lunes, 17 de mayo de 2021

LOS ENIGMAS DE SANTA MARÍA DE NARANCO

EL OTERO

Los enigmas de Santa María de Naranco

Las diferentes teorías sobre el origen y usos de una de las joyas del Prerrománico asturiano


17·05·21

Es comúnmente aceptada la tesis de que Santa María de Naranco fue concebida como palacio de recreo, aula regia o pabellón real que, junto a San Miguel de Lillo, formaría un complejo arquitectónico o conjunto palaciego único. Así lo aprendimos y así todavía se explica aún o se lee en multitud de páginas web. 

Parte superior del arco que afloró en las excavaciones de 1998 junto a Santa María de Naranco. 

Mi curiosidad e interés por estos monumentos me llevó a leer distintos textos que, para mi sorpresa, hacen cuestionar esta creencia. Uno de ellos es un trabajo de 1884 del imprescindible Fermín Canella: “Ara inscripcional de Santa María de Naranco” (nótese que utiliza la preposición, no el artículo por considerar que este sería el topónimo correcto como en el caso de San Miguel sería Lliño); pues bien, ya en el inicio habla Canella “de los templos de San Miguel y de Santa María, fundados por Ramiro I, que levantó sobre aquellos agrestes sitios otros edificios de gran valía, que el tiempo voraz echó por tierra”. 

Hay otro dato que captó mi atención: la inscripción en el ara de Santa María. Canella completa la traducción con la ayuda de Ciriaco Miguel Vigil y Manuel Fernández de Castro y Menéndez Hevia, catedrático de Latín del Seminario Conciliar, canónigo penitenciario de la Catedral y posteriormente obispo de Mondoñedo; por cierto, autor de la primera traducción al asturiano del Evangelio de Mateo, publicada en Londres en 1861. En la inscripción del ara se lee: “Cristo hijo de Dios, que en el vientre virginal de la bienaventurada María entraste sin humana concepción y saliste sin corrupción. Que por tu siervo Ramiro, príncipe glorioso, con Paterna reina, su mujer, renovaste este templo por su excesiva antigüedad consumido y por ellos edificaste esta ara de bendición a la gloriosa Santa María en este lugar santo, óyelos desde tu habitación de los cielos y perdona sus pecados. Que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amen. A nueve días de las calendas de julio de la era 886”. Cuestiona, por tanto, Canella la teoría palaciega de Santa María asentada entonces principalmente por Amador de los Ríos, miembro de las Reales Academias de la Historia y las Bellas Artes de San Fernando. Años después, en 1947, el arqueólogo alemán Helmut Schlunk, del Instituto Arqueológico Alemán, también contribuyó a consolidar el relato tradicional del conjunto palatino integrado por un edificio civil y una capilla regia. Volviendo al ara fundacional, parece que esta refleja claramente su concepción religiosa, aunque también hay estudiosos que sostienen que esta podría provenir de San Miguel de Lliño y que, tras su ruina, se habría trasladado al edificio palaciego. 

Canella no solo está seguro del origen eclesial de Santa María. Está convenido de la existencia de un tercer edificio destinado a uso civil. Se basa en actas del Cabildo ovetense de principios del siglo XVI. De una de estas actas del 21 de marzo de 1511 se derivaría la prueba de la existencia de un palacio “al lado de la casa de la Virgen” que en esta época se utilizaba como casa de corrección sacerdotal, “pues allí se mandaron con este objeto a algunos capitulares”. Para Canella “consta aquí de un modo terminante la existencia del palacio al lado de la iglesia”. En una de esas actas, los Sres. Deán y Cabildo de Oviedo, en pena de algunas palabras ofensivas que dijo en la iglesia a los arcedianos de Grado y de Gordón el bachiller García de Villaviciosa, le “mandavan en pena e penitencia dello que la mañana sábado por todo el día se vaya a la iglesia de Ntra. Sra. de Naranco e a su palacio e fasta el jueves sancto inclusive non buelba a la ciudad”. 

Viniendo a tiempos más recientes, el arqueólogo César García de Castro publica en 2019 en la revista “Nailos” un ilustrativo trabajo: “Marco territorial y planteamiento urbanístico en Santa María de Naranco y San Miguel de Lliño”. Destaco de este artículo dos párrafos que me parecen relevantes y esclarecedores: “En todo caso, el mero examen superficial de Santa María ya permite concluir que entre sus funciones no estuvo la residencial: es difícil concebir un edificio menos adecuado a la habitación: abierto a los cuatro vientos, carente de instalaciones de calefacción o chimenea, falto de toda división interna en dependencias funcionales indispensables: cocina, dormitorios, comedor, despensa... Es evidente que la residencia de Ramiro I, llegase o no a ser construida y rematada, hubo de encontrarse en otros edificios, hoy desconocidos”. Y sobre la idea extendida de que Santa María y San Miguel formasen parte de un todo integrado, García de Castro afirma: “Tampoco cabe pensar que los dos edificios fueran integrantes de un complejo palatino. No existió el más mínimo acondicionamiento conjunto del terreno entre ambos, y no fue prevista ni construida ninguna infraestructura que los relacionase físicamente. La distancia, la falta de acondicionamiento topográfico intermedio y la diferencia de cota, a la vez que su posición recíproca completamente fuera de eje, impiden cualquier posibilidad de considerarlos parte de un proyecto urbanístico conjunto”. 

En 1998, este mismo arqueólogo inició unas excavaciones en el entorno de Santa María en las que afloró un muro circular de dos metros de sección, base de una torre de importancia relevante, así como un arco de mampostería que encabezaría una estructura de al menos tres metros. Esa excavación, inexplicablemente, no se concluyó. Por tanto, no sé a ustedes, pero estas líneas que comparto, con gran esfuerzo de síntesis, desde mi posición única y exclusiva de curioso lector, siembran en mí una duda razonable sobre el origen de esta emblemática construcción. ¿Con qué fin se construyó Santa María de Naranco? Parece que, desde su inicio, tuvo claramente una función religiosa, aunque no podamos definirla como iglesia. Pero tampoco parece que fuera ningún tipo de instalación residencial. ¿A qué pertenecían los restos hallados en su entorno? ¿Hubo edificaciones anteriores? Dado su carácter de Patrimonio de la Humanidad y la importancia relevante de los edificios naranquinos –y no solo para Oviedo– sería deseable que las autoridades pusieran en marcha un estudio arqueológico ambicioso para tratar de dar respuesta a demasiadas incógnitas que aún permanecen en torno a nuestros monumentos. A fin de cuentas, la vida es un proceso de aprendizaje constante y con pocas certezas absolutas. Ya lo decía Sartre: “Incluso el pasado puede modificarse; los historiadores no paran de demostrarlo”.

https://www.lne.es/oviedo/opinion/2021/05/17/enigmas-santa-maria-naranco-51903005.html

lunes, 10 de mayo de 2021

UN CRUCERO EN OVIEDO

EL OTERO

Un crucero en Oviedo


Me gusta el lema de “Oviedo, origen del Camino”. Tan cierto como adecuado. Peregrinar a Santiago por el camino primitivo es, sin duda, una experiencia magnífica. Un camino que vincula histórica y culturalmente a España con Europa desde la Edad media. Patrimonio de la Humanidad desde 1993 y signo de identidad europeo. Cualquiera que haya hecho este peregrinaje, con la motivación que fuere, se habrá encontrado, de forma habitual a lo largo del camino, con numerosos cruceros. Cruceiros en el occidente astur y pasada la frontera del Eo. Cruces de piedra levantadas en las encrucijadas de los caminos en las que el anverso suele estar dedicado a Jesús crucificado y el reverso, en la mayoría de los casos, está ocupado por una imagen de la Virgen María. En Asturias prevaleció esta costumbre durante los siglos XVII y XVIII. Aún podemos ver cruceros, tanto de cruce como de antojana, en numerosas poblaciones asturianas, como por ejemplo Teverga, Luanco, Luarca, Valdediós, Colombres, Celorio, Noreña, Tapia, Cornellana… Pero no en Oviedo, por muy origen del Camino que seamos. Consta que sí hubo uno a la entrada de Oviedo por San Lázaro. En el Libro de acuerdos del Ayuntamiento de Oviedo, en un asiento del 7 de septiembre de 1506, figura que se abren y alargan los caminos hacia San Lázaro de Otero a través de la puerta Nueva. Y en esa fecha, Juan de Verón presentaba al regimiento la sentencia contra Pedro de Arana, “al que habían mandado hacer a su costa una cruz de piedra en el camino público real que va desde la ciudad hasta San Lázaro, en el lugar que el corregidor y el regimiento señalaron, estableciéndose que la cruz tuviese cuatro gradas alrededor de si, de piedra bien labrada, y sobre las dichas gradas tenga la cruz un escudo de altura, que sea de piedra labrada perfectamente”. 

Un decreto de las Cortes de Cádiz de 26 de mayo de 1813, ordenó “la demolición de todos los signos de vasallaje que hubiera en sus entradas, casas particulares, o cualesquiera otros sitios, puesto que los pueblos de la Nación Española no reconocen ni reconocerán jamás otro señorío que el de la Nación misma, y que su noble orgullo sufriría por tener a la vista un recuerdo continuo de humillación”. Esto afectaba a las “picotas”, columnas en las que se exponía a los reos a vergüenza pública o las cabezas de los ajusticiados; pues bien, se da la circunstancia de que estas columnas, en muchos casos, fueron reconvertidas en Cruceros. No fue así en el caso de Oviedo. La “picota” ovetense se encontraba en la actual plaza de Riego, conocida anteriormente como de los Pozos, de la Picota, de las Escuelas, o de Cueto. Sobre el pedestal que ocupa la plaza estuvo, desde 1898, el busto del geólogo alemán Guillermo Schulz, siento sustituido en 1993 por el del militar de Tuña que nomina actualmente la plaza. 

Por tanto, tal vez, no estaría de más que en este año Jacobeo en que Oviedo reclama el protagonismo que merece como inicio de ese Camino secular, nuestra ciudad buscase un lugar en alguna parte del Camino para erigir un crucero como un guiño a nuestra propia historia. A los miles de peregrinos que partían o se acercaban a El Salvador para visitar antes que al criado, al Señor. 

A los que fueron y a los que serán.

https://www.lne.es/oviedo/opinion/2021/05/10/crucero-oviedo-51514684.html


lunes, 3 de mayo de 2021

MALATERÍAS EN OVIEDO

EL OTERO


Malaterías en Oviedo

Sobre la historia de las leproserías de la ciudad


Hubo enfermedades terribles a lo largo de la historia que estigmatizaban a quienes las padecían; es el caso de la lepra, enfermedad a la que el Dr. Casal se refería en estos términos: “De todas las afecciones corrientes en este país, no hay otra que la gane a horrible y contumaz”. No hay certeza de cuándo llegó la lepra a Asturias. Puede que desde el sur de la península mil años antes de Cristo. Hay quien sostiene que llegó con las legiones romanas. En cualquier caso, en el siglo VIII aparece perfectamente documentada. Posteriormente, los invasores musulmanes, cruzados y peregrinos de toda Europa en la Edad Media, así como las paupérrimas condiciones de vida y pobre alimentación de los asturianos, contribuyeron a su propagación. El hijo de Alfonso III, Fruela II, fue, quizá, el primer personaje histórico de Asturias fallecido por esta enfermedad. A estos enfermos se les conocía con el nombre de leprosos, malatos, lacrados, plagados, enfermos de la Orden o gafos. Este último nombre perdura en Oviedo nominando un arroyo que transcurre al pie de la que fue malatería de San Lázaro. Hubo otro lazareto en Oviedo que, desde hace años, me llama la atención: el de San Lázaro de Paniceres. El topónimo San Lázaro suele estar vinculado con malaterías. Según la tradición apócrifa, San Lázaro, resucitado por Jesús, habría padecido la lepra. Esta enfermedad se encuentra entre las que podrían ser curadas por mediación del apóstol Santiago. Narra la leyenda que el propio Cid Campeador, en su peregrinaje a Santiago, se encontró con un enfermo que resultó ser el mismo Lázaro. Por esta vinculación jacobea, la mayoría de leproserías se encuentren en el Camino de Santiago. La malatería probablemente más antigua de Asturias fue fundada en Tineo en 1074. Pero volvamos a Oviedo. Como dijimos, en nuestro concejo se ubicaban dos. Una de ellas, la de Entrecaminos o de Sta. María de Cervielles o Sta. Mª de San Lázaro de Cervielles, fue uno de los establecimientos sanitarios más antiguos de Asturias. Aparece documentada en los años 1146 y 1245. El nombre de Entrecaminos, orillado en Oviedo desde la Edad Media, corresponde al mismo lugar que hoy conocemos como San Lázaro del Camino. En 1274, en unas ordenanzas del Concejo, se prohíbe a los leprosos, “bajo pena de ser quemados, su entrada en la ciudad y toda manipulación de los caños y acueductos que hasta ella iban”. En esta malatería, administrada por la Ciudad, residían los únicos médicos de la región y era la única en la que los enfermos recibían algún tratamiento. La primera intervención de un médico en ella de la que queda constancia es de 1526. El licenciado Prado dictamina haber visto a “María González que podía aver ocho días e la myrara muy bien e allara que estaba dañada por todo su cuerpo de especie de San Laçaro”. Ya en el s. VIII los verdaderos malatos debían ser la excepción. En 1751, de los veintiún hospitalizados pudieron ser dados de alta once por “hallarse libres de lepra”. Así se explica que ese mismo año, cuando el Ayuntamiento discute la conveniencia de ceder la malatería para el hospicio que proyectaba el Regente Gil de Jaz, el Marqués de Camposagrado, partidario de la cesión, denunció con cierta ironía que “la malatería de San Lázaro no sirve más que para albergar sarnosos que los médicos baptizan como lepra”. 

La de San Lázaro de Paniceres se fundó posiblemente en la misma época que la de Cervielles. El lugar de Paniceres se halla documentado desde el año 1055 y se encuentra en la ruta que sigue el Camino Primitivo. Cercano a Paniceres se halla el arroyo de Lavapiés, topónimo vinculado, asimismo, a las peregrinaciones. Si el patronato de Cervielles lo ejercía la Ciudad, el de Paniceres pertenecía a la Iglesia. Se desconoce quién y en qué fecha la fundó, pero, desde luego, ya era famosa en el s. XIII. De ella sólo queda el topónimo. En 1966 un vecino que trabajaba la tierra encontró una tabla barroca perteneciente, con toda probabilidad, al retablo de la desaparecida capilla de San Lázaro. San Lázaro de Paniceres fue parroquia, pero, debido a su estado de ruina, fue integrada en la de San Pedro de los Arcos en 1783. 

Y, una vez más, reconocimiento a José Ramón Tolivar Faes que, en 1965, publicó en los “Cuadernos de H.ª de la Medicina Española”, un fantástico trabajo titulado “Hospitales de leprosos en Asturias durante las Edades Media y Moderna” en el que recoge la historia de treinta y dos leproserías de nuestra región. 

En fin, curiosidades de unos tiempos lejanos que dejaron su huella en la historia y en ese vasto tesoro de nuestra toponimia que tanto deberíamos cuidar.

https://www.lne.es/oviedo/opinion/2021/05/03/malaterias-oviedo-50646173.html

lunes, 26 de abril de 2021

HABLANDO DE LOBOS


EL OTERO


Hablando de lobos

La presencia de los cánidos en la toponimia de la falda del Naranco




26·04·21

Supongo que muchos de ustedes albergan en lo profundo de su memoria nombres que aguardan la mínima ocasión para despertar del letargo. Para regresar. Y retrotraerles a momentos o lugares casi olvidados. Uno de esos nombres, en mi caso, es El Pozobal. Un topónimo que, lamentablemente, no perduró nominando a ninguna calle del Vallobín. Y méritos no le faltan. Quizá se pregunten, ¿y qué tiene que ver con los lobos a los que se refiere el encabezamiento de estas líneas? Vamos a ello. 

Hasta finales de los años 60 existió en la zona de Concinos un lugar con forma de terraplén que acababa en un pozo que ejercía de trampa a la que eran empujados, en monterías organizadas, los lobos que osasen acercarse a La Loma del Canto, Los Solises, Monte Alto o La Cruz. El pozo se hallaba en el mismo cauce del arroyo que desciende desde San Miguel de Lillo, por lo que, muy probablemente, tuviera agua en el fondo; así pues, no sería preciso colocar un cordero como señuelo al igual que sucedía en otros “chorcos” que hay en zonas loberas. Es el caso de “El chorco de los lobos” en las proximidades de Posada de Valdeón, el primero que conocí en nuestras incursiones iniciáticas por Pi-cos de Europa a principios de los 80. 

Ciriaco Miguel Vigil, en su “Colección Diplomática” de 1889, recoge el acuerdo municipal de 6 de mayo de 1605 para que los vecinos de Oviedo salgan de montería todos los sábados “y hagan un callejo a donde corran los lobos”. En otro acuerdo de marzo de 1713 se recoge que los vecinos de San Pedro de los Arcos, entre otros, deseaban organizar monterías con callejos para “correr y cazar” los animales silvestres guarecidos en el Naranco. Se declara expresamente que muchos de estos animales se hallaban en montes muy poblados de esta feligresía. El topónimo Pozobal, que se encuentra también en Báscones (Grado), Ciaño, Nava y Caces, procede de las palabras latinas “puteum lupale”; es decir, pozo lobal o pozo de lobos. De ahí derivaría también el topónimo Vallobín, un nombre que aparece ya en el siglo XIII y XIV, así como en el “Cuaderno de la pesquisa de las Heredades Realengas del Concejo de Oviedo en el Alfoz de Nora a Nora, 1289-1317”. Asimismo, el catastro del Marqués de la Ensenada, de 1752, cita más de doscientos topónimos de la parroquia de San Pedro del Otero, entre ellos las “erías de Ballobín”. Pues bien, partiendo de “Pozobal” se habría formado el topónimo “Vallobal”, del concejo de Piloña y el de “Ballobín”, nombre que encontramos en la comarca burgalesa de Extramiana. Por tanto, el barrio ovetense del Vallobín vendría a significar “valle de lobos” o “valle del lobín”. 

No puedo ni quiero acabar sin citar a mi admirado José Ramón Tolivar Faes, del que tanto aprendí. En una separata del Boletín del Instituto de Estudios Asturianos de 1963, que conservo como oro en paño, “Un pozo lobal en Oviedo” aborda este tema de forma didáctica y deliciosa. Vaya, una vez más, mi gratitud y recuerdo hacia él. 

Actualmente, cuando paseen por el Naranco vayan tranquilos, no se encontrarán ningún lobo; al menos de momento. Todo se andará.



miércoles, 21 de abril de 2021

Francisco de la Riva y Oviedo

EL OTERO

Francisco de la Riva y Oviedo

Los secretos que esconde la Catedral





Ladrón de Guevara nació en la localidad cántabra de Galizano en marzo de 1686. Posiblemente se inició en el oficio en el taller familiar. Pero fue la influencia de su tío, el arquitecto, Francisco Alonso de la Riva, la que resultó determinante. Por medio de éste, y tras haber ejercido como fontanero en Valladolid y León, en 1713 obtuvo el contrato de la fontanería ovetense. 

Seis años después lo abandona por desacuerdos con el regimiento de la ciudad que le exigía mayor dedicación a los encañados, aunque, al parecer, no eran tan diligentes con el pago de su salario. Paralelamente a su desempeño como fontanero y, con la ayuda de su tío, va desarrollándose como arquitecto y así, efectuó reformas en el Convento de San Francisco, Monasterio de San Pelayo o el trazado de la reconstrucción de la fortaleza ovetense. Tras abandonar su cargo municipal, logra buena parte de sus obras más significativas, como el Palacio del Marqués de Camposagrado, aunque sólo realizó cimientos y fachadas, o el Palacio del Duque del Parque o del Marqués de San Feliz, claro modelo de palacio urbano barroco. 

Los últimos años de su vida profesional son los de su dedicación a la Catedral. Tras reconstruir parte de la torre gótica en 1730, notablemente afectada por un rayo, logra la confianza del Cabildo asumiendo la mayor parte de las reformas catedralicias beneficiadas por los recursos obtenidos con la recaudación del arbitrio sobre la sal concedido para la obra del campanario. 

En 1731 construye la nueva gran escalera de acceso a la Cámara Santa desde el brazo meridional del crucero. Suyo es también el diseño de la nueva fachada de la Puerta de la Limosna. Ensancha la vieja sacristía, obra de Juan de Naveda, y abre el tránsito de Santa Bárbara. Asimismo, edificó el primer piso del claustro que actualmente acoge las instalaciones del Museo Diocesano. Vaya aquí una curiosidad: durante años, la función de este claustro alto fue su uso como desván. En él se encontraba, desde 1950, corroída por la carcoma, la sillería del coro de la nave central desmantelada por orden de Martínez Vigil en 1902 y que, tras su restauración en 1980, se halla, parcialmente, en la Sala Capitular. 

Allí se almacenaban los tributos en especie que llegaban en carros procedentes de los distintos territorios de la archidiócesis y que, en ocasiones, se distribuían a los necesitados en la Puerta de la Limosna; pues bien, en 1982, al levantar el tillado para la adecuación de la planta como Museo Diocesano, se encontraron, bajo los magníficos tableros de castaño, multitud de panoyas de maíz, castañas, avellanas… testigos silentes de un tiempo remoto. 

Aunque la limpieza no debió ser resolutoria. En más de una ocasión, en tiempos no muy lejanos, algún ratón ávido de saciarse con alguno de esos históricos frutos, hizo saltar las alarmas para susto de los responsables del museo. 

Francisco de la Riva murió en 1741 en la posada de la Cruz, en la Cava Baja madrileña y sus restos fueron sepultados en la iglesia de San Millán. 

Quede esta pieza más para intentar componer ese maravilloso mosaico que configura nuestra “Sancta Ovetensis” a la que tan bien definió Menéndez Pidal como “relicario de los Doce Apóstoles” y a la que nunca nos cansaremos de contemplar, admirar, disfrutar y vivir.


https://www.lne.es/oviedo/opinion/2021/04/19/francisco-riva-oviedo-48469520.html


lunes, 12 de abril de 2021

UN INSTANTE QUE PERDURA


EL OTERO

Un instante que perdura

La reconstrucción del Oviedo de los 70 a partir de una postal de la época


Suelo definir estas líneas como una ventana abierta a Oviedo. Espacio común del que, cada semana, compartimos algo de su historia, de su presente, o algún deseo sobre su futuro. Y, en ocasiones, me gusta plantearlas como un juego. Un ejercicio bidireccional con el que ustedes pasen de ser lectores pasivos a protagonistas activos. Les propongo que me acompañen a un instante que quedó congelado en un día de verano de fecha incierta. Puede que, más o menos, 1970. Grabado en una postal localizada en ese inmenso cajón de sastre del comercio virtual. Vamos a asomarnos a ese preciso momento. A la Calle Uría. Y a mirar con ojos curiosos. Del verano ovetense de 1970 recuerdo lo que puede recordar un niño de 6 años. Poco. Pero, con su ayuda, seguro que seremos capaces de completar una buena historia. ¿Se animan? Lo que primero me llama la atención es una vista, imposible hoy, del Naranco como telón de fondo. Aún no estaban construidos los edificios de Tito Bustillo que cortan la panorámica. Sobresale el edifico, aún en ruinas, del antiguo sanatorio, actual Centro Asturiano. Y un monte ya poblado de eucaliptos. La calle, con gente en sus afanes cotidianos. ¿De dónde vendrían? ¿A dónde irían? En la esquina de Fruela y San Francisco, el típico cartel de “Change, exchange” de los bancos de entonces; en este caso del Banco Popular. Una pareja sonriente. Él parece portar una cámara de fotos, ¿serían turistas? Personas en primer plano esperando a cruzar la calle. ¿Reconocerían a alguien? ¡No me digan que no sería para nota! Los carteles indicadores: Audiencia, Catedral Metropolitana, León-Madrid a la derecha, Gijón- Avilés a la izquierda. Y por la parte interior anuncios publicitarios. Lástima, no distingo ninguno. Uno acaba en “mé” y parece ser una casa de comidas, ¿cuál será? En el edificio de Juan Miguel de la Guardia, “Casa Conde”, de 1904, vemos en la esquina con Pelayo, justo enfrente de la oficia del Banco Exterior de España en los bajos de la Jirafa, la farmacia de Juan Donapetry Iribarnegaray, gallego residente en Oviedo, quien adquirió la botica a Benito Estrada en 1915. Era reconocido por la gran variedad de fórmulas magistrales, dentífricos o analgésicos que elaboraba. Los toldos amarillos de la izquierda pertenecen a Almacenes Simeón. 

La calle Uría, en torno a 1970, en una postal.

Empresa nacida en Galicia en 1857 y presente en Oviedo desde 1899. Fundada por el exitoso comerciante de textiles al por mayor Simeón García Olalla de la Riva, fallecido en 1883. Su viuda, Juana Blanco, fue la que expandió el negocio, llegando incluso a crear un banco: Banco Simeón. El primer emplazamiento en Oviedo fue en Magdalena, 16. A comienzos del siglo XX se trasladó al número 4 de la calle San Francisco, donde también vivía la familia. Tras los destrozos sufridos en octubre del 34 se trasladó al lugar que vemos en la imagen. Y a la vuelta de la esquina, en Uría 4, se intuye el cartel de la joyería de Pedro Álvarez, justo donde había estado el Carbayón. Pedro Álvarez de Río, originario de Lugo, había llegado a Oviedo en 1885 como viajante de joyería y bisutería. En 1887 se estableció en el número 14 de la calle Magdalena con su joyería y platería. ¿Y qué me dicen de los autobuses? Vemos varias paradas. Ahí paraba la línea 2 que iba a Lugones. Y la 3 que hacía el recorrido desde San Claudio hasta San Esteban. En 1955 el Ayuntamiento de Oviedo se decide por el autobús dejando atrás la era del tranvía al considerar “costosísimo y poco remunerativo crear nuevas instalaciones”, por lo que la Corporación acordó otorgar la concesión del servicio a la empresa Traval, que había sido constituida un año antes en Madrid por Luis Fernández de Trabanco Ortega. El 28 de febrero de 1956 llegaron a Oviedo los dos primeros autobuses. Dos Pegasos que hacían el servicio en la línea Colloto-Cruce de las Caldas y a los que el humor carbayón bautizó con el nombre de “sidrobuses”, por su frecuente uso para ir a tomar sidra a Colloto. El 1 de marzo de 1956 se inauguró la primera línea de autobús urbano. El 2 de septiembre de 1956 circuló el último tranvía en Oviedo. En cuanto a los coches, circulan varios Renault 4L. Conocidos como el “Cuatro latas”, empezó a rodar por nuestras calles en 1961. Nacido para competir con el Citroën 2CV, la “Cirila” y aguantó hasta 1983. ¿Quién no ha conducido uno? 

En fin. Ya ven. Un pequeño viaje en el tiempo. Un segundo congelado en una imagen que nos permite ver cosas de un Oviedo quizá un poco desdibujado en la memoria pero que, de alguna manera, sin nostalgias inútiles, aún permanece aguardando una mínima oportunidad para regresar al presente.

https://www.lne.es/oviedo/opinion/2021/04/12/instante-perdura-46431463.html

lunes, 5 de abril de 2021

INCIDENTE EN EL CAMPO

EL OTERO


Incidente en el Campo

La tarde en que la osa “Petra” escapó de su jaula y sembró el pánico


Todos los que hemos crecido entre las calles de este querido Oviedo, a buen seguro que atesoramos numerosos recuerdos vinculados al Campo, espacio natural y esencial. Seguro que poco les cuesta evocar algún suceso relacionado con él que les induzca una leve sonrisa o rescatar imágenes de una infancia feliz y despreocupada. Evocar paseos de la mano segura de nuestros padres. Tal vez instantes de adolescencia desbordada, irreflexiva e ingenua. O días en los que, de repente, casi sin darnos cuenta y sin tener ningún manual bajo el brazo, éramos nosotros los que llevábamos de la mano a unos pequeñajos que miraban con asombro los patos, las palomas, los pavos reales y que, infatigables, nunca querían irse de los columpios. 

Pero seguro que entre ese rimero de recuerdos también conservan alguno como para exclamar: ¡uy! Para muestra, dos botones: un domingo, acompañado de mi padre y con un cucurucho de arroz –creo que comprado en la Chucha– me dirijo ufano al palomar. Saco mi arroz para alimentar a las revoltosas palomas y hete aquí que, sin aviso previo, se abalanzan sobre mí como si se tratasen de los pájaros de la homónima película de Hitchcock. No salí corriendo por aquello de intentar mantener un mínimo de dignidad. Otro. Como tantos, era aficionado a compartir parte de los barquillos o de las deliciosas galletas de miel con los cisnes. A veces les vacilaba un poco; te doy, no te doy, cuando un cisne, digamos, un poco mosqueado, me arreó un picotazo que dejó las cosas claras. Lección aprendida. 

Recorte de LA NUEVA ESPAÑA que cuenta la salida de la osa de su jaula. | T Oviedo

Recorte de LA NUEVA ESPAÑA que cuenta la salida de la osa de su jaula. | T Oviedo

Pero nada comparado con lo que aconteció el 30 de noviembre de 1964 y que recogía LA NUEVA ESPAÑA. Un curioso episodio protagonizado por la buena de la osa “Petra” y provocado por un pavo “que había tenido la ocurrencia de tentar la gula tan escasamente estimulada al posarse en lo alto de la gruta”. El suceso ocurrió a las siete de la tarde y convirtió a “Petra” “en una fiera corrupia”. La información, firmada por Rubén Suárez, fallecido el pasado mes de junio y a quien recordaba en días pasados en estas páginas Evaristo Arce, detallaba que “Petra” se había encaramado en los barrotes y por un lugar insuficientemente protegido, había salido de la jaula. Proseguía la crónica: “Esa maniobra, como es de suponer, produjo un pánico cerval. Cientos de personas salieron corriendo al grito de “¡se escapó la osa!”. Se cayeron niños al suelo. Hubo lloros y gritos de pavor. La noticia se propagó rápidamente. Primero a otras zonas del Campo –en el Paseo del Bombé una señora corría con la lengua fuera y un pequeño debajo del brazo– y después a toda la ciudad. Hubo quien andaba por la calle pegado a la pared y mirando de reojo los portales. Pero ‘Petra’ volvió a su sitio, porque, como en una película de esas del cine especial para menores, un perro grande y negro y que pertenece a un ‘Niño de la Cruz’, aquel torerillo acogido en la Cruz de los Ángeles, que actuó en la plaza de toros, olfateó el peligro, se disparó hacia la osa y comenzó a ladrar, tarea en la que según nuestras noticias, le secundó admirablemente el perro lobo del aguaducho cercano”. Imaginen las caras de los paseantes. A partir de ahí, tal y como continúa la información, “se sucedieron las versiones y las críticas, bastante justas, por cierto, referidas a las condiciones de seguridad de la jaula”. Afortunadamente, un empleado con un alambre se encaramó a la cueva a solucionar el problema. Parece que la cosa se limitó a que durante unos momentos “quedaron desiertos los alrededores de la jaula de ‘Petra’, batiéndose récords buenos para ir a Tokio. Pero es de esperar que, por si la osa vuelve a tener nostalgia, se tomen con respecto al animal, todas las medidas de seguridad aconsejables”. 

Hoy, afortunadamente, no hay osos en el Campo. Tampoco cisnes. Ni prácticamente pavos reales. Espero que vuelvan pronto; eso sí, permanecen, para siempre, parejos a nuestros recuerdos.





https://www.lne.es/oviedo/opinion/2021/04/05/incidente-campo-46091164.html