lunes, 15 de marzo de 2021

EL TESORO "INIMAGINABLE"

Hace justo un año les proponía un fabuloso viaje en el tiempo. Un viaje fantástico al 13 de marzo del año 1075: apertura del Arca Santa. Había llegado a Oviedo, procedente de Tierra Santa, durante el reinado de Alfonso II, dando así inicio al papel de la Catedral de Oviedo como relicario. A esto se sumaron la llegada de los restos de los mártires Eulogio, Leocadia, Leocricia y Eulalia, la hidria de las Bodas de Caná, la casulla de San Ildefonso... hasta el punto de que se consideró que ningún templo de la Península Ibérica poseía más reliquias que el ovetense. La Cámara Santa ha sido, desde su construcción en el siglo IX, el lugar en que se custodian las principales reliquias y tesoros del templo. 

Todas las reliquias halladas en su interior fueron enumeradas, destacando entre todas ellas el Santo Sudario del Señor. La relación de reliquias fue recogida en un pergamino del que se conservan dos copias del siglo XIII en el Archivo Capitular de la Catedral. 

Pero, ¿cuál era el contenido de ese “tesoro inimaginable” La relación más fiable y completa es la del documento real de Alfonso VI, que el propio rey refiere en el documento de la donación de Langreo y que Enrique López recoge junto con numerosísima información en el magnífico libro “Las Reliquias de San Salvador de Oviedo”. Según ese documento, el número de reliquias custodiadas se eleva a 85: 7 del Señor (2 incluidas después de las de la Virgen); 2 de la Virgen; 8 de los apóstoles (5 dentro de la lista de los santos: Santiago hermano del Señor, San Juan Apóstol, San Andrés, San Juan (sic) y San Pablo Apóstol); 1 de los profetas; 1 de San Juan Bautista; 4 de personajes del Antiguo Testamento (profetas Ananías, Azarías y Misael) y 62 de “otros muchísimos santos cuyo número solo la ciencia de Dios abarca”. 

Hay otro documento, el Manuscrito de Cambrai, escrito datado en torno al siglo XII o XIII en el que también se describe el contenido del arca de forma, quizá, un poco más fantasiosa. Dice este escrito: “Temblando y lleno de miedo, se llegó al Arca con toda reverencia él (el abad Alveredo) y el Rey solos y, una vez abierta, encontró en ella doce cajitas cerradas cuidadosamente con llave. Abrieron una sola de ellas y descubrieron en su interior las reliquias siguientes: leche de Santa María, parte de la cruz del Señor, parte de la corona de espinas, un poco de la roca del sepulcro, tierra del lugar donde ascendió al cielo, parte de los pañales en los que estuvo envuelto, sangre de la imagen que unos judíos hirieron, volviendo a crucificarlo, un trozo de la vara de Moisés, maná, la bolsa de San Pedro, la bolsa de San Andrés, un trozo de la cuna donde yació de niño, la suela del calzado de San Pedro, cabellos de Santa María Magdalena y otra muchas cosas que no le fue posible ver, debido a que la Reina y la hermana del Rey se acercaban, entre tanto, sigilosamente con la intención de apoderarse, si les era posible, de algo del Arca. El Abad, al darse cuenta, cerró rápidamente el Arca que había abierto y pasó la llave sin que nadie después hubiera intentado abrirla. Quedaron fuera del Arca la bolsa de San Pedro y la de San Andrés. Al Abad le pesó mucho haber abierto el Arca y examinado su interior, porque al poco tiempo perdió la luz de sus ojos”. En fin, en palabras de Enrique López, “curioso relato en el que se percibe el eco lejano y confuso de unos hechos históricos deformados por la tradición”. 

Lo que sí es innegable es que, gracias a esas reliquias, Oviedo se convirtió en punto de atracción para peregrinaciones de toda Europa y que, en buena medida, esos hechos contribuyeron a configurar, a lo largo de los siglos, el Oviedo actual. 

Y, a fin de cuentas, los ovetenses de hoy somos orgullosos custodios y usufructuarios de ese legado secular y, si cabe, aún un poco más en este año en el que se cumplen los 1.200 años de la consagración de la Catedral de El Salvador a la que Menéndez Pidal definía como “relicario de los Doce Apóstoles”.


https://www.lne.es/oviedo/opinion/2021/03/15/tesoro-inimaginable-43043461.html

lunes, 8 de marzo de 2021

LA CASA DE LOS LLANES: UNA HERIDA ABIERTA

EL OTERO


La Casa de los Llanes: una herida abierta

Sobre la azarosa historia de una desaparecida joya de la ciudad


Seguro que entre sus lugares preferidos para dar un paseo se encuentra la plaza de la Catedral. Uno de los puntos más visitados de la ciudad. Y probablemente alguna vez habrán mirado con pena para los andamios que, desde hace años, cubren el solar vacío que ocupó una de las edificaciones más bellas de la ciudad: la conocida como Casa de los Llanes, a la que la guía de arquitectura y urbanismo de Oviedo define como “pura retórica”. Uno de los mejores exponentes de la arquitectura civil de estilo barroco tardío de Asturias. Como ocurre con el solar vacío del martillo de Santa Ana, duele ver esas heridas abiertas en el corazón del Oviedo secular. La Casa de los Llanes fue construida en 1741 por orden de Menendo de Llanes-Campomanes y Cienfuegos, vecino de la villa de Noreña y regidor del concejo de Lena, Caballero de la Orden de Santiago. Se construyó en el lugar ocupado por otras casas anteriores de la misma familia “que se hallaban juntto a la capilla, hospittal y pattio de la dicha Cofradía” (de la Balesquida) según documento de ajuste y convenio ante José Menéndez Valdés de 20 de junio de 1741. Así consta en este documento, recogido por Javier González Santos en un boletín del RIDEA sobre la capilla de la Balesquida, “Menendo prettende lebanttar en quadro las dos paredes, es a saber: la que divide la Santta Capilla de su casa, con todo el largo que tiene, de esquina a esquina, en que se incluie la pared del pattinejo, y la ottra pared que hace frentte a la casa en que vive oi el señor Penittenciario y que la divide un callejón del hospittal, y en ambas prettende hacer o romper ventanas, según la disttribuzión de quartos que fabricase en la nueva casa”. El penitenciario era el hermano menor de don Menendo, Andrés Benito de Llanes-Campomanes, canónigo de la Catedral y quien vivía realmente en esas casas y para quien se reedificaron. Dado que la Cofradía veía perjudicados sus de-rechos de luces, aguas e intimidad, puso embargo a la obra, aunque este contencioso se solucionó de forma rápida y amigable según describe Santos. Lo de los litigios en esta casa viene de lejos. 

La casa de los Llanes, junto a la Balesquida. | C. D. C.

Tras los daños sufridos en la guerra civil, se reconstruyó en 1942 dándole un piso más. También es conocida con el nombre de la que fue su propietaria: Isabel Maqua Carrizo. Nacida en Avilés, viuda de Menéndez de Luarca e hija de Javier Maqua, primer marqués de San Juan de Nieva, pertenecía a una acaudalada familia con negocios en México y con varios palacios y posesiones en Asturias. En la plaza de la Catedral, además de esta casa, la familia Maqua era propietaria del edificio adjunto, obra del arquitecto Juan Miguel de la Guardia, sede del Colegio Oficial de Notarios. Se da la circunstancia de que, junto con Gertudris de la Sala y Jove y María Galán Carvajal, fueron las primeras mujeres ediles de la ciudad. Tomaron posesión el 18 de octubre de 1929 y estuvieron en el cargo hasta febrero de 1930. Maqua, viuda y sin hijos, era muy conocida en la ciudad. Tal era su popularidad que la inefable sorna ovetense no tardó en hacerle hueco: “Oviedo, un monte, la Catedral / una calle larga y ancha/ la casa consistorial/ un montón de casas viejas/ un proyecto de hospital/ Isabel Maqua, Ladreda/ y pare usted de contar”. Pues bien, en 1961, Isabel Maqua donó su casa al Arzobispado a condición de que fuera destinada a residencia sacerdotal. Sin embargo, en 2002, el Arzobispado la vendió a una constructora lo que motivó el rechazo de los herederos de Maqua por incumplimiento del modo de legado. Finalmente el asunto se resolvió favorablemente para el Arzobispado. Por si fuera poco, la constructora, a su vez, litiga contra el Colegio de Notarios de Asturias al considerar que éstos, en la rehabilitación de su sede, invadieron parte del terreno de la casa. Y el proceso sigue en un pin, pan, pun que omito por no aburrirles y que da cumplimento al dicho: unos por otros la casa por barrer. El caso es que, en pleno corazón de Oviedo, tenemos un solar cochambroso que ve pasar los años sin solución. Y mientras escribía estas líneas leo en La Nueva España que se planea cubrir el aspecto ruinoso actual con una gran lona con el lema “Oviedo, refugio del Camino”. Bien está. Pero, ¿no será como barrer y esconder la basura debajo de la alfombra? Ansío ver la casa reconstruida cuanto antes y ese triste vacío remendado. Que la plaza catedralicia luzca en completo esplendor. Seguro que ayudaría a que cuando los inspectores de la Unesco visiten la ciudad para incluir el Oviedo intramuros como Patrimonio de la Humanidad, se inclinen por otorgar tan merecida distinción. Me alegraría enormemente.

https://www.lne.es/oviedo/opinion/2021/03/08/casa-llanes-herida-abierta-39392104.html

lunes, 1 de marzo de 2021

TEJOS CARBAYONES

EL OTERO

Tejos carbayones

De Santa Ana al claustro de la Catedral, algunos ejemplares destacados del árbol sagrado


Que el árbol más famoso de Oviedo es un roble o carbayu es sabido: nuestro totémico Carbayón. Dio con sus ramas en tierra el 2 de octubre de 1879. No faltó previamente una viva polémica como gustamos los ovetenses; al igual que sucedió en numerosas ocasiones, la piqueta se llevó el gato al agua, o el hacha el carbayu al suelo. Cuando hace unos días curioseaba para intentar descubrir cuál es el árbol más añoso de Oviedo, concluí que, seguramente, sería el texu de Santa Ana de Meixide o de Vega. Pero no es el único. En la aldea naranquina abandonada del Pevidal hay unos cuantos ejemplares magníficos. Aledaño a Santa María del Naranco encontramos un vetusto ejemplar. En el bosque de Ajuyán, uno de los bosques más sorprendentes del concejo, podemos ver buenos tejos. Es un árbol magnífico. Se da la circunstancia de que en esta conífera de la familia de las taxáceas todo es tóxico, a excepción de sus semillas recubiertas por una capa carnosa rojiza. Durante mis años en la industria farmacéutica, trabajé en la compañía que desarrolló un fármaco contra el cáncer, el paclitaxel, principio activo que se basa en las propiedades citotóxicas del tejo. Pacientes con cáncer de ovario, pulmón o mama se han beneficiado de él. Los griegos fueron los primeros en aprovechar propiedades medicinales del tejo como antídoto contra la mordedura de serpiente o de insectos venenosos. Infusiones de hojas de tejo se utilizaban como abortivo. También los romanos conocían perfectamente sus propiedades. El propio emperador Claudio dio cuenta de ellas en el senado. Julio César cuenta en “La guerra de las Galias” cómo Catuvalcus, jefe celta de la tribu de los eburones, se suicidó tomando una infusión de ramas y hojas de tejo. Para los druidas celtas el tejo gozaba de condición de árbol sagrado atribuyéndole propiedades mágicas. Por eso construían sus templos cerca de las tejadas o los plantaban alrededor de los mismos. De él obtenían los druidas sus báculos y los finos palillos con los que adivinaban el futuro. En las islas británicas obtuvo fama y mayor número de aplicaciones; su madera se utilizaba para ejes de carros o para los flexibles arcos de guerra y caza. La tradición anglosajona asegura que el arco de Robin Hood era de madera de tejo. Algunos ataúdes egipcios también se construyeron con esta madera. En Japón, asimismo, es frecuente plantarlos junto a los templos. En la península ibérica el tejo no gozaba de tan buena fama. No era infrecuente que los pastores los arrancaran para evitar intoxicaciones del ganado. Afortunadamente, muchos sobrevivieron. Hay documentado algún ejemplar que se cree ronda los dos mil años de vida. Por tanto, no es extraño que en Asturias sea común verlos delante de las iglesias. Se creía que las ramas avanzaban hasta las sepulturas y, metiéndose por la boca de los difuntos, volvían a éstos a la vida. En los tejos era costumbre, en determinadas fechas, exponer el Santísimo.

Dibujo de Francisco Ruiz Tilve de Santa Ana de Meixide.

Dibujo de Francisco Ruiz Tilve de Santa Ana de Meixide.

Volvamos a Oviedo. En el claustro de la Catedral hubo un tejo. Fue abatido en 1889. Con su madera se construyó un relicario. En el texto que cuenta el traslado a Oviedo de los restos del santo de Quirós, San Melchor, se narra: “Se colocaron las dos cajas interiores en otra mayor construida con maderas de un tejo regular que se cortó del claustro de esta iglesia”. 

Los árboles siempre a nuestro lado para mucho más que darnos sombra. Viven para darnos vida.

https://www.lne.es/oviedo/opinion/2021/03/01/tejos-carbayones-36396221.html

lunes, 22 de febrero de 2021

EL PERRO DE VALLOBÍN

EL OTERO

El perro de Vallobín

Una nostálgica historia canina

 

Cómo podemos ayudar a proteger a los perros callejeros del frío y la lluvia  durante el invierno? - Santo Tomás en Línea

22·02·21

¡Qué fácil es despertar recuerdos dormidos! Bastó un cartel colocado por los desesperados dueños de un perro perdido y felizmente recuperado y, casi a la vez, escuchar casualmente una canción para rescatar de los anaqueles de la memoria un episodio lejano y, creía, olvidado. Fue en los 70. En el Vallobín de mi infancia feliz. Los alrededores de casa eran prados, espacio de juegos y vida compartida, donde gozábamos de sol a sol en plena libertad. 

Un buen día, sin saber de dónde vino, apareció un perro. Poco más que un cachorro. De mirada lánguida y recelosa. Tímido y temblón se acercó. Suplicando unas migajas de cariño. Arrastrando sus miedos y su escuálida sombra. Mendigando una caricia. No le faltaban heridas ni cicatrices, tal vez de pena y olvido. Buscando, supongo, el afecto y el calor de hogar que le debía ser tan ajeno como desconocido. Deambulaba a nuestro alrededor sin acercarse. Desconfianza, probablemente, fruto de viejos maltratos. No debía de haber tenido una existencia feliz. Aquella mirada se clavaba. Se quedaba. Dolía. Tenía tantos nudos en su pelo como en su existencia, por no decir en su alma. 

Con unas tablas y unos ladrillos preparamos una pobre caseta. Poco a poco se fue convirtiendo en uno más de nosotros. Hasta que un buen día, igual que vino, se fue. Nunca más supimos de él. Nos dejó un vacío, sí, pero el tiempo, cómo no, se encargaría de taparlo. Hasta que ese cartel y esa canción lo trajeron de vuelta desde el olvido. 

La canción que contribuyó a rescatar ese recuerdo es una composición del cantautor argentino Alberto Cortez. Y ahora que la escucho de nuevo recuerdo nítidamente aquel efímero amigo del que nunca supimos de dónde venía y, tristemente, cuál fue su destino. Lo que dice Cortez en su canción es aplicable perfectamente a aquella historia vivida hace unas cuantas décadas en Vallobín. Como podría ser aplicable a algún perro callejero que, tal vez, se haya cruzado en sus vidas en algún rincón de su propia infancia: “Aunque fue de todos, nunca tuvo dueño / que condicionara su razón de ser, / libre como el viento era nuestro perro, / nuestro y de la calle que lo vio nacer. (…) Era nuestro perro, y era la ternura / que nos hace falta cada día más, / era una metáfora de la aventura / que en el diccionario no se puede hallar. / Era nuestro perro porque lo que amamos / lo consideramos nuestra propiedad. / Era un callejero y era el personaje / de la puerta abierta en cualquier hogar, / era en nuestro barrio como del paisaje (…) Era el callejero de las cosas bellas / y se fue con ellas cuando se marchó, / se bebió de golpe todas las estrellas, / se quedó dormido y ya no despertó. / Nos dejó el espacio como testamento, / lleno de nostalgia, lleno de emoción, / vaga su recuerdo por los sentimientos / para derramarlos en esta canción”. 

¿Creen que un perro callejero olvidado merece protagonizar estas líneas? Pues qué quieren que les diga. Sí. Y me alegro de haber podido recuperar la triste y anónima mirada de aquel perro callejero que compartió, durante un tiempo, días de una infancia hoy casi diluida.

 https://www.lne.es/oviedo/opinion/2021/02/22/perro-vallobin-35256166.html

lunes, 15 de febrero de 2021

ÁRBOLES DE GUINNESS


EL OTERO

Árboles ovetenses de “Guinness





15·02·21

Un día de 1950 Sir Hugh Beaver, director general de la destilería Guinness, se encontraba en una cacería en el condado inglés de Wexford y discutía con sus compañeros si el pájaro de caza más rápido de Europa era el chorito dorado o el Urogallo. Fue ahí cuando se les ocurrió la idea de que un libro que diera respuesta a este tipo de preguntas podría llegar a ser popular. Y acertaron. Así nació el libro de los Guinness que se publica cada año. En él se recogen los récords de las cosas más disparatadas. No sé si estará en el libro, pero hoy se me ocurrió pensar, y no me pregunten por qué, ¿cuál será el árbol más viejo de Oviedo? Pues a expensas de que en cualquier rincón de la hermosa zona rural de nuestro municipio quede alguno que supere a estos, he encontrado varios candidatos: en el Campo San Francisco, en el Naranco, y en Santa Ana de Vega o de Meixide. Empecemos por este último: el texu centenario que está delante de la capilla. Uno de los más longevos de Asturias y, seguramente, el único en la ciudad de este calibre. En la hoja dominical de la parroquia del Cristo correspondiente al 14 de mayo de 2017, su párroco, Julián Herrojo, escribe sobre este tejo en estos términos: “Junto a la capilla de Santa Ana tenemos uno de los más grandes (tejos) de Asturias que forma parte del grupo de “los tres” que tienen seis metros o más metros de perímetro: Bermiego (Quirós), Santa Coloma (Allande) y Salas. El tejo ha sido tradicionalmente plantado junto a las iglesias precisamente por su longevidad, teniendo así la seguridad de que permanecerá por varios siglos. En Asturias hay catalogados 256 tejos en el campo de la iglesia”. Es muy dificultoso cifrar la edad de este tejo, pero se calcula que puede rondar ¡los cinco siglos! En el Naranco encontramos un gran eucalipto. Se encuentra cerca de la carretera que conduce a la cima, concretamente y, según cuenta en un completo artículo titulado “El Naranco, atalaya de Oviedo” publicado en este periódico por José Enrique Menéndez, en Casa Licos, plantado por Cándido en 1900, poco antes de emigrar a Cuba; o sea, hace tiempo que se nos ha hecho centenario. 

Y vamos, cómo no, al Campo, “justo orgullo de los ovetenses y corazón vegetal de Vetusta” en palabras de Juan Antonio Cabezas. El más significativo, entre el medio centenar de especies de árboles, es un ejemplar de roble que está plantado a los pies del pobre kiosco de música del Bombé, casi rodeado por la horrible y prescindible estructura denominada “Pavo Real”. Se cree que pudo ser plantado entre 1620 y 1670. También en el Campo hay dos grandes eucaliptos que cuentan entre 125 y 135 años de vida. Asimismo tenemos un ejemplar más que destacar por su longevidad o por su altura: un hermoso ejemplar de plátano de sombra cercano a los 35 metros de altura. 

Pues si para muestra vale un botón, espero que estos ejemplares nos sirvan para valorar, respetar y amar a los árboles. Necesarios e imprescindibles. Siglos acogiendo a los ovetenses a su sombra. Siendo excepcionales testigos de nuestro desarrollo como ciudad. De nuestros aciertos y errores. De nuestras esperanzas y frustraciones. Reuniéndonos a su alrededor. Hermanándonos como carbayones. Bien lo decía Miguel Hernández en su alabanza al árbol: “Agrupas a los hombres y los haces hermanos en tu umbría”.


https://www.lne.es/opinion/2021/02/15/arboles-ovetenses-guinness-34762490.html

lunes, 8 de febrero de 2021

ORA ET LABORA


EL OTERO

Ora et labora

El arraigo de las Pelayas en la ciudad


Avanza febrero, mes en el que da el sol en cualquier reguero y busca la sombra el perro según el dicho popular. Las mimosas empiezan a brindarnos su amarillenta fragancia, presagio de una cada vez más cercana primavera. En estas fechas, Oviedo celebraba una de sus primeras fiestas del calendario: la romería de las naranjas, también conocida como fiesta de “las Candelas”, heredera de la “festa candelarum” romana. Festividad litúrgica de la presentación del Señor en el templo y de la purificación de la Virgen. Se celebraba en el entorno del convento de San Pelayo por donde se colocaban puestos de naranjas que se extendían por la muralla hasta la calle del Águila. A ella se refiere Palacio Valdés en su obra “La novela de un novelista”: “Asturias no es país de naranjos, pero a la orilla del mar, por la parte de oriente, crecen algunos que dan una fruta bastante aceptable, sobre todo si se la come con azúcar. El día de la Candelaria llegan a Oviedo por la carretera de Gijón muchos carros y se establece en esta carretera un lucido paseo”. Ya no hay puestos de naranjas. Ni farolillos de papel. Tampoco este año pudimos acompañar, tras el rezo de vísperas, a nuestras queridas Pelayas en procesión multitudinaria con velas (candelas) por el claustro. Y tampoco se cumplió la tradición de presentar a los niños nacidos durante el último año. Una fecha, por tanto, muy ligada al Monasterio de San Pelayo, parte esencial del alma de nuestra ciudad y enraizado firmemente en nuestro devenir. La tradición sitúa su fundación en la época de Alfonso II el Casto, bajo la advocación de San Juan Bautista. De 1152 es el primer documento en el consta que las monjas asumen la regla de San Benito aunque posiblemente fuera desde el año 1042. En documentos del 1071 aparecen ya citados los monasterios de San Vicente y San Pelayo por lo que es probable que fuera en torno a esas fechas cuando dejan la dedicación de San Juan Bautista en favor de la actual de San Pelayo, cuyas reliquias habían llegado al Monasterio en el año 994. Siglos, por tanto, de historia compartida. Años en los que se han granjeado, merecidamente, el cariño y respeto de todos los ovetenses. Compartir con ellas algún momento de la liturgia de las horas es vivir un paréntesis de paz. Es acceder a una burbuja que nos aísla del ruido y de los afanes que nos rodean. Un momento y un lugar especial. Difícil sentirse indiferente. En los siglos que el monasterio lleva de la mano con la ciudad, cientos de monjas han dado fiel cumplimiento al mandato benedictino de “ora et labora”. San Benito quería que la oración ocupara el primer lugar: “Nada se anteponga a la obra de Dios”. Seis veces al día, la comunidad monástica se reúne, de día y de noche, para alabar y cantar a Dios. Pero también es necesario ganarse el sustento diario. Así, en su Regla, San Benito explica que “la ociosidad es el enemigo del alma” e insiste en que todo monje ha de ser diligente en el trabajo que le corresponda. Nuestras Pelayas, durante tiempo, dedicaron parte de su trabajo a tareas de restauración y encuadernación. Por diversas circunstancias dejaron esa actividad así que la repostería pasó a ser la principal tarea para su sustento. Y claro, llegó la pandemia y las consecuencias se notan en todo y en todos. También en una general caída de ventas en la hostelería y comercio de toda índole. El obrador de las Pelayas no es ajeno a este declive comercial. Al igual que les ocurre a otros monasterios de vida contemplativa de la ciudad. Así que, si algún día quieren darse o dar un dulce obsequio, quizá una cajina de pastas de las Pelayas pueda ser una buena opción para que su rezar y trabajar pueda seguir vinculado a nuestra historia común por muchos siglos más. 

También el pasado miércoles se celebró San Blas, asimismo tan vinculado a San Pelayo. No fue posible besar la reliquia del mártir de Sebaste, abogado de las afecciones de garganta. Así que a cuidarse. Por cierto, por San Blas no vi cigüeña alguna, así que si no la vieres…

https://www.lne.es/oviedo/opinion/2021/02/08/ora-et-labora-34228564.html

lunes, 1 de febrero de 2021

DE PLAZUELA A PLAZA DE LA CATEDRAL

EL OTERO

De plazuela a plaza de la Catedral

La transformación del corazón del casco viejo


El pasado lunes dirigíamos la mirada a elementos de nuestro acervo que, por una u otra razón, les tocó mudar de lugar. Entre otros, los arcos que habían formado parte de las casas que ocuparon la hoy plaza de Alfonso II y que acabaron en la Fábrica de Gas. Como me quedé con ganas de saber más, vuelvo sobre los pasos y miro de nuevo a la plazuela de la que Dolores Medio escribió: “La plaza reducida que se encerraba entre la Catedral, San Tirso el Real y un ángulo de casas centenarias que amparaban su vejez en las columnas de sus soportales, en los que se instalaban las vendedoras de madreñas. (…) Cuando se derribaron las centenarias casucas, desapareció con ellas la típica calle de Platería y cuanto ella representaba en el viejo Oviedo”. Pequeña plazuela a la que llegaban peregrinos y visitantes que, sobrecogidos y emocionados, contemplaban de cerca la aguja de la torre que pareciera querer fundirse con el mismo cielo. Desde el último tercio del siglo XIX se hablaba del derribo de esas casucas, un poco seniles, tal vez, pero en absoluto carentes de encanto. Y la polémica, una vez más, estaba servida. Por una parte, estaban los que opinaban que el conjunto de casas desvencijadas carecía de valor y no hacían más que desmerecer el entorno catedralicio. Su desaparición favorecería la creación de una espaciosa plaza en la que se integrarían edificios de gran valor histórico y arquitectónico como la Casa de la Rúa o los palacios de la Audiencia. Además, la ciudad dispondría de un amplio espacio de encuentro. Por el contrario, claro, los que opinaban que esas casas dotaban al conjunto de un valor realmente singular. La arquitecta Marta Alonso, en su interesante trabajo “El ensanche de la plaza de la Catedral de Oviedo de 1927” recoge que con su derribo “desaparecería uno de los lugares más evocadores y sugerentes del tejido medieval de Oviedo, desgarrando el corazón de una ciudad que prácticamente había permanecido inalterada desde el incendio de 1521”. 

Imagen coloreada de una foto de 1925. | Ruth Matilda Anderson 

Como ocurriera hacía quince años con los Pilares y sucedería frente a derribos injustificables que están en la mente de todos, hubo no pocas voces en contra del derribo. Catorce ovetenses firman una carta escrita por Ramón Pérez de Ayala y que se conocería como “Manifiesto de la piqueta incivil”. En ella manifiestan: “De nuevo la piqueta incivil amenaza la fisonomía histórica de una urbe milenaria y pulcra. En lo alto de la colina donde el viejo Oviedo reposa, la flecha gentil de la Catedral se yergue en la plazoleta tácita, culta, de porches humildes y fachadas multicolores. Los siglos la ennoblecieron: por allí desfilaron las antiguas peregrinaciones a la iglesia del Salvador. Bajo sus arcadas discurrieron los claros varones austeros, ministros de Carlos III y los patriotas del ochocientos apercibiendo la resistencia contra los franceses. Rincón bello del poético reptado, zona fraternal, con toda la barriada catedralicia, que debe ser inviolable, donde se guarda la memoria de las mejores tradiciones ovetenses de aquellos escritores que, por haber amado mucho su región y su pueblo, alcanzaron nacional nombradía. Todo orden de razón sentimental, estética y literaria exige la conservación amorosa de este trozo histórico de la ciudad. Por otra parte, en el país de los altibajos escabrosos, de la desproporción proporcionada por la obra de Dios, de los escobios y de las hoces, de las altanerías montuosas y de los angostos valles umbrátiles, esta plazuela parece haber sido concebida y realizada intuitivamente como epítome urbano o fórmula civil de magnífico paisaje agreste. Si las Catedrales de tierra llana piden en torno suyo espacio anchuroso y soleada transparencia, la sede del Salvador no reclama a sus pies sino la familiaridad penumbrosa de los valles asturianos. Ningún tráfago vivo busca hoy aquel recinto callado, secular. La ciudad se extiende en otras direcciones, repta por las mansas laderas del Naranco. Se expande más allá del Campo de San Francisco. Se ofrece amplio territorio para la ciudad del porvenir. ¿Por qué no respetan la ciudad del pasado? ¿En nombre de qué intereses, necesidades o ideales se pretende arruinar uno de los parajes más venerables y hermosos del hermoso y venerable Oviedo? Hemos reflexionado seriamente sobre todas las causas o motivos que se aducen en favor de su demolición. Ninguno de ellos fue suficiente para persuadirnos. Estamos seguros de que, después de igual reflexión, la voluntad de todo Oviedo será unánime como la nuestra. Y supuesto que la voluntad explícita de Oviedo se pronunciase por la demolición, aún en ese caso le negaríamos el derecho a realizarla. La voluntad de lo que pudiéramos llamar ciudad militante no tiene fuero sino sobre la ciudad futura. Sobre la ciudad pasada impera la voluntad de los muertos. De todos los muertos de antaño y no de un ciudadano singular (sin dejar de conocer la nobleza de sus intenciones) que transmite a los vivos su voluntad póstuma de desbaratar la ciudad de los muertos”. 

Otra visión de la plaza. | Steven Kasher / Jules Gervais. National Geographic

Es un texto extenso pero que merece la pena reproducir. Podríamos guardarlo e ir sacándolo de vez en cuando para constatar su vigencia. Ocasiones no faltaron. Quizás ese espíritu ovetense, pleno de sensatez y de amor por su ciudad, debería servirnos de guía hoy en día en que aún vemos cómo Doña Piqueta sigue afilando sus garras.

https://www.lne.es/oviedo/opinion/2021/02/01/plazuela-plaza-catedral-33280171.html