de marzo, el Pleno aprobaba la catalogación de edificio a conservar, presentado por la Plataforma para la Defensa del Patrimonio, en el que se incluía la finca de Concha Heres. De ahí a la descatalogación. La Plataforma no desesperaba en su lucha contra el tiempo para salvar el palacete. El mismo 31 de marzo publicaba una nota que, poco tiempo después, sonaba a broma: “El Ayuntamiento con sus acuerdos ha sabido recoger los deseos de una amplia mayoría de la opinión asturiana y ovetense en particular. Consideramos que los concejales han dado muestras de un elevado civismo en este primer paso en la lucha de la ciudad por su patrimonio artístico y especialmente de sus valores urbanísticos. Por todo ello, colectiva e individualmente, los grupos y personas integrantes de esta Plataforma les felicitamos calurosamente y les reiteramos nuestro apoyo y, en su caso, nuestra colaboración”. Como ven, visto lo ocurrido, alguno pensaría para sí: “¡Qué ocasión perdida de habernos callado!”. El periodista Orlando Sanz escribía irónicamente: “Oviedo se desayunó ayer con una grúa, que resultó bastante peor que un sapo. A muchos ovetenses se les atragantó el desayuno y algunos niños llegaron tarde al colegio por entretenerse en la contemplación de la eficacia demoledora de la grúa. Esos niños que en su ensimismamiento acaban por plantearse la duda televisiva de los donuts o la cartera. Tenían razón los concejales que no querían fiarse de las promesas: de alguna manera nos hemos quedado sin los donuts y sin cartera”. Una vez más, añado.
Y, como no hay dos sin tres, dejamos en el tintero, por eso de no extenderlo en demasía, alguna muestra más. Continuará.
https://www.lne.es/oviedo/opinion/2021/11/22/ii-59800637.html
miércoles, 17 de noviembre de 2021
LEÓN SALMEÁN: CIENCIA EN OVIEDO
León Salmeán: ciencia en Oviedo
El catedrático de Química de la Universidad que inició los registros meteorológicos en la ciudad
08·11·21
Se dice que en Oviedo, mucho antes de la era de las aplicaciones del tiempo que todos llevamos en el bolsillo e, incluso, anteriormente a que Mariano Medina, el “hombre del tiempo”, entrase en nuestras casas con aquellos mapas artesanales con borrascas, anticiclones e isobaras en blanco y negro, si querían saber si iba a llover miraban hacia La Cuesta. Si estaban tendidas las sábanas al verde no hacía falta coger el paraguas; las lavanderas naranquinas habían adquirido buen saber en cuestiones meteorológicas por la cuenta que les traía. Pero parece que las lavanderas siempre despertaron recelos. Primero fue la lavadora “Duplico”. En su agresiva publicidad clamaba: “Naranco, pulmón de Oviedo, cuyas brisas purifican el aire morboso de la ciudad, constituye, por sus lavaderos –donde se limpia la ropa de la mayor parte de los ciudadanos– un gravísimo peligro para la salud pública. ¡Cuántas enfermedades contagiosas habrán sido transmitidas por este vehículo al que tan poca importancia se le concede!”. Ahí queda eso. Y en 1851, en la torre del edificio de la Universidad en la calle San Francisco, se estableció el primer observatorio meteorológico, así que, a partir de ahí… Pero a lo que vamos.
Plaza de Riego y edificio de la Universidad, con el observatorio en la torre, en una postal de los años 30.
El responsable de este antecesor del observatorio del Cristo, establecido en 1972, es León Pérez de Salmeán y Mendayo. Nació en Madrid en 1810 aunque se trasladó en su juventud a Oviedo para estudiar Ciencias Naturales y Farmacia. En 1831 le conceden una cátedra de química aplicada y en 1834 obtiene una plaza de catedrático en la Universidad de Oviedo. Fue catedrático de química general aplicada, de física experimental, de historia natural y fisiología. Ejerció también su labor docente en el Instituto de segunda enseñanza y en la escuela para obreros dirigida por la Sociedad Económica de Amigos del País. Dirigió, asimismo, el Jardín Botánico, la Academia de Matemáticas que él mismo había fundado y el citado observatorio meteorológico. Como ejemplo de su celo científico, consta que León subía cada día a la torre a las 9 de la mañana, al mediodía y a las nueve de la noche. Anotaba la temperatura máxima y mínima, precipitaciones si las hubiere, y la velocidad del viento. El 1 de marzo de 1851 efectuó su primera anotación convirtiendo así a Oviedo en la ciudad con la cuarta serie de mediciones más antigua de España; las primeras se obtuvieron en Cádiz en 1778. Posteriormente, distintos catedráticos subían cada día a la torre. Así fue hasta 1936; sólo una excepción anterior: octubre de 1934. Un proyectil cayó sobre las torre y destruyó la escalera por la que accedían. Tras la guerra civil continuaron haciéndolo hasta que entró en funcionamiento el observatorio actual.
Otra participación de Salmeán en la vida de la ciudad fue su responsabilidad en uno de los primeros alumbrados ovetenses. Si bien podemos considerar el 15 de agosto de 1892 como la fecha de puesta en marcha del alumbrado eléctrico en Oviedo gracias a la central de Santa Clara, llamada así por ubicarse en terrenos que habían pertenecido al convento femenino franciscano. Constaba de dos calderas de vapor que daban energía a tres motores con tres dinamos “Graunme” con una potencia cada una de ellas de 25 kilovatios. Pero antes, hubo un alumbrado con motivo de las fiestas mateínas y Salmeán fue el responsable.
León ocupó el rectorado entre 1866 y 1867 y entre 1868 y 1884. Falleció en Oviedo el 2 de septiembre de 1893 tras vivir en la ciudad más de setenta años.
Queden hoy estas líneas como recuerdo de un hombre que vivió por y para la ciencia contribuyendo a hacer el mundo que le rodeaba un poco mejor.
https://www.lne.es/oviedo/opinion/2021/11/08/leon-salmean-ciencia-oviedo-59282921.html
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